domingo, 20 de diciembre de 2009

David Copperfield (David Copperfield)


Publicada en 1850 y narrada en primera persona, cuenta las vivencias de David Copperfield desde que era niño hasta su segundo matrimonio. La historia empieza cuando nace David, su padre había fallecido seis meses antes. Unos días antes de su nacimiento, había llegado su tía abuela Betsy Trotwood, quien creía profundamente que iba a nacer una mujer y le pedía a su madre que le llame como ella y que fuera su madrina. El día del nacimiento, el doctor le dijo a Betsy que había nacido un hombre, en ese momento, la señora, cogió su sombrero y se fue. David creció con su madre y con Peggotty, su niñera. Cuando David tenia cinco años, Peggotty llevo a David a Yarmouth, para visitar a su hermano. Dan, el hermano de Peggotty, tenia la tutela de dos niños, Emily y Ham. David se enamoro inmediatamente de Emily y se declaro, le dijo a Emily que estaba muy enamorado de ella y que si no lo aceptaba se mataría, pero Emily le dijo que ella también lo amaba y no era necesario que se mate. David estuvo quince días en la casa de Dan, pero se dio cuenta que extrañaba a su madre así que regreso con Peggotty a su casa. Cuando regresaron, Peggotty le dijo a David que ahora tenia un nuevo padre. Después de haberle dicho eso, Peggotty llevo a David al salón, en donde estaba el nuevo padre junto con su madre, David reconocido al señor, era el señor Murdstone. En cuanto la madre lo vio trato de decirle algo, pero el señor Murdstone le dijo que no halara nada, que el trataba de manipularla.Desde ese momento, el señor Murdstone ejerció todo el poder sobre esa familia y abusaba varias veces de David, además lo insultaba a el y a su madre. Además de disciplinar a David, era su maestro, pero no le enseñaba nada, David se aburría y quería aprender algo, encontró unos libros que eran de su padre en una habitación del ultimo piso de su casa.

Paso el tiempo, y la madre de David tuvo un hijo, pero el señor Murdstone no dejaba que David viera al bebe. Cierto día, solamente porque David no había aprendido bien unas lecciones el señor Murdstone comenzó a azotarlo, David, para protegerse, le mordió la mano, pero el señor Murdstone, aumento los azotes y lo golpeaba cada vez mas fuerte hasta hacerlo caer medio muerto. Encerraron a David en su habitación por cinco días. Peggotty se acerco al cuarto y por la puerta le dijo que lo iban a internar en un colegio.El señor Murdstone se llevo a David al internado, pero el día en que dejo a David, le puso un papel en la espalda diciendo que tengan cuidado porque muerde, todos los niños se reían de el, excepto uno, se llamaba Steerforth, era el mayor de todos y todos lo respetaban. Steerforth decidió proteger a David, y desde ese momento, nadie volvió a fastidiar a David. Desde ese momento, David y Steerforth se volvieron buenos amigos, David le contaba las historias que había leído en la habitación de su padre, mientras que Steerforth le enseñaba matemáticas. El día de su cumpleaños, el director del internado llama a David a su oficina. Le dice que su madre estaba muy enferma, que es posible que ya haya muerto. David salio de la oficina y se echo en su cama a llorar toda la tarde hasta que se quedo dormido, cuando despertó lloro un rato mas. David regreso a su casa, y se entero que no solo su madre había muerto, también había muerto el bebe. El señor Murdstone echo a Peggotty de su casa, ella se caso con un cochero. El señor Murdstone, mando a David a trabajar al almacén de su amigo, David se hospedo en un cuarto en la casa de un señor Micawber, el vivía con su esposa y tres hijos, ellos atravesaban varias dificultades económicas y vivían empeñando los muebles de su casa. Conforme paso el tiempo, David se unió mas a esa familia, hasta que cierto día, para escapar de sus deudas, los Micawber se mudaron. David no quería regresar con el señor Murdstone, así que decidió escapar.David se dirigió a la casa de la uncia parienta viva, su tía abuela, Betsy Trotwood, camino por seis días hasta llegar a Dover, después de preguntar, llego hasta la casa y encontró a su tía. David se le acerco y le dijo que el era su sobrino, al que había dejado el día de su nacimiento porque no fue mujer. Betsy cayó sentada, después de un rato, llevo a David a su casa, lo baño y le dijo que desde ese momento ella seria su tutora, además ahora se llamaría David Trotwood Copperfield, como siempre se debió llamar, según su tía.

La tía Betsy mando a David a estudiar en un colegio de Canterbery, lo llevo a ese poblado y lo hospedo en la casa de Mr. Wickfield, un buen amigo suyo. Lo primero que hizo Mr. Wickfield, fue mostrarle a David quien era la ama de llaves. David se sorprendió al ver que era una niña de casi su edad, Mr. Wickfield le dijo que la conociera bien, porque ella era la única ama de llaves y la única razón de vivir de el, era su hija, Ines. Además de ellos, en esa casa también vivía un joven de figura cadavérica que se asomaba de rato en rato. Esa noche, el señor Wickfield bebió hasta quedar ebrio, Ines tocaba el piano, pero en un momento dejo el piano y se asomo a su padre y le dijo que ya era tarde y que era hora de dormir. Se despidieron y David se fue a su habitación, mientras subía, se encontró con el joven de figura cadavérica, se presento como Uriah Heep, era empleado del señor Wickfield, le dijo que quería instruirse en leyes, David le dijo que entonces quería ser socio del señor Wickfield, pero Uriah le dijo que no, que era muy humilde para eso, que le debía mucho al señor Wickfield, al haberle dado cosas que su pobre madre no podría, le dio que tal vez David llegara a ser el socio del Sr. Wickfield. David le dijo que no quería estudiar leyes, así que se despidió y le estrecho la mano, David sintió que su mano era fría húmeda y blanda, se sentía como la mano de un muerto. En el colegio, David siempre ocupo los primeros puestos. Cierto día, Uriah invito a David a comer a la cada de su madre, David acepto. Cuando regresaba a la casa del Sr. Wickfield, se encontró con el señor Micawber, parado frente a la puerta de los Heep, tenia cara de hombre abatido, endeudado, como si ya hubiera empeñado su ultimo mueble, David se acerco y se saludaron, luego de conversar unos segundos, se despidieron y cuando David estaba a distancia, voltea y ve que el señor Micawber entra a la casa de los Heep.

Paso el tiempo y David termino el colegio. Se sentía muy triste, porque eso significaba que se debía alejar de Ines. David quería estudiar para ser independiente y no vivir bajo el mismo techo que su tía. Betsy le recomienda a David que viaje a Yarmouth, para visitar a Peggotty, su niñera. David se despidió de Ines antes de viajar, le dijo que siempre pensara en ella, que le pediría consejo y que le diría el día que se enamore. Ines le dijo que le quería preguntar algo, ella le dijo que si había notado algo extraño en su papa, David le dijo que lo dañaba el vicio que le vio desde el día que llego, la bebida lo estaba enfermando, David le dijo a Ines que hace algún tiempo vio llorar a su padre como un niño, pero en ese momento entra Mr. Wickfield y tuvieron que romper la conversación.

Cuando David estaba en mitad del camino para ir a la casa de Peggotty, se encontró con Steerforth, su amigo del colegio al que llego con fama de saber morder, David se emociono tanto al ver a su antiguo amigo que lo invita a la casa de Peggotty, Steerforth acepta y lo acompaña. Cuando pasan por la casa de Dan son recibidos muy alegremente por la noticia que Emily había aceptado casarse con Ham, eran casi hermanos, pero no lo eran verdaderos. Dan estaba muy feliz y Ham estaba muy sonriente. Después de la noticia, David y Emily recuerdan cuando eran niños y se sonrojan, Steerforth estaba viendo como conversaban los dos amigos. Cuando llegaron a la casa de Peggotty, David noto en Steerforth algo extraño. Steerforth le dijo que Emily era muy bella como para estar comprometida con un hombre como Ham, David le recordó que había estado conversando con el, abrazado, como si fuera su amigo. David se acerco a su amigo, después de unos segundos le dijo que desearia haber crecido con un padre a su lado, alguien que lo apoye, deseaba ser mas bueno, David no supo que contestar, así que no hablo.

Cuando regreso de su visita a la casa de Peggotty, David aun no sabia que estudiar, su tía Betsy le recomendo que sea porcurador del tribunal de porcuradores y le explico que era un porcurador. Betsy le compro un departamento de soltero a David. David, para estrenarlo, nvito a Steerford y unos de sus amigos, David se enborracho con vino, despues de esa reunion, se fueron al teatro. David se encontro con Ines en el teatro, como estava fuera de si, grito varias cosas, avergonzando a Ines. Al dia siguiente, Ines le escribe una carta pidiendo que vaya a su casa. David, se disculpa con ella cuando la ve, le dice que ella es su angel bueno, ella le respondio dici9endole que si fuera verdad no haria maldades, David entendio que era por lo que habia pasado la noche anterior. Despues de conversar y de que Ines perdonara a David, ella le pregunta si ha visto a Uriah, David no sabia que estava en Londres, Ines le dijo que si, que ahora el se hacia cargo de los negocios de su padre, que ahora eran socios, pero Uriah se aprovechava de la debilidad de Mr. Wickfield y el le tenia miedo a Uriah, Ines estava desesperada. Esa noche, David se econtro con Uriah, el le dio que fue un buen profeta, que habia adivinado el futuro. Uriah dijo que se sentia muy honrado por ser socio de Mr. Wickfield, pero el habia cometido varias inprudencias, despues, Uriah le dijo que queria hacerle una confecion. Le dijo que estaba muy enamorado de Ines y le pergunto si es que creia que ella podria ser su esposa. David se sintio furioso contra Uriah, solo pensaba en que Ines iba a ser ultrajada por ese ser miserable.

David comenzo a trabajar en el tribunal de procuradores, su jefe, un dia, invito a David a cenar a su casa y le persento a su Dora, su hija, David se enamoro completamente de ella. Durante las siguientes semanas, David esperaba que lo invitaran nuevamente a la casa de su jefe, pero no recibio ninguna invitacion. En cambio, se encontro con Steerforth, que lo invito a cenar a su casa. Mientras cenaban, Steerforth le cono que venia de Yarmouth, que se habia ido a descansar cerca al mar, y le conto que el esposo de Peggotty estava muy enfermo, David le dijo que iba a viajar, pero antes de irse, Steerforth le pidio que pensara de el lo mejor posible. David partio inmediatamente a la casa de Peggotty, pero era muy tarde, su esposo ya habia muerto. Cuando paso por la casa de Dan, vio que el humilde hogar, estava muy entristecido, Emily habia huido de su casa, Ham le entrego una carta de Emily que habia escrito antes de irse. En la carta decia que se iba de su hogar para irse con el hombre que ama, ademas decia que ella regresaria si su esposo deja que regrese a su hogar con una nueva honra. Cuando termino de leer al carta, David pregunto si sospechaban de alguien y le dijeron que el hombre lo habia conocido la ultima vez que el vino, David entendio que Steerforth habia huido con Emily. David vio que Dan se vestia para viajar y dijo que viajaria por todo el mundo si es nesesario para encontrar a Emily, para rescatarla de su vergüenza y regresarla a su hogar.
David y Dan viajaron juntos a Londres, en la estacion, David se despide de Dan. Cuando David llega a su trabajo, su jefe lo invita a la fiesta de cumpleaños de Dora, siempre habia estado pensando en ella, y vio que ella tambien le tenia afecto, hasta que un dia, David le declaro su amor a Dora, ella le dijo que tambien lo amaba. Pero cierta tarde, Betsy se presento en la casa de David con una maleta. Betsy le dijo que esa maleta era lo unico que tenia, que habia invertido su pequeña fortuna y lo habia perdido todo, lo que mas lamentaba era que David no heredaria nada. Decidieron vivir juntos en el departamento de David hasta que se venciera el alquiler. David no podia dormir, pensando que su pobrza haria imposible su matrimonio con Dora. David comenzo a trabajar mas tiempo y estudio taquigrafia para ganar mas. David regreso a Cantervery, se encontro con el Sr. Micawber, estava muy feliz, como su hubiera recuperado todo el dinero que habia empeñado en sus muebles. Micawber le dijo que se habia unido por contrato a Uriah Heep que lo habia librado de varias deudas. David fue al dia siguiente a la casa de Mr. Wickfield y vio que era verdad lo que le habia dicho Micawber. Llego para la cena, tambien estava presente Uriah Heep. Uriah le estava dando de beber mucho vino a Mr. Wickfield, ademas comenzo a proponer varios brindis. Minutos despues de haber empezado los brindis, Ines se retiro a la cocina. Uriah aprovecho en ese momento para proponer un brindis por Ines, comenzo diciendo que era un verdadero honor ser su padre, pero iba a ser un honor mas grande el ser su esposo. Mr. Wickfield, al escuchar esto, detuvo el brindis de Uriah dando un grito y levantandose bruscamente de la mesa, Uriah le dijo que el tenia tanto derecho como otro de ser esposo de Ines. Wickfield le dijo a David que viera bien a su verdugo, que poco a poco habia hecho que perdiera todo lo que tenia. David intento hablar, pero Uriah lo callo diciendole que lo que dijera podia pesarle. Despues de eso, entro Ines y se llevo a su padre, David se estava llenando de odio contra Uriah.

Cierto dia, el jefe de David se acerco a su oficina y le enseño una carta que David habia escrito para Dora, su jefe le pidio una explicacion. David le confeso que amaba a Dora y que estava dispuesto a dejar todo para casarse con ella, pero el no accedio a la propuesta. Pero David y Dora se siguieron viendo a escondidas. El padre de Dora murio unas semanas despues, los amantes aprovecharon esa tragica circunstancia para casarse. David podia mantener su casa como taquigrafo. Vivieron felices, pero cierto dia, Dora comenzo a quejarce de dolores y de cansancio. Poco a poco Dora se estava debilitando cada vez mas, David tenia que llevarla en brazos. Cierto dia, David se encontro con Dan, que habia recorrido la mayor parte de Europa buscando Emily. En ese momento, David se acordo de una pordiosera llamada Marta, que era amiga de Ines, penso que si Ines ya habia llegado se lo hubiera dicho a Marta. Cuando la encontraron, ella los guio hacia una calle vieja y oscura, donde alquilaban cuartos. Dan entro en una casa muy pobre, Marta les indico la puerta de un cuarto, Dan entro, David no entro por miedo a lo que podia haber alli. Despues de unos segundos de que Dan entro, David escucho la exclamacion de una mujer y David entro. En el cuarto vio que Dan tenia a Emily entre brazos, se habia desmayado y Dan estava dandole un dulce beso en su mejilla. Emily, despues que dejo a Steerforth, se vio obliada a prostituirse, pero ahora ya habia regresado y Dan la habia encontrado, ya estaba bien. Dan se llevo a Emily en sus brazos. Dos dias despues, Dan le conto a David que Steerforth habia abandonado a Emily y que el y Emiluy, se van de viaje a Australia para empezar una nueva vida.
Dias despues, Mr. Micawber cito a David y a su tia a la casa de Mr. Wickfield. Tambien estavan presente, Ines y Uriah. Micawber, dijo que Uriah era un hombre vil, habia alterado todas las transacciones ademas, habia hecho que el Sr. Wickfield firmara un acta en la que renunciaba de su cargo en la sociedad y legandole todo a Uriah. Uriah dijo que no era posible, que el no podia probarlo, pero Micawber le dijo que el llevava los libros en su casa. Betsy, al escuchar esto, se puso de pie, primero le dijo a Ines que habia dejado su dinero a cargo de su padre y que todo el tiempo que penso que el era el que habia hecho sud desgracia, en relidad fue Uriah Heep, esto lo dijo mientras se acercaba a Uriaha, para luego agarrarle por el cuello y apretandolo fuertemente, le pidio su fortuna, Uriah, antes de morir ahoracod, confeso todo.
El doctor, le habia dicho a David, que su esposa etava muy enferma, que ya no le quedaba mucho tiempo de vida, el dia de su muerte, Ines estava en su casa. Dora le dijo a David, que ella era demasiado joven para ser esposa, que con el tiempo el se iba a aburrir de ella asi que era rpeferible que pasara eso. David le dijo que no sabia lo que decia, le dijo que el poco tiempo que pasaron juntos lo pasaron muy felices. Cuando terminaron de hablar, Dora le dijo a David que queria hablar con Ines. David fue a buscarla, David no queria dejarla, Dora le dijo que era para bien y era nescesario que hablara con Ines. david accedio y llamo a Ines. David se quedo en el pasadiso, recordando todo lo que habia vivido. Cuando salio Ines, miro a David con un rostro lleno de compasion y levanto su mano al cielo, David entendio lo que habia ocurrido.
Paso el tiempo, Uriah fue encarcelado, Ines fundo un colegio de niñas, Betsy recupero su fortuna y regreso a su casa, Wickfield recupero su posicion. Ines le recomendo a David que viajara por un tiempo, David accedio. David fue a Yarmouth para despedirse de Ham. Como Ham no estava e su casa, David se hospedo en una posada. En la noche, mientras dormia, un hombre toco su puerta diciendo que habia un naufragio. En la playa, las personas se habian asomado para ver el terrible espectaculo, algunos marineros habian saltado del barco y lograron salvarse. Las personas estaban apuntando a un hombre, el ultimo que quedaba en el barco. David vio como Ham se lanzaba al mar para ir y ayudar al pobre hombre. Las personas vieron a Ham nadar hacie l barco y llegar hasta el, pero cuando estaba subiendo, una inmensa ola arremte contra el barco. Despues de un rato, David vio como el cuerpo sin vida de Ham regresaba a la orilla. David se sento al costado de su amigo. Un pescador se acerco a David y le dijo que habia otro hombre muerto. David se dirigio hacia donde estava el muerto y vio que el otro hombre muerto, por el que Ham habia perdido la vida, era Steerforth. Dias despues, David y Peggotty, fueron al puerto para despedir a Ham y Emily que se iban para no regresar, nunca les contaron lo que paso con Ham.
David viajo a Suiza, Ines le escribia muy seguido, todo el tiempo que estuvo de viaje, David pensaba que toda su juventud habia despreciado el amor de Ines y que si ella en algun momento lo amo, ya era tarde. Despues de tres años, David regreso a su hogar. Betsy le dijo a David que Ines estava comprometida, el se fue a buscarla. Concersaron por largo rato. Terminando la conversacion, David le dijo que siempre confiaria en ella, le dijo que se lo habian prometido cuando eran niños y si ella no le habia dicho, el reclamaba su derecho, le dijo que no se preocupara, que si estava comprometida, que le dijera. Ines se puso de pie, le dijo que su honestidad y su amistad hacia que confiese que si tenia un secreto que siempre fue de ella, cuando se lo iba a decir, David le dijo que no hablara, David abrazo a Ines por la cintura y le dijo que si algun dia podria llamarla algo mas que amiga. Ines le dijo que lo ha amado toda su vida, se besaron , David le propuso matrimonio y se casaron despues de quince dias. El dia del matrimonio, Ines le dijo que el dia que murio Dora, le habia dicho que solo ella podria ocupar su lugar.

A Continuacion un capitulo de "David Copperfield":


CAPÍTULO XIV

LAS OPERACIONES DE MÍSTER MICAWBER

No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo esto; pero no fue en el primer momento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran envuelto desde el primer instante, distrayendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el que pude consolar mi memoria, descansándola en todo lo más hermoso a inocente de la tierna historia que se me había cerrado para siempre.

Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes dominaba de tal modo todo lo que pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que ya no sé más.

Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía agobiarme un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el ángel de la muerte entró en ella, mi «mujer-niña» se durmió con una sonrisa sobre su pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo.

De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado corazón, dulcificando sus dolores.

Pero voy a proseguir mi relato.

Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa decidida desde el primer momento. La tierra cubría ya los restos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo que míster Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los emigrantes».

Volvimos a Canterbury, llamados por Traddles (el más cariñoso y mejor de los amigos en mi desgracia), mi tía, Agnes y yo, y nos citamos todos en casa de míster Micawber; allí y en casa de míster Wickfield había estado trabajando sin cesar mi amigo desde nuestra reunión « explosiva» . Cuando la pobre mistress Micawber me vio entrar de luto, lo sintió muy sinceramente. Había mucha bondad en el corazón de mistress Micawber que no le había sido arrancada en el transcurso de los años.

-Muy bien, míster y mistress Micawber -saludó mi tía en cuanto nos sentamos-. ¿Hacen ustedes el favor de decirme si han pensado bien en mi proposición de emigrar'?

-Querida señora -contestó míster Micawber-, quizá no pueda expresar mejor la conclusión a la que mistress Micawber, su humilde servidora, y puedo añadir nuestros hijos, hemos junta y separadamente llegado, sino, adoptando el lenguaje de un ilustre poeta, contestando que nuestro bote está en la playa y nuestra barca está en el mar.

-Eso está muy bien -dijo mi tía-. Auguro toda clase de cosas buenas por esta decisión tan sensata.

-Señora, nos honra usted mucho -afirmó. Y enseguida, consultando el memorándum, dijo: -Respecto a la ayuda pecuniaria que nos permita lanzar nuestra frágil canoa sobre el océano de las empresas, he vuelto a considerar detenidamente este punto importante del negocio, y me atrevo a proponer mis notas de mano, hechas (no necesito decirlo) en papel timbrado, como lo requieren varios actos del Parlamento relativos a estas garantías. Ofrezco el reembolso a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La proposición que primeramente expuse era doce, dieciocho y veinticuatro meses; pero temí no tener tiempo suficiente para reunir la cantidad necesaria. Podría suceder -dijo míster Micawber, mirando alrededor de la habitación, como si representara varios cientos de áreas de tierra cultivada- que al primer vencimiento no hubiéramos tenido éxito en nuestra cosecha, o no la hubiéramos recogido aún. Creo que la labor es difícil en esa parte de nuestras posesiones coloniales, donde nos será forzoso luchar contra la tierra inculta.

-Arréglelo usted como quiera -dijo mi tía.

-Señora -contestó él-, mistress Micawber y yo estamos profundamente agradecidos por la consideración y bondad de nuestros amigos y patronos. Lo que deseo es poder ser exactamente puntual y un perfecto negociante. Volviendo, como estamos a punto de volver, una hoja completamente nueva, y retrocediendo, como estamos ahora en el acto de retroceder, hacia una primavera de tranquilidad no común, es importante para mi sentido de la dignidad, además de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se hagan entre nosotros como de hombre a hombre.

No sé qué sentido prestaría míster Micawber a esta última frase; no creo que ninguno de los que la emplearon se lo haya dado nunca; pero a él le gustó mucho y la repitió, con una tos expresiva: «como de hombre a hombre» .

-Propongo -continuó míster Micawber- pagarés; están muy en uso en el mundo comercial, y creo que debemos su origen a los judíos, que me parece han tenido mucho que ver con ello desde entonces, y los propongo porque son negociables. Pero si una letra o cualquier otra garantía es preferida, me sentiré dichoso conformándome a lo que ustedes decidan sobre ello, « como de hombre a hombre».

Mi tía observó que en el caso en que estaban las dos partes, de convenir en cualquiera cosa que fuera, estaba segura de que no habría dificultades para resolver aquel punto. Míster Micawber fue de su misma opinión.

-En cuanto a nuestras preparaciones domésticas, señora -dijo míster Micawber con alguna vanidad-, para hacer frente al destino a que debemos consagramos, pido permiso para referirlas. Mi hija mayor va todas las mañanas, a las cinco, a un establecimiento cercano para adquirir el talento (si se puede llamar así) de ordeñar vacas. Mis hijos más pequeños tienen instrucciones para que observen, tan de cerca como las circunstancias se lo permitan, las costumbres de los cerdos y aves de corral que hay en los barrios más pobres de esta ciudad; persiguiendo este objetivo, los han traído a casa en dos ocasiones a punto de ser atropellados. Yo mismo he prestado alguna atención, durante la semana pasada, al arte de fabricar pan; y mi hijo Wilkins se ha dedicado a conducir, con un cayado, el ganado, cuando se lo permiten los zafios que lo cuidan. Los ayudaba voluntariamente; pero siento decir que no era muy a menudo, porque generalmente le insultaban con palabrotas, para que desistiera.

-Muy bien, muy bien -dijo mi tía para animar-. No dudo que mistress Micawber también habrá tenido algo que hacer...

-Querida señora -contestó mistress Micawber con su expresión atareada-, le confieso que no me he dedicado activamente a nada que se relacione directamente con el cultivo y el almacenaje, a pesar de estar enterada de que ello ha de reclamar mi atención en playas extrañas. Todas las oportunidades que he podido restar a mis quehaceres domésticos las he consagrado a una correspondencia algo extensa con mi familia; porque me parece a mí, mi querido míster Copperfield -dijo mistress Micawber, que siempre se volvía hacia mí (supongo que por su antigua costumbre de pronunciar mi nombre al empezar sus discursos)-, que ha llegado el momento de enterrar el pasado en el olvido, y que mi familia debe dar a míster Micawber la mano, y míster Micawber dársela a mi familia. Ya es hora de que el león se acueste con el cordero y de que mi familia se reconcilie con míster Micawber.

Dije que pensaba lo mismo.

-Ese es, por lo menos, el modo como yo considero el asunto. Mi querido míster Copperfield -continuo mistress Micawber-, cuando vivía en mi casa con mi papá y mi mamá, mi papá tenía la costumbre de consultarme cuando se discutía cualquier punto en nuestro estrecho círculo: «¿Desde qué aspecto ves tú el asunto, Emma mía?». Ya sé que papá era demasiado parcial-, sin embargo, respecto a la frialdad que ha existido siempre entre míster Micawber y mi familia, me he formado necesariamente una opinión, por falsa que sea.

-Sin duda. Claro que la tiene usted que habérsela formado, señora -dijo mi tía.

-Precisamente -asintió mistress Micawber-. Sin embargo, puedo estar equivocada en mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor, por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No puedo por menos de pensar -dijo mistress Micawber con expresión de profunda sagacidad- que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos, sino para inscribirlo en letras de cambio y negociarlo en la Banca.

La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de repente

-Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón.

-Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante tanto tiempo -continuo mistress Micawber- y de empezar una nueva carrera, en una tierra donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinión, es muy importante, porque las habilidades de míster Micawber requieren mucho espacio), me parece a mí que mi familia debía señalar esta ocasión adelantándose la primera. Lo que yo desearía es ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y costeada por mi familia; donde, al proponer algún miembro importante de mi familia un brindis a la salud de míster Micawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de vista.

-Querida mía -dijo míster Micawber con cierta pasión-, quizá sea mejor que yo declare ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunión, probablemente los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin paliativo.

-Micawber -dijo mistress Micawber, sacudiendo la cabeza-, nunca les has comprendido, y ellos nunca lo han comprendido a ti.

Míster Micawber tosió.

-Nunca lo han comprendido -dijo su mujer-. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos.

-Siento mucho, mi querida Emma -dijo, con mayor lentitud míster Micawber-, el haberme traicionado en expresiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros; y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deberles la menor ayuda. Eso no quita, querida mía, que si llegaran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra experiencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos.

Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremoniosamente llevaron a cabo.

-Mi querido Copperfield --dijo Traddles, apoyándose en su silla, cuando se fueron, y mirándome con tanto cariño que se le enrojecieron los ojos y el pelo se le puso de mil formas raras-, no me disculpo por molestarte con negocios, porque sé que lo interesan profundamente y que hasta podrán distraerte. Y espero, amigo mío, que no estés cansado.

-Estoy completamente repuesto -le dije después de una pausa-. Tenemos que pensar en mi tía antes que en nadie. ¡Ya sabes todo lo que ha hecho!

-¡Claro, claro! -contestó Traddles-. ¿Quién puede olvidarlo?

-Pero no es eso todo -dije-. Durante estos últimos días le atormentaban preocupaciones nuevas, y ha ido y vuelto a Londres todos los días. Varias veces ha salido temprano y no ha vuelto hasta el anochecer. Anoche, Traddles, sabiendo que tenía que hacer este viaje y todo, era casi media noche cuando volvió a casa. Ya sabes hasta qué punto es considerada con los demás, y por eso no quiere decirme lo que ha ocurrido ni lo que le hace sufrir.

Mi tía, muy pálida y con arrugas profundas en su frente, permanecía inmóvil escuchándome; algunas lágrimas extraviadas corrían por sus mejillas, y puso su mano en la mía.

-No es nada, Trot; no es nada. Ya ha terminado todo, y lo sabrás un día de estos. Ahora, Agnes, querida mía, vamos a dedicamos a estos asuntos.

-Tengo que hacer justicia a míster Micawber -empezó Traddles- diciendo que, aunque parece que para sí mismo no ha conseguido trabajar con éxito, es el hombre más incansable cuando trabaja para los demás. Nunca he visto cosa semejante. Si siempre ha hecho lo mismo, a mi juicio, es como si tuviera ya doscientos años. El calor con que lo ha hecho todo y el modo impetuoso con que ha estado excavando noche y día entre papeles y libros, sin contar el inmenso número de cartas suyas que han venido a esta casa desde la de míster Wickfield; y a veces hasta de un lado a otro de la mesa en que estábamos sentados, cuando le hubiera sido más cómodo hablar, es extraordinario.

-¿Cartas? --exclamó mi tía-. ¡Yo creo que sueña con cartas!

-También míster Dick ---dijo Traddles- ha hecho maravillas. Tan pronto como le descargamos de observar a Uriah Heep, cosa que hizo con un celo que nunca vi excedido, empezó a dedicarse a míster Wickfield; y realmente, su ansia de ser útil en nuestras investigaciones, y su verdadera utilidad en extraer y copiar, y traer y llevar, han sido un estímulo para nosotros.

-Dick es un hombre muy notable -exclamó mi tía-; yo siempre lo he dicho. Trot, tú lo sabes.

-Me alegra mucho decirle, miss Wickfield -continuó Traddles, con una delicadeza y seriedad conmovedoras-, que, en su ausencia, míster Wickfield ha mejorado considerablemente. Libertado del peso que le agobiaba desde hacía tanto tiempo, y de los horribles temores bajo los que ha vivido, ahora no es el mismo de antes. A veces hasta recobraba su fuerza mental para concentrar su memoria y atención en algunos puntos del asunto; y ha podido ayudamos a esclarecer algunas cosas que sin su ayuda habrían sido muy difíciles, si no imposibles, de desenredar. Pero quiero llegar cuanto antes al resultado, en lugar de charlar de todas las circunstancias que he observado, pues si no, no acabaría nunca.

Su sencillez dejaba traslucir que decía todo aquello para ponernos contentos y preparar a Agnes a oír nombrar a su padre en cosas más confidenciales; pero no por eso era menos agradable su naturalidad.

-Ahora vamos a ver -continuó Traddles mirando entre los papeles de la mesa-. Después de saber con lo que contamos, y de haber contado en primer lugar con una cantidad grande de confusión involuntaria, y en segundo con una confusión y falsificación voluntarias, queda demostrado que míster Wickfield puede cerrar ahora su negocio y su notaría sin ningún déficit ni desfalco.

-¡Oh, gracias, Dios mío! --exclamó Agnes con fervor.

-Pero -dijo Traddles- lo que quedaría entonces para subvenir a sus necesidades (y al decir esto supongo la casa ya vendida) sería tan exiguo, que probablemente no excedería a unos cientos de libras. Por lo tanto, miss Wickfield, convendría reflexionar si no se podría conservar la notaría abierta. Sus amigos podrían aconsejarle, ya sabe usted, ahora que está libre. Usted misma, miss Wickfield, Copperfield, yo.

-Ya lo he pensado, Trotwood -dijo Agnes mirándome-, y siento que no debe ser, y que no será, aunque me lo aconseje un amigo a quien agradezco y debo tanto.

-No diré que te he aconsejado -observó Traddles-. Me parecía bien sugerirlo nada más.

-Me alegra el oírselo decir --contestó Agnes con tranquilidad-; esto me hace esperar, casi me da la seguridad de que opinamos del mismo modo. Querido míster Traddles y querido Trotwood, papá libre y con honra, ¡qué más puedo desear! Siempre he aspirado, de poder ser, a disminuir los embrollos en que se había metido, a devolverle un poco de los cuidados y cariños que le debo, y dedicarle mi vida. Esta ha sido durante muchos años mi mejor esperanza. Tener la responsabilidad de nuestro porvenir sobre mí será mi segunda gran alegría después de librarle de toda preocupación y responsabilidad.

-¿Has pensado cómo, Agnes?

-Muchas veces. No tengo miedo, querido Trotwood. Estoy segura del éxito. Tanta gente me conoce aquí y me aprecia, que estoy segura. No dudes de mí. Nuestras necesidades no son muchas. Si alquilo nuestra querida y vieja casa, y pongo una escuela, seré útil y feliz.

El fervor tranquilo de su alegre voz me trajo a la memoria tan vivamente la querida casa vieja primero, y luego mi hogar solitario, que mi corazón estaba demasiado lleno para poder hablar. Traddles hizo como que estaba muy ocupado, buscando entre los papeles durante un rato.

-Ahora, miss Trotwood -dijo Traddles-, esa propiedad es suya.

-¡Bueno! Lo que tengo que decir es que si desapareció puedo sobrellevarlo, y que si aun existe, me alegraré mucho de recobrarla.

-En su origen creo que eran ocho mil libras -dijo Traddles.

-Eso era ---contestó mi tía.

-No he conseguido encontrar más de cinco -dijo Traddles, perplejo.

-¿Miles quiere usted decir -inquirió mi tía con compostura nada vulgar-, libras?

-Cinco mil libras -dijo Traddles.

-Eso es lo que quedaba --contestó mi tía-. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pareció prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en secreto para algún día de apuro. Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No me hablen, porque tengo los nervios alterados

Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es que se dominaba maravillosamente.

-Pues no saben lo que me alegro decirles -exclamó Traddles radiante de alegría- que hemos recobrado todo el dinero.

-Que nadie me dé la enhorabuena --exclamó mi tía---. ¿Y cómo es eso, caballero?

-¿Usted creía que míster Wickfield lo había malversado? --dijo Traddles.

-Claro que lo creía -dijo mi tía-, y por eso me lo callaba. Agnes, ni una palabra.

-Y se vendió --dijo Traddles-, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había apoderado del dinero (dándole instrucciones generales, decía) para ocultar otros déficit y deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, haciéndose así, desgraciadamente, cómplice del fraude.

-Y por fin cargó con toda la culpa -añadió mi tía---, y me escribió una carta loca, culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una mañana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor a su hija. Si alguien me habla, me marcho ahora mismo.

Todos nos quedamos silenciosos; Agnes se tapaba la cara.

-Bien, amigo mío --dijo mi tía después de una pausa-, ¿y por fin le ha vuelto usted a sacar el dinero?

-El hecho es --contestó Traddles- que míster Micawber le había cercado de tal modo, que tenía siempre preparados argumentos nuevos por si alguno fallaba, y no se nos pudo escapar. Una de las circunstancias más notables es que no creo que se apoderara de la cantidad por satisfacer su avaricia desordenada, sino más bien por el odio que sentía contra Copperfield. Me lo dijo claramente. Dijo que hubiese gastado otro tanto por hacer daño a Copperfield.

-¡Ah! -exclamó mi tía frunciendo su entrecejo y mirando hacia Agnes-. ¿Y qué ha sido de él?

-No lo sé -dijo Traddles-. Se marchó de aquí con su madre, que no había cesado de clamar, descubrirse y amenazarnos. Se marcharon en una de las diligencias de la noche, y ya no he vuelto a saber de él, excepto que su odio hacia mí al despedimos fue inmenso. Se considera poco más o menos tan deudor contra mí como contra míster Micawber, lo que considero (como se lo dije) un cumplido.

-¿Supones que tendrá algún dinero, Traddles? -pregunté.

-Creo que sí, querido --contestó, sacudiendo muy serio la cabeza- Estoy seguro de que, de un modo o de otro, se ha metido en el bolsillo buenas cantidades. Pero, Copperfield, creo que si pudieras observar a ese hombre en el transcurso de su vida, verías que el dinero no le impedirá que sea dañino. Es tan profundamente hipócrita, que cualquier fin que persiga tiene que perseguirlo por caminos torcidos. Es su única compensación, por lo que se domina exteriormente. Como siempre se arrastra para conseguir cualquier fin pequeño, siempre le parece monstruoso cualquier obstáculo que halle en su camino; en consecuencia, odiará y sospechará de todo el mundo que se coloque, del modo más inocente, entre él y su objetivo. Así, los caminos tortuosos se volverán más torcidos en cualquier momento y por cualquier razón o por ninguna. No hay más que fijarse en su historia de aquí -dijo Traddles- para saberlo.

-Es un monstruo de mezquindad -dijo mi tía.

-Realmente, no sé -observó Traddles pensativo-. Cualquiera puede ser un monstruo de mezquindad proponiéndoselo.

-Y ahora, respecto a míster Micawber... --dijo mi tía.

-Bien -dijo Traddles alegremente-. Debo una vez más alabar a míster Micawber, pues si no hubiera sido por su paciencia y perseverancia durante todo este tiempo nunca hubiese conseguido nada que mereciese la pena; y creo que debemos considerar que mister Micawber ha hecho el bien por amor a la justicia, si consideramos las condiciones que podía haberle propuesto a Uriah Heep por su silencio

-Lo mismo pienso yo --dije.

-Y usted ¿qué le daría? -insistió mi tía.

-¡Oh! Antes de tratar de esto ---dijo Traddles, un poco desconcertado- temo haber omitido (como no podía exponer todo a un tiempo) dos puntos al hacer este arreglo ilegal (porque es perfectamente ilegal desde el principio hasta el fin) de un negocio difícil. Las letras y demás que mister Micawber le dio por los adelantos a Uriah...

-Bien. Hay que pagarlos -dijo mi tía.

-Sí; pero no sé cuándo se podrán encontrar, no sé dónde estarán -contestó Traddles abriendo los ojos-; y les advierto que desde ahora hasta su marcha se verá arrestado constantemente y puesto en la prisión por deudas.

-Pues habrá que ponerlo en libertad cada vez y pagar lo que sea -dijo mi tía-. ¿A cuánto asciende el total?

-Mister Micawber tiene apuntadas en un libro, con el mayor orden, todas las operaciones (las llama operaciones) -comentó Traddles sonriendo-, y la suma total asciende a ciento tres libras y cinco chelines.

-¿Y qué le daríamos además, incluyendo esa suma? -dijo mi tía- Agnes, querida mía, tú y yo hablaremos después de repartírnoslo. ¿Cuánto le daremos? ¿Quinientas libras?

A esto Traddles y yo contestamos a un tiempo. Los dos recomendábamos una pequeña cantidad en dinero, y el pago, sin condiciones, de las reclamaciones de Uriah según fueran viniendo. Propusimos que se pagara a la familia el pasaje y los gastos y que se les diera cien libras, y también que se debía atender con seriedad a los arreglos de míster Micawber para el pago de los adelantos, ya que el suponerse bajo una responsabilidad así podía ser beneficioso para él. A esto añadí la idea de dar explicaciones de su carácter a historia a mister Peggotty, en quien yo sabía que se podía confiar, y dejar a su discreción el poderle adelantar otras cien libras. Luego propusimos interesar a míster Micawber por mister Peggotty, contando a aquel parte de la historia de este, lo que yo creyera justo y conveniente, a intentar que cada uno de ellos ayudara al otro para su beneficio común. Todos estábamos de acuerdo en ello, y también los interesados lo hicieron poco después, con una muy buena voluntad y en perfecta armonía.

Viendo que Traddles volvía a mirar con ansiedad a mi tía, le recordé el segundo y último punto que había prometido.

-Tú y tu tía me disculparéis, Copperfield, si toco, como temo, un asunto doloroso --dijo Traddles vacilando--; pero creo necesario recordároslo. El día de la memorable denuncia de míster Micawber, Uriah Heep hizo una alusión amenazadora al marido de tu tía.

Mi tía, manteniéndose en su tiesa postura y aparente serenidad, asintió con la cabeza.

-Quizá -observó Traddles- fuera sólo una impertinencia voluntaria.

-No -contestó mi tía.

-¿Existía, perdóneme, de verdad esa persona y estaba en su poder? -insinuó Traddles.

-Sí, amigo mío --dijo mi tía.

A Traddles se le alargó la cara perceptiblemente y explicó que no había podido tocar aquel asunto; que había compartido la suerte de las habilidades de míster Micawber al no ser comprendido en cuantos términos había usado; que ya no teníamos ninguna autoridad sobre Uriah Heep, y que si nos podía hacer a cualquiera de nosotros algún daño o causarnos alguna molestia, nos lo haría seguramente.

Mi tía permaneció inmóvil hasta que otra vez algunas lágrimas rebeldes rodaron por sus mejillas.

-Tiene usted razón --dijo, Estaba bien pensado el aludir a ello.

-¿Podernos Copperfield o yo hacer algo? -preguntó Traddles suavemente.

-Nada -dijo mi tía-. Muchísimas gracias, Trot, querido mío. ¡Era una amenaza vana! ¡Que vuelvan míster y mistress Micawber, y que ninguno de vosotros me hable!

Al decir esto se arregló su traje y se sentó, con su porte erguido, mirando hacia la puerta.

-Bien, míster y mistress Micawber --dijo mi tía cuando entraron-. Hemos estado discutiendo su emigración, y les pedimos mil perdones por haberlos tenido fuera durante tanto rato; y ahora les diré las condiciones que les proponemos.

Les explicó todo, para satisfacción indudable de toda la familia; y como los niños estaban presentes, se despertaron en míster Micawber sus costumbres puntillosas en cuestiones de deudas, y no pudimos disuadirle de salir corriendo, con alegría, a comprar pólizas para sus pagarés. Pero su alegría recibió un gran golpe. A los cinco minutos volvió, custodiado por un oficial del sheriff, informándonos, con un diluvio de lágrimas, de que todo se había perdido. Nosotros, que estábamos preparados a esto, que era, naturalmente, un procedimiento de Uriah Heep, pagamos enseguida, y al momento ya estaba míster Micawber, sentado ante la mesa, llenando el papel sellado con esa expresión de perfecta alegría que sólo esta ocupación y el hacer ponche podían prestar a su reluciente cara. Era graciosísimo verle trabajar en sus pólizas con la delicadeza de un artista, retocándolas como si fueran estampas, mirándolas de lado y recogiendo en su cuaderno de bolsilo apuntes de fechas y cantidades y contemplándolas al terminar, muy convencido de su precioso valor.

-Ahora, lo mejor que puede usted hacer, caballero, si me permite aconsejarle ---dijo mi tía después de observarle en silencio-, es renunciar para siempre a esta clase de ocupaciones.

-Señora -contestó míster Micawber-, mi intención es consultar este voto en la página virgen del futuro. Mistress Micawber lo atestiguará. Confío ---dijo míster Micawber solemnemente- en que mi hijo Wilkins se acordará siempre de que es infinitamente mejor poner el puño en el fuego que usarlo para manejar las serpientes que han envenenado la sangre y la vida de su desgraciado padre.

Profundamente afectado y transformado en un momento en la imagen de la desesperación, míster Micawber miraba a las serpientes con una cara de aborrecimiento horroroso (en el que no se dejaba traslucir su no muy antigua admiración); después dobló el papel y se lo metió en el bolsillo. Esto terminó los asuntos de la tarde. Estábamos cansados y tristes, y mi tía y yo teníamos que volver a Londres al día siguiente. Se había decidido que los Micawber nos seguirían después de efectuar la venta de sus cosas a algún corredor-, que los negocios de míster Wickfield debían llegar a un arreglo con la prisa conveniente y bajo la dirección de Traddles, y que mientras estos negocios estaban pendientes Agnes vendría también con nosotros a Londres. Pasamos la noche en la casa vieja, que, libre de la presencia de los Heeps, parecía curada de una enfermedad. Dormí en mi antigua habitación como un náufrago aventurero que vuelve a su hogar.

Al día siguiente volvimos a casa de mi tía (no a la mía), y cuando estábamos sentados solos, como antiguamente, antes de acostamos, me dijo:

-Trot, ¿quieres de veras saber lo que últimamente me ha preocupado?

-Ya lo creo, tía. Si ha habido algún tiempo en que he querido compartir tus penas y tus ansiedades, es ahora.

-Bastantes penas has tenido ya, niño -me contestó cariñosamente-,sin necesidad de aumentarlas con las mías. No había más motivo que este para que te las ocultara.

-Lo sé -dije-; pero, cuéntamelas ahora.

-¿Quieres acompañarme mañana? Saldremos en coche -me dijo mi tía.

-¡Claro que sí!

-¡A las nueve! --dijo ella-. Y entonces te lo contaré, hijo mío.

A la mañana siguiente, a las nueve, salimos en el coche y nos dirigimos a Londres. Paseamos en coche entre calles mucho rato hasta que llegamos a una en que están los grandes hospitales. Junto al edificio había un coche fúnebre sencillo. El cochero reconoció a mi tía, y obedeciendo a una seña que por la ventanilla le hizo mi tía, echó a andar despacio. Nosotros le seguíamos.

-¿Lo comprendes ahora, Trot? -dijo mi tía-. ¡Se fue!

-¿Murió en el hospital?

-Sí.

Estaba inmóvil a mi lado; pero otra vez volví a ver las lágrimas rebeldes correr por sus mejillas.

-Primero volvió a verme -dijo mi tía---. Llevaba bastante tiempo enfermo; era un hombre destrozado, roto, estos últimos años. Cuando supo el estado en que estaba pidió que me llamaran. Estaba arrepentido, muy arrepentido.

-¡Y tú fuiste, tía; lo sé!

. -Fui. Y estuve con él varias veces.

-¿Y se murió la noche anterior a nuestro viaje a Canterbury? -le dije.

Mi tía afirmó con la cabeza.

-Nadie le puede hacer daño ahora -dijo-. Era una amenaza vana.

Salimos de la ciudad, y llegamos al cementerio de Homsey.

-Mejor aquí que entre calles -dijo mi tía---. Aquí nació.

Bajamos, y seguimos al féretro sencillo a un rincón que recuerdo muy bien, donde leyeron las oraciones del ritual y le cubrieron de tierra.

-Hoy hace treinta y seis años, querido mío --dijo mi tía cuando volvíamos al coche-, que me casé. ¡Dios nos perdone a todos!

Nos sentamos en silencio, y así seguimos mucho rato, con su mano en la mía. Por fin se echó a llorar y dijo:

-Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot. ¡Ahora había cambiado tanto!

Después del alivio de las lágrimas, se serenó pronto y hasta estuvo alegre.

-Estoy mal de los nervios -me dijo-; por eso me he dejado llevar por mi pena. ¡Que Dios nos perdone a todos!

Volvimos a su casa de Highgate, donde encontramos la siguiente carta, de míster Micawber, que había llegado en el correo de la mañana:


«Canterbury.

Mi querida señora, y Copperfield: La tierra prometida que brillaba hace poco en el horizonte está otra vez envuelta en niebla impenetrable y desaparece para siempre a los ojos de un infeliz que va a la deriva y cuya sentencia está sellada.

Una nueva orden ha sido dada (en el Tribunal Supremo de Su Majestad, en King's Bench Westminster) sobre la causa de Heep y Micawber, y el demandado de esta causa es la presa del sheriff, que tiene legal jurisdicción en esta bailía.

Ahora es el día, y ahora es la hora;

ved el frente de la batalla más bajo,

ved acercarse el poder de Eduardo el vanidoso.



¡Cadenas y esclavitud!

Por consiguiente, y para un fin rápido (porque la tortura mental sólo se puede soportar hasta cierto punto, al que siento que he llegado) mi carrera durará poco. ¡Los bendigo, los bendigo! Algún viajero futuro, que visite por curiosidad, y espero que también por simpatía, el sitio que dedican en esta ciudad a los deudores, confío en que reflexionará cuando vea en sus muros, inscritas con un clavo mohoso,

Las oscuras iniciales

W M.


P S. -Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nuestro común amigo míster Thomas Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y costes en nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide de la felicidad humana. »

sábado, 19 de diciembre de 2009

Historia de dos Ciudades (A Tale of Two Cities)


Publicada en 1859, narra la historia de Carlos Darnay, casado con Lucia Manette, y Sydney Carton durante la revolución francesa. La historia comienza cuando Lucia Manette, junto con el señor Lorry, banquero de su familia, van a recoger al Dr. Manette, padre de Lucia, a quien creían muerto tras quince años en la Bastilla. El Dr. Manette esta recluido en una taberna, desde que lo dejaron libre. Entran Lucia y el Sr. Lorry, los atiende el tabernero Defarge. Entran a una habitación, en ella, esta un hombre de cabellos blancos, sentado en un banco, haciendo un par de zapatos. Cuando el viejo hombre ve a sus visitantes los saluda. El Sr. Lorry le pregunta al preso cual es su nombre, este responde que es 105 torre norte, Defarge le vuelve a preguntar y responde lo mismo. El Sr. Lorry le pregunta si es zapatero de oficio, el le responde que no, que había aprendido el tiempo que estuvo preso. Después, el Sr. Lorry le pregunta si se acuerda de el, el señor le dice que no, luego el Sr. Lorry se presenta diciendo su nombre y que además era su antiguo banquero. En ese momento, la joven se acerca al anciano señor, le pregunta su nombre, le toca el rostro y la mira con mucha atención. La joven le dice que ha venido para llevarlo a Inglaterra, en ese momento, el señor la reconoce y dice el nombre de Lucia. Lucia lloro en el pecho del Dr. Manette y se lo llevo de regreso a su hogar.

Pasan cinco años. En el Old Bailey, la mas afamada e infame corte de toda Inglaterra. Están juzgando a Carlos Darnay, un noble francés radicado en Inglaterra. Es acusado de dar información vital a Francia. El Dr. Manette y su hija, Lucia, están declarando a favor del acusado, a quien había conocido en el barco de regreso de París. El fiscal presenta como testigo a Juan Barsad, el asegura haber visto a Darnay darle información a un agente francés. En primera fila, entre el publico, esta sentado Sydney Carton, una abogado de mala fama por ser alcohólico y no trabajar, en ese momento, lleva una peluca. Carton, le da un papel al abogado defensor, cuando llega el turno de defender al acusado, el abogado defensor le pregunta a Barsad si esta seguro de que vio a Darnay entregar la información. Barsad dice que si, después de escuchar esto, el abogado defensor le dice que mire a Carton, luego le pide a Sydney que se quite la peluca, el asombro es general al ver que tanto Sydney Carton como Carlos Darnay son iguales. El abogado defensor le dice que podría haber sido cualquiera de los dos el que entrego la información, quedando así la evidencia rechazada y declarando a Darnay inocente. Lucia y su padre salen del juzgado, Darnay le agradece a cartón el amable gesto.

Unos meses después, Darnay pide la mano de Lucia en matrimonio, el Dr. Manette acepta. El día anterior al matrimonio, Darnay deja a Lucia por unas horas, en cuanto sale, Carton se acerca a la casa. Le abre Lucia, el sabe que su corazón es de Darnay. Sydney, ha estado cinco días sin beber par poder decirle lo que quería. Le dice que sabe que su corazón no siente ninguna ternura hacia el, solo quería saber que sus faltas y miserias quedaron borradas en su corazón. Lucia, al escuchar esto, rompe en llanto. Carton le pide que no llore, que dentro de unas horas estaría nuevamente ebrio y seria menos digno de esas lágrimas, le pidió que siempre o recordara como estaba en ese momento, como un hombre digno de alguna manera, Lucia dijo que así seria. Antes de retirarse, Carton le dice que seria un honor para el dar su vida por ella o alguien a quien amara. Lucia, desde ese momento, guardo el secreto de ese amor clandestino. A la mañana siguiente, mientras Lucia esta siendo alistada para el gran momento, Carlos se acerca al Dr. Manette. Le dice quería contarle algo que debía saber, era solo un detalle de su pasado, el doctor le dijo que se lo contara para que lo olvide porque no recuerda bien los apellidos. Carlos le dice que su apellido verdadero es Ebremont, que era el marquez de Ebremont, pero siempre había renegado de esa estirpe, por eso se fue a Inglaterra, para estar lo mas lejos posible de esa familia. Después del matrimonio, el Dr. Manette regresa a su casa con el Sr. Lorry, el doctor estaba distraido y confundido. El Sr. Lorry se queda afuera de la habitación del Dr. Manette, el doctor esta muy callado, cuando Lorry se acerca para ver por la puerta, escucha el sonido de un martillo golpeando cuero.

En París, el señor Defarge, el tabernero que dio asilo al doctor cuando salio de la prisión, se había enterado del matrimonio de Lucia con uno de los Ebremont, le cuenta la noticia a su esposa. En Londres, cuando Lucia y Carlos llegan de su luna de miel, el doctor ya había regresado a la normalidad. Paso el tiempo, Lucia y Carlos tuvieron una hija, es Julio de 1789, mientras, en París, en el barrio de San Antonio, una turba enfurecida se esta armando de mosquetes, rifles, barras de hierro, todo tipo de objeto que puede ser usado como un arma. Todos los seres vivientes de San Antonio están dispuestos a sacrificarla, todas las personas se dirigen a la Bastilla, atacan la prisión por dos horas, luego, una bandera blanca y la puerta de la prisión se abre, de pronto, Defarge, el tabernero entra con toda la muchedumbre. Adentro, Defarge busca a un guardia y le pregunta que significa 105 torre norte, el guardia le dice que es un calabozo, Defarge le dice que lo lleva hasta donde esta. Cuando llegan al calabozo buscan sin saber que buscar, cuando, de repente, Defarge se detiene ante un grupo de papeles viejos, lo guarda y se retira de la prisión.Dos años después, en Londres, llega una carta para Carlos Darnay, pero llega dirigida para el marquez de Ebremont. La carta decía que uno de sus antiguos criados, llamado Gabelle, le pide su ayuda porque lo han acusado injustamente. Después de leer la carta, busca a Lorry, que se estaba preparando para un viaje de negocios a Parias, Carlos le cuenta lo que ha sucedido y Lorry accede a que Darnay lo acompañe, Carlos parte sin avisar a Lucia o al Dr. Manette. Cuando llegan a París, una muchedumbre captura a Ebremont, lo conducen hacia un patriota que dirige todos los castigos, el patriota es Defarge. Carlos le explica rápidamente el motivo por el cual ha regresado a París, pero Defarge le dice que no explique nada, que tenían nuevas leyes y el era culpable, además los inmigrados no tenían derechos, encierran a Ebremont en la prisión de la Forcé. En cuanto se enteraron, Lucia y el Dr. Manette viajaron a París en busca de Carlos. Cuando llegan, buscan al Sr. Lorry, le explican lo que sucedió, Lorry les dice que no pueden estar allí, es muy peligroso. El Dr. Manette, le dice que no se preocupe, que su antigua desgracia como preso de la Bastilla, le han permitido llegar hasta donde habían llegado, su vida era sagrada en ese lugar, que podría librar a Carlos de cualquier culpa.

El Dr. Manette, Lucia y el Sr. Lorry se dirigen hacia el jusgado, en este, todos los condenados tienen una sola pena, la gillotina. Antes de Carlos enjuician a 15 personas y las 15 son sentenciadas en menos de una hora y meda. Antes de que le llegue el turno a Carlos, el Dr. Manette ha hablado con el, dandole indicaciones para que conteste las preguntas que le hagan. Cuando llega el turno de Carlos, le dicen que su vida pertenece a la republica, y esta condenado por la ley que dice que todos los inmigrados tenian la pena de muerte si regresaban. Carlos dijo que no podria ser sentenciado porque habia regresado a Paris antes que la ley fuera aprovada, el Fiscal dice que no importaba, que el prisionero estaba en Francia en el momento que fue aprobado asi que tenia la pena de muerte. El fiscal le pregunta si es verdad que ha vivido varios años en Inglaterra, Carlos dice que si, que se habia ido porque no queria pertenecer a la aristocracia francesa, que en Inglaterra queria vivir de su trabajo, ademas en Inglaterra se habia casado con una Francesa. El fiscal le pregunta quien es la francesa con quien se caso, Carlos dice que se llama Lucia Manette, hija del Dr. Manette, antiguo preso de la bastilla, cuando Carlos termina de dcri estas palabras, el publico vitorea a Carlos y al Dr. Manette. Cuando el jurado calla, el fiscal le pregunta a Carlos porque no ha regresado antes, el le esplica que regreso para ayudar a uno de sus antiguos sirvientes. El fiscal llama a Gabelle para que declare a favor de Carlos y lo hace, luego llaman al Dr. Manette y declara a favor de carlos. Despues de las declaraciones del doctor, el jurado declara a Carlos inocente, es una de las pocas personas que han sido declaradas inocentes durante los crueles jusgados de Francia. Carlos, se ponde de pie, se acerca a su esposa, la abraza y la besa, mientras el jusgado esta vitoreando al Dr. Manette por las declaraciones y por la santidad de su figura.

Horas despues del juicio, la familia del Dr. Manette esta sentada frente a un fuego en la casa de Lorry, que generosamente les ha dado alojamiento. De repente, tocan a la puerta, Carlos abre. Los que habian tocado, era un grupo de soldados armados, uno de ellos pregunta por el ciudadano Ebremont, Carlos pregunta quien lo busca, el soldado le dice que lo busca el pueblo. Uno de los soldados le dice que vuelve a ser preso de la republica. Lucia se abraza fuertemente a Carlos, el Dr. Manette les pregunta porque delito, uno de los soldados le dice que ha sido denunciado por alguin del barrio de San Antonio, el doctor pregunta quien es, pero uno de los soldados le dice que se enterara al dia siguiente. Cuando se llevan a Ebremont de la casa de Lorry, se encuentran con Sydney Carton, pregunta que ha pasado, pero Carlos no puede decir nada. Al dia siguiente, en el tribunal, estavan presente Lucia, El dr. Manette, el Sr. Lorry y Sydney Carton, quien habia llegado primero. Cuando comienza el juicio, el juez pregunta por quien ha sido denunciado el acusado, el fiscal dice que ha sido acusdo por Ernesto Defarge, Teresa Defarge y el Dr. Alejandro Manette. El doctor, al escuchar su nombre, toma la palabra y dice que eso es una mentira, que el acusado era su yerno y su hija era lo mas preciado que tenia. El fiscal le dice que es imposible, que lo mas preciado que debia tener un hombre es la republica y si la republica pedia que sacrifique a su hija, debia hacerlo, el publico aplaude a tan elocuente declaracion. Cuando el publico calla, llaman para que declare Defarge. Defarge, dice que sabia que el doctor habia estado en la prision 105 torre norte de la Bastilla, fue guiado por un carcelero hacia la celda, cuando llegaron a dicha celda, encontro un atado de papeles que narraba como el Dr. Manette habia sido llamado por los dos hermanos Ebremont para curar a una joven y tratar de curar a un joven que uno de ellos habia herido de muerte, antes de eso, habian matado al padre, ellos habian hecho esto para ultrajar a la joven, al dis siguiente del ataque, el Dr. Manette se dirigio a las autoridades, pero los hermanos secuestraron al doctor, quemaron la carta acusatoria y mandaron al doctor a prision por quince años. Despues de decir esto, Defarge leyo un fragmento de los papeles que habai escrito el Dr. Manette en el que decia que denunciaba a los hermanos Ebremont y a todos sus decendientes. Carlos no tenia escapatoria, habia sido acusado por su suegro, ahora tenia que regresar a la prision de la Force para esperar la hora de su muerte, Lucia esta abatida, pero sabe que es la unica que puede animar a Carlos.

Cuando termina el juicio, Lucia convence a uno de los guardias para que la deje ver a su esposo. Carlos le dice a Lucia que en el futuro se encntraran y descansaran para siempre, Lucia le dice que se olvide de eso, Carlos se despide de su hija, que esta presente. El Dr. Manette ha presenciado la tierna escena y se arrodilla ante Darnay, el el dice que no tiene nada de que arrepentirse, que sabia cuanto ha sufrido el dia de su matrimonio al enterarse su apellido y estava muy agradecido por haberlo perdonado. Lucia, despues de esto, cae desmayada, Sydney Caton, que ha presenciado la escenas sin ser visto, ayuda a Lucia, la lleva al coche, sube junto con su padre. Cuando llegan a su casa, Carton se asegura de que este bien acomodada, Carton le da un suave beso en la mejilla a Lucia para despedirse. Sydney recuerda el juramento que le hizo a Lucia el dia de su matrimonio. Se despide y le dice al doctor que ya no habia esperanza, pero por eso no habia que perder el valor, despues de decir esto, se retira.

Carton, se dirige hacia el barrio de San Antonio, llega a la taberna de Defarge. Entra, la señora Defarge esta tejiendo como suele hacerlo, Carton pide una copa de vino con un pesado acento ingles, coge un viejo diario y se acerca a el como si no pudiera comprender el frances. La señora Defarge se acerca a su esposo para decirle, que el hombre ingles que acaba de entrar se parece mucho a Carlos, su esposo le dice que no es posible, ademas al dia siguiente veria al verdadero sin cabeza. Teresa, le dice que eso no es suficiente, que tenia motivos de sobra para condenar a todos los Ebremont, ella era la joven que intentaron ultrajar. Caton, ha escuchado todo lo que han dicho, paga el vino y se retira. Cuando esta saliendo de la taberna, reconoce a una persona que no veia despues de unos meses, vio a Juan Barsad, el doble agente, el que acuso a Darnay de espia. Carton lo detiene y lo lleva a un lado. Barsad le pregunta quien es, Carton le dice que es solo un ingles, le dice que tenia a un ser muy querido en la prision de La Force, Barsad le dice que el trabaja en La Force, pero si se trataba de una evasion, iba a ser imposible. Carton le dice que no es una evasion, ademas le pergunta si puede entrar y salir cuando quiere Barsad le dice que si puede, Sydney le dice que lor ecuerda de Inglaterra, que trabajaba antes para el gobierno Ingles y ahora trabaja para el gobierno Frances, Juan, al escuchar esto, le pregunta que quiere, Carton le dice que tiene un favor que pedirle en la prision de La Force y sabe que el se la cumplira. Los dos hombres conversan por poco tiempo, cuando terminan, Barsad esta palido e inmovilisado viendo a Carton alejarse.

Carton se dirige a la casa de Lorry, donde el Dr. Manette busca el par de zapatos en los que estava trabajando cunado era preso de la Bastilla, Lorry y Carton lo calaman y lo sientan frente al fuego. Carton, lleva a Lorry a otra habitacion, en ella le dice que ya no habian esperanzas, le iba a dar instrucciones que debia cumplir sin hacer preguntas. Caton ve que el abrigo del Dr. Manette esta en el suelo y se agacha para recogerlo, cuando lo esta levantando, se cae un papel, Carton lo recoge y lo lee. Cuando termina de leerlo, le dcie a Lorry que estan salvados, el papel es un salvoconducto para el doctor, que le permite irse de Paris con su hija y su nieta, luego le enseña otro salvoconducto que esta a su nombre, Sydney Carton. Despues de darle los dos papeles, le dice que para el dia siguiente debe tener caballos preparados a las dos de la tarde, antes de las ejecuciones. Sydney le dice a Lorry que esa noche le diga el peligro que corre ela y su hija al quedarse, despues de las ejecuciones, querra quedarse a llorar a su espos y eso era un delito, quele diga que esas eran las ultimas indicaciones de Carlos, el Dr. Manette hara lo que le indiquen, ademas, Carton viajaria con ellos, Lorry le preguntan si deben esperarlo, Carton le dice que si, que cuando subiera al coche partirian inmediatamente hacia Inglaterra. Lorry le pergunta si deben esperarlo suceda lo que suceda, Carton le dice que el tiene su salvoconducto, que sin el no podria salir de Francia nunca. Carton hace que Lorry prometa cumplir lo que ha dicho, despues de decir esto, Sydney se retira.

En la prision de La Force, hay cincuenta condenados para las ejecuciones del dia siguiente, entre ellos, Carlos. Hay todo tipo de presos. Carlos, se pregunta como es la gullotina, la hoja de acero, el verdugo. Carlos cuanta las horas, porque sabe que las tres de la tarde, sera la hora de su muerte. De pronto, Carlos escucha pasos, despues escucha el mumullo de un hombre y de repente, ve a Sydney carton a su lado, haciendo una seña con los dedos para que haga silencio. Ebremont le pregunta si esta preso, Carton le dice que no, que accidentalmente tiene poder sobre uno de los carceleros. Despues de explicarle, le dice que cambien de botas, tambien de abrigo, despues de hacer el cambio, Carton arregla a carlos para que quede igual que el. Despues de arreglar a Carlos, Sydney le da un golpe a Ebremont y lo deja inconciente, despues, Carton se viste como estaa Carlos. Carton, se acerca a la puerta y llama a Barsad. Cuando Juan entra, ve al hombre inconciente en mitad del suelo, Carton le dice que llame a unos guardias para que lo ayuden a salir, que diga que la impresion de ver al preso fue demasiada y se desmayo, despues de que diga esto, debe llevarlo al coche del Sr. Lorry. Barsad obedece, trae un grupo de guardias que se llevan a Carlos pensando que es Sydeny y lo dejan en el coche con el Sr. Lorry, el Dr. Manette y Lucia. Carton, se queda en la celda, hasta que llega un funcionario con una lista en la mano, la lee y llama a Carlos Ebremont, sin saber que es Carton quien lo sigue.El funcionario lleva a Carton con los demas condenados, todos estan impacientes y pensativos, esperando la llegada de la hora de su muerte. Entre los condenados hay una joven costurera que se acerca a Carton saluadndolo como si fuera Darnay. Sydney le sigue el juego, la joven le pregunta porque ha regresado, Carton le dice que lo arrestaron otra vez y lo han condenado, la joven le pide que le permita tomarle la mano cuando salgan de la prision hasta la guillotina, Carton, accede. La costurera le toma la mano, luego mira a los ojos de Carton y se da cuenta que no es Ebremont y le da un beso. Despues, la joven le pregunta porque va a morir por el, Carton le dice que lo hace por su esposa y por su hija, el no era nadie y nadie se iba a acordar. Despues de decir esto, la costurera le vuelve a preguntar si puede tener sus manos entre las suyas, Carton le dice que si, hasta el ultimo momento.

Mientras, en las afueras de Paris, en el carruaje del Sr. Lorry, Lucia esta muy desesperada por lo que va a ocurrir, piensa que los estan siguiendo, pero no es asi. Al llegar a un pueblo, una multitud se acerca al coche preguntando cuantos condenados hay, el Sr. Lorry da un numero al azar y los dejan tranquilos que se vayan. Anochece, y el hombre que esta desmayado en la parte trasera del coche, comienza a despertar y a hablar. Lucia ve el momentno en que se despierta y se da cuenta. Lucia comienza a gritar preguntando el nombre del hombre desmayado. Como no responde comienza a examinarlo y encuentra los rasgos correcatamnete ubicados de Carlos Ebremont, despues de revisar, rompe en llanto.

En Paris, una gran muchedumbre, esta alrededor de la terribe maquina de matar conocida como la guillotina. La persona principal de esa tarde, es un hombre al que todas las personas del publico señalan, esta con la mano junta a la de una joven, los dos conversan. En una iglesia, viendo pasar a los condenados, esta Barsad, un hombre se le acerca y pregunta quien es Ebremont, Barsad lo señala y el hombre comienza a insultarlo. A las tres de la tarde, llegan las carretas con los condenados a la guillotina. En primera fila, hay un grupo de mujeres tejiendo, entre ellas esta la señora Defarge, que siente una inhumana emocion al ver a Ebremont. Llega el verdugo y comienzan con la primera ejecucion, las tejedoras, en coro cuentan las cabezas que se van cortando. Carton, voltea a la joven y la pone de espaldas al terrible aparato. La costurera le dice a Carton que tiene miedo, Sydney le dice que no aparte su mirada de el, asi podra estar mas calmada. Los dos conversan tranquilamente, como si lo que va a ocurrir nunca fuera a pasar. La costurera le pregunta a Carton si es que van a ir a un mundo mejor, Carton le dice que si, a donde van a ir no hay sufrimiento ni dolor. La costurera le da un beso a Carton, se bendicen uno a otro, los separan y la costurera deja la vida en la guillotina. Despues de la costurera, le llega el turno a Sydeny Carton, que deja la vida con el orgullo de haberla dado por salvar a un homber mas digno de merecerla. Despues del momento de la muerte de Sydney Carton, corren los rumores que es el rostro mas calmado de cuantos se han visto morir en la terrible guillotina. Cuando muere, Carton ve el futuro de las personas por las que dio su vida. Ve a los apresores y los que lo sentenciaron caer bajo la misma cuchilla que el resto del pueblo. Ve el futuro de la familia Darnay, ve la paz de la que esta llena, ve al hijo de Lucia, que lleva su nombre ejercer el mismo trabajo que fue de el con justicia y sabiduria. Ve la prosperidad y la felicidad de Lucia, Carlos, el Dr. manette, el Sr. Lorry y sus familias, por las que dio su vida.


A continuacion, un capitulo de "Historia de Dos Ciudades":




El fiscal informó al Jurado de que el acusado que estaba ante ellos, a pesar de su juventud era ya muy viejo en las prácticas de la traición; que su correspondencia con el enemigo público no databa de un día ni de un año, sino que el prisionero tenía la costumbre, ya muy antigua, de ir desde Francia a Inglaterra, para realizar negocios de que no le habría sido posible dar honrada cuenta. La Providencia, sin embargo, había puesto en el corazón de una persona, sin miedo y sin reproche, el deseo de descubrir la naturaleza de las ocupaciones del acusado, y, lleno de horror, las reveló al secretario de Estado de Su Majestad. Aquel patriota iba a ser presentado al Tribunal. Fue amigo del acusado, pero, una vez estuvo convencido de su infamia, resolvió sacrificar su amistad en aras del patriotismo. El testigo pudo examinar los papeles de su amigo, gracias a los buenos oficios de un criado, también digno de honor, y así, por la conducta sublime de aquellos dos hombres, conducta que el fiscal recomendaba al jurado, pudo descubrirse la criminal ocupación del acusado. El examen de aquellos papeles demostraba que el acusado poseía la lista de las fuerzas de mar y tierra de Su Majestad y también de su disposición y de su preparación. Cierto era que no se podía probar el hecho de que aquellas listas fuesen de puño y letra del acusado, pero eso no importaba nada, y más bien era un indicio acusador, pues probaba que el prisionero había tomado toda clase de precauciones. Estos documentos probaban que se dedicaba a tan criminal oficio desde hacía, por lo menos, cinco años. Así, pues, no dudaba de que el jurado, obrando lealmente, consideraría culpable al acusado y lo condenaría a muerte.

Cuando cesó el fiscal en su discurso, la impresión general fue la de que el acusado podía considerarse ya como hombre muerto.

Se presentó entonces el patriota acusador, Juan Barsad, caballero, el cual habiendo ya librado a su noble pecho del peso que hasta entonces lo oprimiera, se habría retirado modestamente, pero el caballero que tenía delante un montón de papeles quiso dirigirle algunas preguntas. En cuanto al que se sentaba enfrente del defensor, continuaba con la mirada fija en el techo.

El defensor preguntó si el testigo había sido alguna vez espía, pero esta acusación fue rechazada desdeñosamente. Le preguntó, luego, de qué vivía y al contestarle que de sus propiedades, quiso saber cuáles eran, pero el testigo no recordaba bien dónde las tenía y acabó afirmando que había heredado de un pariente lejano. Le preguntó también si había estado en la cárcel, a lo cual el testigo contestó negativamente, pero ante las insistentes preguntas del defensor, acabó confesando que estuvo dos o tres veces encarcelado por deudas. A la pregunta de cuál era su profesión, contestó que la de caballero, y cuando el defensor quiso saber si alguna vez le habían arrojado a puntapiés de alguna parte, lo negó primero, mas, luego, acabó confesando que, en una ocasión, le dieron un puntapié y él, por su propia voluntad, bajó rodando por la escalera. Entonces el defensor quiso averiguar si aquello fue la consecuencia de haber hecho trampas en el juego, pero el testigo replicó que así se dijo, pero que no era verdad. También le preguntó si vivía del juego, y si había pedido dinero prestado al acusado. Ambas respuestas fueron afirmativas y cuando se inquirió la razón de que se hubiese apoderado de aquellas listas, para entregarlas a la justicia, tal vez con la esperanza de lograr alguna recompensa, contestó negativamente, asegurando que lo había hecho por puro patriotismo.

El criado, Roger Cly, el virtuoso patriota, dijo que había entrado al servicio del acusado cosa de cuatro años antes y que empezó a sentir sospechas de su amo y por consiguiente vigiló sus actos. Muchas veces encontró listas semejantes a las presentadas al Tribunal, mientras arreglaba los trajes de su amo y en las manos de éste las vio también en Calais y en Boulogne. Y como amaba a su patria no pudo consentir aquella traición y por esta razón ayudó al descubrimiento del crimen.

El fiscal se volvió entonces hacia el señor Lorry y le preguntó:

—Señor Jarvis Lorry, ¿estáis empleado en el Banco Tellson?

—Sí, señor.

—¿No hicisteis un viaje, cierto viernes de noviembre del año entre Londres y Dover?

—Sí, señor.

—¿Había otros viajeros en la diligencia?

—Dos.

—¿Descendieron de la diligencia antes de llegar a Dover?

—Sí, señor.

—Mirad ahora al acusado. ¿Era uno de los dos viajeros?

—No puedo asegurarlo.

—¿Se parece a alguno de ellos?

—Iban los dos tan abrigados y estaba la noche tan obscura que no puedo asegurarlo.

—Miradlo de nuevo, señor Lorry. Suponiendo que ese hombre estuviera tan abrigado como aquellos dos viajeros, ¿os parece que sería semejante a uno de ellos?

—Lo ignoro.

—¿Estaríais dispuesto a jurar que no era uno de ellos?

—Tampoco.

—¿De manera que consideráis posible que fuese uno de ellos?

—Posible, sí. Excepto, tal vez, por la circunstancia de que mis compañeros de viaje parecían gente timorata y el acusado no parece hombre que se asuste fácilmente.

—Mirad nuevamente al prisionero, señor Lorry. ¿Lo conocíais ya o lo habíais visto anteriormente?

—Sí, señor.

—¿Cuándo lo visteis?

—Pocos días después de mi viaje volvía de Francia y en Calais el acusado tomó el mismo barco que yo e hizo conmigo el viaje de regreso.

—¿A qué hora llegó a bordo?

—Un poco después de medianoche.

—¿Fue el único pasajero que llegó a aquella hora?

—Sí, señor, el único.

—¿Viajabais solo, señor Lorry, o iba con vos algún compañero?

—Me acompañaban dos personas. Un caballero y una señorita. Están aquí.

—¿Conversasteis con el acusado?

—Muy poco. El tiempo era malo y casi durante todo el viaje estuve tendido en el sofá.

—¡Señorita Manette!

La joven, hacia quien se volvieron todos los ojos, se puso en pie y su padre la imitó.

—Señorita Manette, mirad al acusado.

Este pareció intranquilo al ser contemplado por aquella graciosa joven.

—¿Habíais visto ya anteriormente al acusado, señorita Manette?

—Sí, señor.

—¿Dónde?

—A bordo del barco a que acaba de referirse el señor Lorry.

—¿Erais vos la señorita a quien acaba de referirse este caballero?

—Sí, desgraciadamente soy yo.

—Contestad a las preguntas que se os dirijan, sin hacer observación alguna —exclamó el fiscal.— ¿Conversasteis con el acusado durante el viaje?

—Sí, señor.

—Referid la conversación.

En medio de la atención general y del silencio reinante, la joven empezó a decir:

—Cuando este caballero llegó a bordo...

—¿Os referís al prisionero? —preguntó el fiscal frunciendo las cejas.

—Sí, señor.

—Entonces llamadle acusado.

—Pues, cuando el acusado llegó a bordo, se fijó enseguida en mi padre y vio que estaba fatigado y enfermo. Mi padre estaba tan mal que yo temí exponerle al aire y por esto le arreglé su lecho en la cubierta, cerca de la escalera de los camarotes y me senté a su lado para cuidarlo. Aquella noche no había más pasajeros que nosotros cuatro. El acusado fue tan amable que me aconsejó cómo podría guarecer mejor a mi padre del viento y del mal tiempo, y, en general, se portó con la mayor bondad y cortesía. Así empecé a hablar con él.

—¿Os fijasteis si llegó solo a bordo?

—No llegó solo.

—¿Cuántos le acompañaban?

—Dos caballeros franceses.

—¿Observasteis si conferenciaban secretamente?

—Estuvieron hablando hasta el último momento, cuando los franceses se vieron obligados a bajar al bote.

—¿Visteis si, entre ellos, se cambiaron algunos papeles semejantes a estas listas?

—Vi que tenían algunos papeles en las manos, pero no sé cuáles.

—Ahora contadnos cuál fue la conversación del acusado, señorita Manette.

—Se mostró muy amable conmigo, y bondadoso y útil para mi padre. Espero —exclamó entre lágrimas— que mi declaración no va a perjudicarle y a pagar mal los favores que me hizo.

—No os ocupéis de esto, señorita Manette —replicó el juez,— estáis en la obligación de decir la verdad y el acusado lo sabe. ¡Continuad!

—Me dijo que viajaba a causa de unos negocios de naturaleza delicada y difícil, que podían poner en situación apurada a algunas personas, y que viajaba bajo nombre supuesto. Añadió que aquellos negocios lo habían llevado a Francia pocos días antes y que, de vez en cuando, le obligaban a dirigirse tan pronto a Francia como a Inglaterra.

Entonces el fiscal llamó al doctor Manette para que declarara y le dijo:

—Doctor Manette, servíos mirar al acusado. ¿Lo habíais visto anteriormente?

—Una vez tan sólo, cuando me visitó en mi casa de Londres. Hará de eso tres años o tres y medio.

—¿Sabéis si es la misma persona que viajaba a bordo del barco que os llevaba a vos y a vuestra hija y el mismo que conversó con ésta?

—Lo ignoro, señor.

—¿Hay alguna razón especial que explique la imposibilidad en que os halláis de contestar a mi pregunta?

—Sí, señor, existe.

—¿No tuvisteis la desgracia de permanecer largos años preso, sin haber sido juzgado ni acusado, en vuestro país natal, doctor Manette?

—En efecto, estuve preso mucho tiempo.

—¿Acababais de ser puesto en libertad, cuando hicisteis aquel viaje?

—Así me lo dijeron

—¿No recordáis nada?

—Nada absolutamente. En mi memoria hay un vacío por espacio de no sé cuánto tiempo, es decir, desde que en mi cautiverio me dediqué a hacer zapatos hasta el tiempo en que me encontré viviendo en Londres con mi querida hija. Esta me era ya muy querida cuando Dios misericordioso me devolvió mis facultades, pero no sé cuándo empecé a conocerla, pues no me acuerdo.

Se presentaba, entonces, una cuestión muy importante y era la de saber si el acusado había visitado, en aquella noche de noviembre, cinco años atrás, una ciudad en la que había un arsenal de guerra y una importante guarnición, para adquirir datos. Se presentó un testigo, quien declaró que reconocía en el acusado a un hombre que estuvo aquella noche en el café de dicha ciudad esperando a otra persona.

En aquel momento el caballero de la peluca, que, hasta entonces había estado mirando al techo, escribió una o dos palabras en un pedazo de papel, y, después de arrollarlo, lo entregó al defensor. Este lo leyó, miró al acusado con la mayor atención y se volvió para preguntar al testigo:

—¿Estáis seguro de que era este mismo hombre?

—Completamente —contestó el testigo.

—¿No pudisteis ver a otra persona que se le pareciera mucho?

—Habría tenido que ser tan parecido a él, que casi es imposible que pudiera darse el caso.

—Pues, entonces, hacedme la merced de mirar a este caballero —dijo el defensor señalando al que acababa de entregarle el papel,— y luego mirad al preso. ¿No creéis que se parecen como dos gotas de agua?

En efecto, aquellos dos hombres no podían ser más parecidos.

Inmediatamente el fiscal preguntó al defensor, señor Stryver, si con esto quería acusar de traición al señor Carton, que era el caballero de la peluca, pero el defensor contestó que no se proponía nada de esto, sino, tan sólo, señalar la posibilidad de que se tratara de una persona tan parecida al acusado como la que tenían a la vista.

A continuación el defensor, señor Stryver, se esforzó en demostrar que Barsad era un espía a sueldo y un traidor, un traficante en sangre humana y uno de los más perfectos sinvergüenzas que existieron en la tierra después del traidor judas; que el virtuoso criado Cly era su amigo y consocio, y digno de él. Que aquellos dos bandidos y perjuros habían acusado falsamente al prisionero, francés de nacimiento, que por asuntos de familia se veía obligado a ir con frecuencia a Francia, aunque estos asuntos, por ser de naturaleza especialísima y personal, no podían ser revelados. Demostró que la declaración de la señorita Manette no tenía importancia alguna ni demostraba nada contra su defendido.

Declararon, entonces, algunos testigos de la defensa y nuevamente hablaron el fiscal y el presidente para rebatir cuanto dijera el defensor, de modo que para nadie parecía dudosa la muerte que esperaba al desgraciado preso.

Mientras tanto el señor Carton, y a excepción del momento en que tendió el papel al defensor del acusado, no había separado sus ojos del techo, ni siquiera, tampoco, cuando todo el mundo se fijó en él para comparar sus facciones con las del acusado. Sin embargo, veía mucho mejor que otros lo que ocurría a su alrededor, hasta el punto de que fue el primero en advertir que la señorita Manette caía desfallecida en brazos de su padre, y, ordenó a un guardia que acudiese a socorrerla.

La concurrencia demostró su simpatía a la joven y a su padre y apenas se fijó en que el jurado se retiraba a deliberar. Al poco rato se presentaba nuevamente manifestando que no se habían puesto de acuerdo y que deseaban tratar de nuevo acerca del caso.

Esto causó, naturalmente, la mayor sorpresa, pues no era cosa que ocurriese con frecuencia. La vista había durado todo el día y fue preciso encender las luces de la sala.

Circularon rumores de que el jurado tardaría en tomar un acuerdo y muchos espectadores se retiraron para comer algo, en tanto que el acusado fue llevado al extremo de la barra, donde tomó asiento.

Entonces el señor Lorry se acercó a donde estaba Jeremías, diciéndole:

—Podéis ir a tomar alguna cosa, si queréis. Cuidad de volver cuando regrese el jurado, porque entonces es cuando os necesitaré.

Al mismo tiempo le dio un chelín y en aquel momento el señor Carton, que había abandonado su asiento, tocó en un hombro al señor Lorry.

—¿Cómo se encuentra la señorita?

—Está muy angustiada —contestó el señor Lorry,— pero parece que está mejor.

—Voy a decírselo al prisionero, pues no está bien que le hable un caballero tan respetable como vos.

En efecto, el señor Carton se acercó al preso y lo llamó.

—Señor Darnay, espero que deseará usted tener noticias de la señorita Manette. Se encuentra mejor.

—Siento mucho haber sido la causa de su indisposición. ¿Tendrá usted la bondad de decírselo así? —contestó el preso.

—No hay inconveniente.

—Muchas gracias —le contestó el acusado.

—¿Qué espera usted, señor Darnay? —le preguntó Carton.

—Lo peor.

—Hace usted bien, puesto que será lo más probable. Sin embargo, parece dar alguna esperanza el hecho de que el jurado no se haya puesto todavía de acuerdo.

Jeremías Roedor, que había estado escuchando la conversación con el mayor interés, se alejó extrañado de que aquellos dos hombres fuesen tan absolutamente parecidos.

El mensajero del Banco, después de tomar su refrigerio, se sentó en un banco y estaba ya a punto de dormirse cuando entró el público en la sala y oyó una voz que le llamaba.

—¡Jeremías!

—Aquí estoy, señor —contestó a su principal.

El señor Lorry extendió el brazo y le entrego un papel.

—Id a llevarlo volando. ¿Lo tenéis?

—Sí, señor.

En el papel había escrito una sola palabra. “Absuelto.”

—Si esta vez hubiese escrito “Resucitado” lo entendería mejor que la otra —murmuró Jeremías, y se alejó apresuradamente en dirección a la casa de banca.