domingo, 15 de marzo de 2009

La Vuelta al Mundo en Ochenta Días(Le Tour du Monde en quatre-vingts jours)
Publicada en 1873, en el diario "El Tiempo" (Le Temps). La historia empieza el treinta de octubre, cuando Phileas Fogg, contrata a un criado nuevo (Picaporte) porque el anterior le había traído un grado menos de lo que el pidió su te. después de haber contratado a su criado nuevo se fue al "Club de la reforma" (Reform-Club) donde se encontró con sus amigos de siempre y tuvieron dos platicas que fueron: como es que habían robado cincuenta y cinco mil libras del banco de Inglaterra y pensando en donde se podría refugiar los amigos hicieron una apuesta. Phileas Fogg dijo que seria capas de dar la vuelta al mundo en ochenta días (sin minutos de falta o sobra). Entonces llegaría el domingo 21 de diciembre a las ocho con cuarenta y cinco minutos exactamente.

Y así Phileas Fogg se fue corriendo a su casa y le dijo a Picaporte que alistaran sus maletas para dar la vuelta al mundo. Esa misma noche salieron directamente a la India. La noticia causo una gran impresión en toda Inglaterra, las apuestas aumentaron y hasta le crearon una cuenta especial para la apuesta. Pero el dinero que se había puesto a favor y en contra de Phileas Fogg se destruyo, porque corren la noticia de que la persona que había robado las cincuenta y cinco mil libras del banco de Inglaterra tenia exactamente los mismos rasgos que Phileas Fogg.

Pero el desinformado Phileas Fogg continuo con su camino. Mientras tanto, en la India se encontraba el inspector Fix, encargado de vigilar a los barcos que llegaban de Inglaterra, cuando le llego la noticia del robo y las características del sospechoso. En cuanto el inspector Fix vio a Phileas Fogg empezó a seguirlo, trato de capturarlo pero no pudo, porque necesitaba una orden de arresto desde Inglaterra. En India Phileas Fogg le dijo a su criado que fuera a buscar un mercado en el que comprara algunas provisiones. Pero Picaporte, sin darse cuenta entro en un templo sagrado y los habitantes se abalanzaron contra el (porque no estaba permitido entrar a lugares sagrados con ropas comunes). Después de su pequeña desgracia Picaporte se fue con su amo para contarle lo sucedido. Luego encontraron un ferrocarril que los llevara a china, se hicieron amigos de un general y al ver que se iban al mismo lugar este decidió acompañarlos. El inspector Fix al ver que su hombre se ya decidió perseguirlo y se hizo amigo de Picaporte pero sin que se diera cuenta su amo. Pero a la mitad del camino se acabaron las vías. Los pasajeros bajaron al igual que Phileas Fogg bajaron, Phileas Fogg y sus dos acompañantes decidieron acampar. Pero en un momento se escuchan tambores, cantos indígenas y pasos que se dirigían a un lugar desconocido.

Toda esa ceremonia era porque iban a sacrificar a una viuda joven junto con su esposo, un sacerdote (por pura tradición). Drogaron a la chica para que no se diera cuenta de lo que sucede. Phileas Fogg al darse cuenta de le sobraba algo de tiempo decidió ayudar a la joven a salvarse de ser sacrificada. Así que se fue con sus dos compañeros y se acercaron a la ceremonia. Cuando las personas presentes en el sacrificio se durmieron, los tres compañeros aprovecharon la oportunidad. Pero sin darse cuenta despertaron a los indígenas y se mantuvieron escondidos para que no se notara su presencia. Pero fue tarde, los habitantes habían prendido fuego a la pareja, pero derrepente aparecio una persona que llego y cogio a la mujer y se la llevo consigo.

La persona que se llevo a la mujer era Picaporte, llevo a la mujer con su amo. después de ese pequeño incidente a Phileas Fogg ya ni le sobraba tiempo para nada. Cuando despertó la mujer le dijo que su nombre era Mistress Aouida, además dijo que tenia a un pariente rico en china y Fogg al ver que la mujer se iba a china se la llevo. Pero un improvisto le fue dado, un juez le hizo un juicio (por el incidente que tuvo s criado), Phileas Fogg pago una fianza. Subieron al ferrocarril los tres compañeros con la mujer, al llegar a china se separaron del general, pero Mistress Aouida quiso acompañar a Phileas Fogg en el resto de su viaje. Fogg le dijo a su criado que buscara un barco que se dirigiera a shangai (japón), se encontró nuevamente con el inspector Fix, el le acompaño a comprar sus boletos, pero esta vez el inspector le dijo la verdad de lo que creía sobre su amo.
Después de haber comprado los pasajes el inspector se lleva a Picaporte a una taberna en la que lo emborracha, después de haberlo emborrachado lo deja en el camarote del barco, pero Phileas Fogg no lograra abordar el barco. En esos momentos se encuentra con un marinero que le ofrece que lo acompañe a su embarcacion que lo iba a dejar en unas de las paradas del barco en el que se fue Picaporte. Después de haber aceptado Phileas fogg entro en el barco y en efecto encontró el barco en el que debía estar Picaporte, pero no estaba el criado. Cuando de un momento a otro escucha el grito desesperado de su criado, estaba vestido con unas extrañas ropas.

Lo que había pasado era que el barco después de dejar a sus pasajeros, Picaporte no se ubicaba y al ver que había un circo que estaba por un dia en la ciudad y después se iba a shangai se unió hasta que llegaran a shangai. Pero el criado no contó con que se iba a encontrar a su amo en el puerto, así que se unió a el nuevamente. Y otra vez Picaporte se encontró con el inspector Fix y esta vez el inspector le dijo que quería conocer a su amo y que lo acompañaria por el resto de su travesía. Y así lo hizo, Picaporte sin dudar del inspector lo presento con su amo y le contó sus intenciones de acompañarlo, Phileas Fogg sin sospechar acepta la compañía del inspector.
Así lo hace, el inspector Fix los acompaña en el barco hasta Los ángeles (estados unidos), después de eso tomaron un ferrocarril hacia Nueva York y durante su trayecto se encontraron con un grupo de indígenas, que le causaron algunos problemas y por ende un ligero atraso. Una vez llegados a Nueva York, tomaron el barco hacia Islandia, para luego tomar un ultimo barco hacia Inglaterra. Pero la desgracia sobrevino y llegados a Islandia el inspector Fix captura a Phileas Fogg, por los cargos de robo al banco de Inglaterra. Pero luego le llego la noticia de que el verdadero ladrón del barco, había sido capturado tres días antes.

Enterado de esta noticia el inspector los deja libres, y aunque no tomaron el barco correspondiente, tomaron otro barco que tenia posibilidades de llegar. Una vez llegados a Inglaterra Phileas fogg, Picaporte y Mistress Aouida, corren hacia el "Reform Club", pero ya eran las ocho con cuarenta y seis minutos, Phileas Fogg había perdido.

Una vez en su casa Phileas Fogg en su casa, al dia siguiente de su terrible derrota , conversa con Mistress Aouida y deciden que se van a casar al dia siguiente y le dice a Picaporte que busque al cura de la Iglesia para que los case al dia siguiente a primera hora. Pero Picaporte llega corriendo y le dice a su amo que el cura no los casaría porque el dia siguiente era lunes y no martes como creían. Mientras tanto en el "Reform Club" esperan a Phileas Fogg, cuando exactamente a las ocho con cuarenta y cuatro minutos con cincuenta y nueve segundos, llega Phileas Fogg, y queda muy en claro que el hombre del que todos dudaban había ganado la apuesta.

A continuación un capitulo entero de "La Vuelta al Mundo en Ochenta Días":

capitulo XIII: El Rescate de la nativa:

El intento era atrevido, lleno de dificultades, impracticable quizá. Mister Fogg iba a arriesgar su vida o al menos su libertad, y por consiguiente el éxito de sus proyectos, pero no vaciló. Tenía además en sir Francis Cromarty un auxiliar decidido. En cuanto a Picaporte, estaba preparado y se podía disponer de él. La idea de su amo lo exaltaba. Lo sentía con alma y corazón bajo aquella corteza de hielo, y le iba concibiendo cariño. Quedaba el guía. ¿Qué partido tomaría en el asunto? ¿No estaría inclinado a favor de los indios? A falta de concurso, era menester cuando menos asegurar la neutralidad.Sir Francis Cromarty le planteó la cuestión con franqueza
-Mi oficial -respondió el guía-, soy parsi-; no tan sólo arriesgamos nuestras vidas, sino suplicios horribles si nos agarran. Miradlo, pues.
-Mirado está -respondió mister Fogg-. Creo que debemos aguardar la noche para obrar.
-Así lo creo también -respondió el guía.
Este valiente indio expuso entonces algunos pormenores sobre la víctima. Era una india de célebre belleza y de raza parsi, hija de ricos comerciantes de Bombay. Había recibido en esta ciudad una educación absolutamente inglesa y por sus modales y su instrucción hubiera pasado por europea. Se llamaba Aouida.Huérfana, fue casada a pesar suyo con ese viejo rajá de Bundelkund. Tres meses después enviudó, y sabiendo la suerte que le esperaba se escapó, fue alcanzada en su fuga, y los parientes del rajá, que tenían interés en su muerte, la condenaron a este suplicio, del cual era difícil que escapara.
Esta relación tenía que arraigar en mister Fogg y sus compañeros su generosa resolución. Se decidió que el guía conduciría el elefante hacia la pagoda de Pillaji, a la cual debía acercarse todo lo posible.
Media hora después se hizo alto en un bosque a quinientos pasos de la pagoda, que no podía percibirse, pero los alaridos de los fanáticos se oían con toda claridad. Los medios para llegar hasta la víctima fueron entonces discutidos. El guía conocía apenas esa pagoda de Pillaji, en la cual afirmaba que la joven estaba encarcelada. ¿Podía penetrarse por una de las puertas cuando toda la banda estuviese sumida en el sueño de la embriaguez, o sería necesario practicar un boquete en la pared? Esto no podía decidirse sino en el momento y en el lugar mismo; pero lo indudable era que el rapto debía verificarse aquella misma noche, y no cuando la víctima fuese conducida al suplicio, porque entonces ninguna intervención humana la salvaría.
Mister Fogg y sus compañeros aguardaron la noche, y tan luego como llegó la oscuridad, hacia las seis de la tarde, resolvieron verificar un reconocimiento alrededor de la pagoda. Los últimos gritos de los fakires se extinguían. Según su costumbre, aquellos indios debían hallarse entregados a la pesada embriaguez del "hag", opio líquido, mezclado con infusión de cáñamo, y tal vez sería posible deslizarse entre ellos hasta el templo.
El parsi, guiando a mister Fogg, a sir Francis Cromarty y a Picaporte, se adelantó sin hacer ruido a través del bosque. Después de arrastrarse durante diez minutos por las matas, llegaron al borde de un riachuelo y allí, a la luz de las antorchas de hierro impregnadas de resina, percibieron un montón de leña apilada. Era la hoguera forrada con sándalo precioso y bañada ya con aceite perfumado. En su parte posterior descansaba el cuerpo embalsamado del rajá, que debía arder al mismo tiempo que la viuda. A cien pasos de esta hoguera se elevaba la pagoda, cuyos minaretes penetraban en la sombra por encima de los árboles.
-Venid -dijo el guía con voz baja.
Y redoblando las precauciones, seguido de sus compañeros, se deslizó silenciosamente a través de las altas hierbas.El silencio sólo estaba interrumpido por el murmullo del viento en las ramas.Muy luego el guía se detuvo en la extremidad de un claro alumbrado por algunas antorchas. El suelo estaba cubierto de grupos de durmientes entorpecidos por la embriaguez. Parecía un campo de batalla sembrado de muertos. Hombres, mujeres, niños, todo allí estaba confundido. Algunos había aquí y acullá que dejaban oír el ronquido de la embriaguez.En el fondo, entre las masas de árboles, se alzaba confusamente el templo de Pillaji; pero, con gran despecho de parte del guía, los guardias del rajá, alumbrados por antorchas fuliginosas, vigilaban la puerta, paseándose sable en mano. Podía suponerse que en el interior los sacerdotes estarían velando también.El parsi no se adelantó más porque había reconocido la imposibilidad de forzar la entrada del templo, e hizo retroceder a sus compañeros.Phileas Fogg y sir Francis Cromarty habían comprendido como él que no podían intentar nada por aquella parte.Se detuvieron y hablaron en voz baja.
-Aguardemos -dijo el gobernador general -no son más que las ocho todavía, y es posible que esos guardias sucumban también al sueño.
-Posible es en efecto -respondió el parsi.
Phileas Fogg y sus compañeros se recostaron, pues, al pie de un árbol y esperaron.El tiempo les pareció largo. De vez en cuando el guía los dejaba e iba a observar. Los guardias del rajá se huían siempre vigilando a la luz de las antorchas, y una luz vaga se filtraba por las ventanas de la pagoda.Esperaron hasta medianoche. La situación no cambió. Había fuera la misma vigilancia, y era evidente que no podía contarse con el sueño de los guardias. La embriaguez del "hag" les había sido probablemente ahorrada. Era menester, pues, obrar de otro modo y penetrar por una abertura practicada en las murallas de la pagoda.
Restaba la cuestión de saber si los sacerdotes vigilaban cerca de su víctima con tanto cuidado como los soldados en la puerta del templo.Después de otra conversación, el guía estuvo dispuesto a marchar. Mister Fogg, sir Francis y Picaporte lo siguieron. Dieron una vuelta bastante larga a fin de alcanzar la pagoda por atrás. A las doce y media de la noche llegaron al pie de los muros sin haber hallado a nadie. Ninguna vigilancia existía por ese lado, pero ni había puertas ni ventanas.La noche estaba sombría. La luna, entonces en su último cuarto, desaparecía apenas del horizonte, encapotado por algunos nubarrones. La altura de los árboles aumentaba aún en la oscuridad.Pero no bastaba haber llegado al pie de las murallas, sino que era preciso practicar un boquete, y para esta operación Phileas Fogg y sus compañeros no tenían otra cosa más que navajas. Por fortuna las paredes del templo se componían de una mezcla de ladrillos y madera que no era difícil perforar. Una vez quitado el primer ladrillo, los otros seguirían con facilidad.
Se pusieron a trabajar haciendo el menor ruido posible. El parsi por un lado y Picaporte por otro trabajaban en arrancar los ladrillos, de modo que pudiera obtenerse un boquete de dos pies de anchura. El trabajo adelantaba, cuando se oyó un grito dentro del templo, y casi al punto le respondieron desde fuera otros gritos. Picaporte y el guía interrumpieron su trabajo. ¿Los habían sorprendido? ¿Se había dado el alerta?La prudencia más vulgar les recomendaba que se fueran, lo cual hicieron al propio tiempo que Phileas Fogg y sir Francis Comarty. Se ocultaron de nuevo bajo la espesura del bosque, aguardando que la alarma, si la había, se desvaneciese, y dispuestos a proseguir la operación.Pero, ¡contratiempo funesto! Aparecieron unos guardias al otro lado de la pagoda, instalándose allí para impedir la aproximación. Difícil sería escribir el despecho de aquellos cuatro hombres interrumpidos en su tarea. Ahora que no podían llegar hasta la víctima, ¿cómo la salvarían? Sir Francis Cromarty se roía los puños. Picaporte estaba fuera de sí y apenas podía el guía contenerlo. El impasible Fogg aguardaba sin expresar sus sentimientos.
-¿Ya no resta más que echar a andar? -Preguntó el brigadier general en voz baja.
-No tenemos otro remedio -respondió el guía.
-Aguardad -dijo Fogg-. Me basta llegar a Hallahabad antes de mediodía.
-Pero, ¿qué esperáis? -Respondió sir Francis Cromarty-. Dentro de algunas horas será de día, y...
-La probabilidad que se nos va puede aparecer en el supremo momento.
El brigadier general hubiera querido leer en los ojos de Phileas Fogg.¿Con qué pensaba contar aquel inglés frío y calmoso? ¿Quería precipitarse sobre la joven en el momento del suplicio y arrebatarla a sus verdugos abiertamente?Locura hubiera sido, y no podía admitirse que aquel hombre estuviera loco hasta ese extremo. Sin embargo, sir Francis consintió en aguardar hasta el desenlace de tan terrible escena; pero el guía no dejó a sus compañeros en el paraje donde se habían refugiado, sino que los llevó al sitio que precedía a la plazoleta donde dormían los indios. Abrigados nuestros viajeros por un grupo de árboles, podían observar lo que había de pasar sin ser visto.Entretanto, Picaporte, sentado sobre las primeras ramas de un árbol, estaba rumiando una idea que primeramente había cruzado por su mente como un relámpago, y acabó por incrustarse en su cerebro.
Había comenzado por decir para sí: "¡Qué locura!" Y ahora repetía: "¿Y porqué no? ¡Es una probabilidad, tal vez la única, y con semejantes brutos ... !"En todo caso, Picaporte no formuló de otro modo su pensamiento; pero no tardó en deslizarse con una flexibilidad de serpiente bajo las ramas inferiores del árbol, cuya extremidad se inclinaba hacia el suelo. Pasaban las horas, y bien pronto algunos matices menos sombríos anunciaron la proximidad del día. La oscuridad era profunda sin embargo.
Aquel era el momento preciso. Hubo como una resurrección en la multitud adormecida. Los grupos se animaron. Había llegado para la desdichada víctima la hora de la muerte.En efecto, las puertas de la pagoda se abrieron. Una luz más viva se escapó del interior. Mister Fogg y sir Francis Cromarty pudieron percibir la víctima vivamente alumbrada, que dos sacerdotes sacaban fuera. Hasta les pareció que, sacudiendo el entorpecimiento de la embriaguez por un supremo instinto de conservación, la desgraciada intentaba escaparse de entre sus verdugos. El corazón de sir Francis Cromarty palpitó, y por un movimiento convulsivo, asiendo la mano de Phileas Fogg, sintió que esta mano llevaba una navaja abierta.
En este momento la multitud se puso en movimiento. La joven habíase caído en aquel entorpecimiento provocado por el humo del cáñamo. Pasó por entre los fakires que la escoltaban con sus vociferaciones religiosas.Phileas Fogg y sus compañeros lo siguieron, mezclándose entre las últimas filas de la multitud.Dos minutos después llegaban al borde del río y se detenían a menos de cincuenta pasos de la hoguera, sobre la cual estaba el cuerpo del rajá. Entre la semioscuridad vieron a la víctima absolutamente inerte, tendida junto al cadáver de su esposo.
Después acercaron una tea, y la leña impregnada de aceite se inflamó inmediatamente.Entonces sir Francis y el guía retuvieron a Phileas Fogg, que en un momento de generosa demencia quiso arrojarse sobre la hoguera... Pero Phileas Fogg los había ya repelido, cuando la escena cambió de repente. Hubo un grito de terror, y toda aquella muchedumbre se arrojó a tierra amedrentada.Creyeron que el viejo rajá no había muerto, puesto que lo vieron de repente levantarse, tomara la joven mujer en sus brazos y bajar de la hoguera en medio de torbellinos de humo que le daban una apariencia de espectro.
Los fakires, los guardias, los sacerdotes, acometidos de súbito terror, estaban tendidos boca abajo sin atreverse a levantar la vista ni mirar semejante prodigio.La víctima inanimada pasó a los vigorosos brazos que la llevaban sin que les pareciese pesada. Fogg y Francis habían permanecido de pie; el parsi había inclinado la cabeza, y es probable que Picaporte no estuviese menos estupefacto.El resucitado llegó adonde estaban mister Fogg y sir Francis Cromarty, y con voz breve, dijo:
-¡Huyamos!
¡Era Picaporte mismo quien se había deslizado hasta la hoguera en medio del denso humo! ¡Era Picaporte quien, aprovechando la oscuridad que reinaba todavía, había libertado a la joven de la muerte! ¡Era Picaporte quien, haciendo su papel con atrevida audacia, pasaba en medio del espanto general!Un instante después, los cuatro desaparecieron por la selva, llevándolos el elefante con trote rápido. Pero entonces, los gritos, los clamores y una bala que atravesó el sombrero de Phileas Fogg les anunció que el ardid estaba descubierto.En efecto, sobre la inflamada hoguera se destacaba entonces el cuerpo del viejo rajá. Los sacerdotes, repuestos de su espanto, habían comprendido que acababa de efectuarse un rapto.Al punto se precipitaron al bosque, siguiéndoles los guardias, que hicieron una descarga general; pero los raptores huían rápidamente, y en pocos momentos se hallaron fuera del alcance de las balas y de las flechas.

sábado, 14 de marzo de 2009

El Faro del Fin del Mundo (Le phare du bout du monde)
Publicada en 1905 (año de la muerte de el autor) en "La Tienda Educación y Recreación" (Magasin d’Éducation et de Récréation). Es una de las novelas mas cortas escritas por el francés Julio Verne. La historia comienza con la finalizacion del "Faro de Elgor" (isla situada en el sur de Argentina). El capitán Lafayate (encargado de la construccion del faro) deja a cargo a tres fareros (Vasquez, Felipe y Moriz), para que cuiden el faro durante tres meses; hasta que lleguen los relevos mientras ellos regresaban a la parte superior de Argentina en el "Santa fe".

A los tres fareros les va bien durante la historia, pero llega un momento en el que la historia se desvía un poco del tema y empiezan a hablar sobre la historia de un grupo de ladrones y asesinos que escaparon desde las cárceles de chile (comandados por Kongre un asesino sumamente peligroso y carcante el ladrón mas terrible de todos) para llegar hasta "La isla de Elgor". Se escondieron en cuanto supieron que iban a construir un faro.

Pero pasadas tres semanas de la finalizacion del faro, la banda de expresidiarios se acerco al faro con una embarcación que habían robado; los fareros al pensar que ara una embarcación amiga empezaron a hacer los preparativos para la embarcación. bajaron Felipe y Moriz, mientras que Vasquez se quedaba adentro del faro par vigilar. Pero grande fue la sorpresa de Vasquez, al ver como es que de la embarcación salia una banda de malechores y aun mas grande fue su sorpresa, al ver como es que sacaron armas y asesinaron a sus dos compañeros .Vasquez al ver esto cogio todas las provisiones que pudo y se escapo sin que lo vieran los piratas.
Encontró una cueva a poca distancia del faro (para estar vigilandolo), Vasquez estaba muy preocupado por el hecho de que los barcos llegarían y al no ve el faro se estrellarían en la costa. y así fue, un tiempo después se aparecio un barco, Vasquez desesperado cogio un grupo de leos secos y como pudo trato de encender una fogata y avisar al barco, pero fue muy tarde porue el barco ya se había estrellado.

Una semana después del terrible accidente, un grupo de piratas se acerca a la cueva, pero no entraron. estaban revisando las costas de la isla, Vasquez escucho un pequeña conversacion entre Kongre y Carcante en la cual mencionaban que se iban a retirar de la isla días antes de que llegara el "Santa fe", con los relevos.

Pero llego cierto dia en que naufrago un barco estadounidense ("El century Mobile") y del cual queda un solo naufrago, que después de haber sido curado de sus heridas por Vasquez, se presentaron. El hombre se llamaba Davis e hizo una alianza con Vasquez para sabotear el plan de los piratas.

Al dia siguiente trataron de sabotear la embarcación de los piratas, pero solo lograron atrasar su huida por unas horas. Pero fue lo suficientemente largo para que llegara el "Santa fe" y los piratas trataran de huir. Los dos desamparados se arriesgaron y se dejaron ver por los criminales y Davis empezó a huir mientras que Vasquez subía al faro y prendía la luz, para indicar al "Santa fe" donde tenia que embarcar. Una vez llegados los tripulantes del "Santa fe" junto con el capitán Lafayate hubicaron a los dos hombres desamparados y capturaron a todos los piratas, menos a Kongre que se dio un tiro en la cabeza y se dejo caer al mar.

A continuación un capitulo entero de la obra "El Faro del Fin del Mundo" :

"Naufragio" :

Al amanecer del siguiente día, la tempestad se desencadenó con más fuerza todavía. El mar aparecía blanco hasta su limite más lejano. En el extremo del cabo las olas espumaban a quince y veinte pies de altura. No era posible que con tan furioso temporal se pudiera entrar ni salir de la bahía. El aspecto del cielo, siempre amenazador, anunciaba que la tormenta se prolongarla algún tiempo en aquellos parajes magallánicos.

Era pues, de toda evidencia que la goleta no podría zarpar aquella mañana. Fácil es imaginar la cólera de Kongre y de su banda. Tal era la situación, de la que Vázquez se dio cuenta cuando se levantó al lucir las primeras luces del alba.

Y he aquí el espectáculo que apareció ante sus ojos:

A trescientos pasos yacía el barco náufrago, de unas quinientas toneladas. De su arboladura no quedaba más que tres troncos rotos por su base, bien fuera porque el capitán se vio precisado a hacerlo o porque se hubieran venido abajo en el choque. En la superficie del mar no había ningún resto del naufragio ; pero, bajo el formidable impulso del viento, era muy posible que esos despojos hubieran sido arrojados al fondo de la bahía de Elgor.

Si así era, Kongre debía ya saber que se había perdido un barco en los arrecifes del cabo San Juan. Vázquez debía, por lo tanto, tomar sus precauciones, y no avanzó hasta asegurarse que estaba desierta la entrada de la bahía. En pocos minutos llegó al sitio de la catástrofe. La marea estaba baja y pudo dar la vuelta al barco, leyendo en la popa: Century Mobile. Era, pues, un velero americano, teniendo por puerto de matrícula aquella capital del Estado de Alabama, al sur de la Unión, sobre el golfo de México.

El Century estaba perdido totalmente. No se veía ningún superviviente del naufragio, y en cuanto al barco, no quedaba de él más que un casco informe, que al choque habíase divido en dos. Las olas habían dispersado la carga: cajas, fardos, barricas estaban esparcidas a lo largo del cabo, sobre la playa. El casco del Century estaba en seco y Vázquez pudo examinar el interior. La devastación era completa. Las olas lo habían destruido todo. No había alma viviente, ni oficiales ni, marineros. Vázquez llamó en voz alta, sin obtener respuesta. Penetró hasta el fondo de la cala, sin encontrar ningún cadáver. O habían sido arrastrados por algún golpe de mar o se ahogaron en el momento que el Century se estrellaba contra las rocas. Vázquez volvió a la playa, se aseguró de nuevo que ni Kongre m ninguno de la banda se dirigía hacía el lugar del naufragio y luego, a pesar de la borrasca, remontó hasta la extremidad del cabo San Juan.

—¡Quién sabe —decíase Vázquez— si habrá por aquí alguno de los náufragos del Century a quien socorrer! Sus pesquisas fueron estériles.
—Tal vez —pensaba— encuentre alguna caja de conservas que asegure mi subsistencia durante dos o tres semanas.

Bien pronto dio con un barril y una caja, que el mar había lanzado más allá de los arrecifes y que tenían escrito en el exterior su contenido. La caja contenía una provisión de galletas, y el barril, carne en conserva. Era el alimento asegurado lo menos para un par de meses. Vázquez transportó primero la caja a la gruta, y después llevó rodando el barril hasta ella. Desde la punta del cabo echó de nuevo una ojeada por la bahía. No le cabía duda que Kongre estaba ya enterado del naufragio, y puesto que la Maule estaba prisionera del temporal, la banda acudiría a la entrada de la bahía para aprovecharse de los restos de la catástrofe.

Sumido estaba Vázquez en estas reflexiones, cuando llegaron a su oído angustiosos gritos, que eran como un doloroso llamamiento lanzado por una voz doliente. El torrero se lanzó en dirección de acuella voz. No había andado cincuenta pasos cuando advirtió un hombre tendido al pie de una roca. Su mano agitábase pidiendo auxilio. Vázquez acudió presuroso a prestárselo. El hombre que yacía en tan deplorable situación, representaba de treinta a treinta y cinco años, y parecía vigorosamente constituido. Vestido con traje de marinero, acostado del lado derecho, los OJOS cerrados, la respiraron anhelante, agitábanle sobresaltos. No parecía estar herido y ninguna huella de sangre manchaba su traje.

Este hombre, acaso el único superviviente del Century, no había oído aproximarse a Vázquez. Sin embargo, cuando éste apoyó la mano en su pecho, hizo un esfuerzo para incorporarse, pero volvió a caer sobre la arena; mas sus ojos se abrieron un instante y las palabras “¡socorro!, ¡socorro!” salieron de sus labios.

Vázquez arrodillado cerca de él, lo recostó con cuidado contra la roca, repitiéndole:

—¡Aquí estoy, amigo mío... Míreme usted... Yo le salvaré.

Tender la mano es lo único que pudo hacer el infeliz, que perdió enseguida el conocimiento. Era preciso, sin perder minuto, prestarle los cuidados que exigía su estado de extrema debilidad.

—Oíos hará que haya llegado a tiempo —se dijo el noble Vázquez.

Era necesario, ante todo, separarse de allí, porque de un momento a otro pudieran llegar los de la banda Kongre con el bote o la chalupa, y transportar aquel hombre a la gruta, donde estaría completamente seguro. Esto es lo que hizo Vázquez Deslizándose por entre las rocas, con el inanimado cuerpo a la espalda, Vázquez llegó a la gruta, al cabo de un cuarto de hora y deposité su carga sobre una manta, apoyándole la cabeza en un paquete de ropa. El hombre no había vuelto en si aunque respiraba. Aunque no tenía ninguna herida visible, ¿no se habría roto algún brazo o alguna pierna en un choque contra los arrecifes? Es lo que temía Vázquez que en semejante caso no hubiera sabido qué hacer. Lo palpó por todas partes, examinó el juego de sus extremidades, pareciéndole que todo el cuerpo estaba intacto.

Vázquez echó agua en una taza mezclándola con algunas gotas de aguardiente, e introdujo parte de ella por entre los labios del náufrago; luego le friccionó los brazos y el pecho, reemplazando después sus empapados vestidos por otros que había tomado en la caverna de los piratas. No le era dable hacer más. Pasados algunos minutos, tuvo la satisfacción de ver que el náufrago volvía a la vida. El hombre consiguió incorporarse a medias, y mirando a Vázquez, que le sostenía entre sus brazos, le pidió con voz débil:

—¡Agua!..., ¡agua! Vázquez le tendió la taza, preguntándole:

—¿Se siente usted mejor?

—¡Si, sí! —contestó el náufrago. Y luego, como queriendo reunir sus recuerdos, aún vagos, dijo:

—¡Aquí!..., ¿usted?... ¿Dónde de estoy? —y estrechó débilmente la mano de su salvador.

Expresábase en inglés, idioma que también hablaba Vázquez, que le respondió:

—Está usted en lugar seguro. Lo he encontrado sobre la playa, después del naufragio del Century.

—¡El Century!... SÍ, ya me acuerdo. —¿Cómo se llama usted? —¿Davis... John Davis. —¿El capitán del buque náufrago?

—No... el segundo... ¿Y los otros?

—Todos han perecido —contestó Vázquez—, todos. Usted es el único que ha escapado de la catástrofe.

—¿Todos?... —¡Todos! John Davis quedó como aterrado al saber que era el único superviviente del naufragio. Comprendió que debía la vida a aquel desconocido que con tanta solicitud le atendía.

—¡Gracias, gracias! —exclamó emocionado, en tanto que una gruesa lágrima surcaba su mejilla.

—¿Tiene usted hambre?... ¿Quiere usted comer un poco de galleta o carne? —repuso Vázquez. —NO..., no..., beber!... El agua fresca mezclada con aguardiente produjo gran bien a John Davis, pues bien pronto pudo responder a todas las preguntas.

He aquí lo que refirió en pocas palabras:
El Century, velero de tres palos, de quinientas cincuenta toneladas, del puerto de Mobile, había dejado veinte días antes la costa americana. Su tripulación se componía del capitán, Harry Steward; el segundo, John Davis, y doce hombres, comprendidos un grumete y un cocinero. Iba cargado de níquel y de objetos de pacotilla para Melbourne, Australia. Su navegación fue excelente hasta el cincuenta y cinco grado de latitud sur en el Atlántico. Sobrevino entonces la violenta borrasca que turbaba aquellos parajes desde la víspera. El Century fue sorprendido por la tempestad, y una ola enorme barrió el puente, llevándose dos marineros, a los que no se pudo salvar.

La. intención del capitán Steward había sido buscar un abrigo detrás de la Isla de los Estados, en el estrecho de Lemaire. Por la noche redobló la violencia de la borrasca. No hubo más remedio que picar los palos. En aquel momento, el capitán creía estar a más de veinte millas de tierra, y no creía ningún peligro en remontarse hasta el momento de divisar la luz del faro. Dejándolo entonces al sur, no corría riesgo de arrojarse sobre los arrecifes del cabo San Juan, y daría sin dificultad con el estrecho. El Century continuó navegando con viento de popa, y Harry Steward no dudaba que antes de una hora vería la luz del faro, puesto que sus destellos tenían un radio de diez millas.

Pero el faro no lucía aquella noche, y cuando el capitán del Century se consideraba a buena distancia de la isla, prodújose un choque espantoso, y todos se sintieron lanzado» al mar y envueltos en la resaca, sin que pudieran salvarse. Solamente el segundo de a bordo, gracias a Vázquez, había podido escapar a la muerte. Pero lo que Davis no podía comprender era en qué costa se había perdido el barco. ASÍ ES que preguntó a Vázquez:

—¿Dónde estamos?

—En la Isla de los Estados.

—¡En la Isla de los Estados! —exclamó John Davis, estupefacto de esta respuesta.

—Si, en la Isla de los Estados —repuso Vázquez—, a la entrada de la bahía de Elgor.

—Pero ¿y el faro? —¡Está apagado! John Davis, cuyo rostro expresaba la más profunda sorpresa, esperaba que Vázquez se explicase, cuando éste se levantó de pronto y escucho atentamente. Había creído oír ruidos sospechosos y quería asegurarse de si la banda rondaba por los alrededores.

Deslizándose por entre las rocas paseó la mirada por el litoral hasta la punta del cabo San Juan.
Todo estaba desierto. El huracán no había amainado. Las olas rompían con extraordinaria violencia, y nubes amenazadoras seguían amontonándose en el horizonte. El ruido que Vázquez habla oído procedía de la dislocación del Century. El destrozado casco daba vueltas, como un tonel desfondado, y concluyó por destrozarse definitivamente contra el ángulo del acantilado.
Vázquez volvió al lado de John Davis. El segundo del Century iba recobrando las fuerzas y quiso bajar a la playa, apoyado en el brazo de su compañero, que le retuvo. Entonces Davis le preguntó por qué no estaba encendido el faro. Vázquez le puso al corriente de los criminales sucesos ocurridos siete semanas antes en la bahía de Elgor.

Hasta entonces, desde el día que zarpó el “aviso” Santa Fe, el faro había lucido con regularidad, y unos cuantos barcos que pasaron a la vista de la isla habían hecho señales, que les fueron contestadas. Pero el 26 de diciembre se presentó una goleta a la entrada de la bahía. Desde la cámara de cuarto, Vázquez vio las luces de posición —pues ya había anochecido— y observó toda la maniobra. El capitán debía conocer perfectamente aquellos parajes, pues no mostró la menor vacilación. La goleta llegó cerca del faro y , echó el ancla. Entonces fue cuando Felipe y Moriz subieron a bordo para ofrecer sus servicios al capitán, y, cobardemente agredidos, perecieron, sin haber podido defenderse.

—; Desgraciados!—exclamó John Davis.

—¡Si, desgraciados compañeros míos! —repitió Vázquez, emocionado ante tan dolorosos recuerdos.

—¿Y usted, Vázquez? —preguntó John Davis.

—Yo oí desde lo alto del faro los gritos de mis camaradas y comprendí lo que había sucedido... Aquella goleta era un barco de piratas. Erramos tres torreros... No habían asesinado más que a dos, pero no se preocuparon por el tercero.

—¿Cómo pudo usted escapar? —preguntó Davis.

—Bajé rápidamente la escalera del faro y me precipité en mi cuarto, recociendo algunos efectos y unos pocos víveres, y antes que la tripulación de la coleta desembarcara corrí a refugiarme en esta parte del litoral.

—¡Miserables!... ¡Miserables!... —repetía el segundo del Century—. Y son los dueños del faro, que mantienen apagado! ¡Los causantes de la pérdida del Century, de la muerte de mi capitán y de todos los de a bordo!

—¡Sí, son los dueños! —dijo Vázquez con acento de amargura—.

Y sorprendiendo una conversación del jefe con otro de los bandidos he podido conocer sus proyectos. John Davis supo entonces cómo estos criminales, establecidos hacia años en la Isla de los Estados, atraían los barcos hacia las rocas y asesinaban a los supervivientes de los naufragios, encerrando todo el producto de sus pillajes en una caverna, hasta tanto pudieran apoderarse de un barco. Cuando empezaron los trabajos de construcción del faro, la banda se vio obligada a abandonar la bahía de Elgor y refugiarse en el cabo San Bartolomé, donde nadie podía sospechar su presencia. Concluidos los trabajos, hacia mes y medio que habían vuelto a la bahía: pero esta vez en posesión de una goleta que acababa de embarrancar en el cabo San Bartolomé, y cuya tripulación había perecido.

—¿Y cómo es que esos criminales no han zarpado ya? —preguntó Davis.

—A causa de las importantes reparaciones que han tenido que hacer en la goleta. Pero ya están completamente concluidas: yo mismo me he cerciorado, y la partida debía tener lugar esta misma mañana.

—¿Para...? —Para las islas del Pacifico, donde se creen en seguridad para continuar su criminal oficio de piratas.
—Sin embargo, la coleta no podrá salir de la bahía mientras dure este temporal.

—Seguramente, y, según el cariz del cielo, es posible que el mal tiempo se prolongue toda una semana.

—¿Y en tanto dios estén allí, el faro continuara apagado?

—Desde luego, Davis. —Entonces otros barcos corren el peligro de sufrir la misma suerte que el Century.

—Así es.

—¿Y no se podría señalar la costa a los barcos que se aproximen durante la noche?

—SÍ, tal vez se consiga encendiendo fuego en la. punta del cabo San Juan. Es lo que anoche quise hacer para advertir al Century. Intenté encender una hoguera con pedazos de madera y hierbas secas ; pero el viento soplaba con tal furia que fue vano mi intento.

—Pues bien; lo que usted no pudo conseguir, Vázquez, los dos lo conseguiremos —declaró el animoso John Davis—. Los restos de mi pobre barco, y desgraciadamente los de tantos otros, nos proporcionarán combustible en abundancia. SÍ se retrasa la salida de la goleta y continúa apagado el faro, ¡quién sabe los naufragios que todavía se producirán!...

—De todos modos —le hizo observar Vázquez—, Kongre y su banda no pueden prolongar su estancia en la bahía, y la goleta partirá en cuanto amaine el temporal y sea posible hacerse a la mar.

—¿Y por qué? —preguntó Davis.

—Porque ellos no ignoran que el relevo del servicio del faro está al llegar. —¿El relevo? —Si, en los primeros días de marzo, y estamos a dieciocho de febrero.

—¿De modo que ha de venir un barco?

—Sí, el “aviso” Santa Fe debe venir desde Buenos Aires el diez de marzo, y acaso más pronto.
John Davis tuvo el mismo pensamiento que embargaba el espíritu de Vázquez.

—¡Ahí — exclamó— ¡Quiera Dios que sea así, que estos miserables estén aún aquí cuando el Santa Fe deje caer el ancla en la bahía de Elgor.

viernes, 13 de marzo de 2009

Veinte mil leguas de Viaje Submarino (Vingt mille lieues sous les mers)


Publicada en 1871 en "La Tienda de Educación y Recreación" (Magasin d’Education et de Récréation). La obra empieza con una serie de accidentes misteriosos que le ocurren a barcos que se creen son por culpa un monstruo marino, todos los centros de investigación marina, se dedican exclusivamente a estudiar los accidentes que le ocurrieron a los barcos atacados.


El profesor Pierre Aronax, del instituto de ciencias oceanográficas de parís, que estaba como suplente del profesor de ciencias naturales, en el instituto de estudios marinos en Nebraska, se mantenía al tanto de los acontecimientos ocurridos en los mares durante ese tiempo. El profesor estaba esperando una embarcación que iba a salir a Francia, en la cual iba a regresar a su país pero se pospuso por los recientes y muy seguidos ataques a los barcos. unos días después de haberle dado la mala noticia le llego una carta en la cual le invitaban a embarcarse en el "Abraham Lincoln" para explorar los mares en los cuales se dieron los ataques a los barcos, y si los acompañaba lo iban a dejar en Francia.
El profesor sin otra opción acepto la propuesta y se embarco en el "Abraham Lincoln" junto con su criado Conseil, en el barco conocieron al arponero Ned Land, al capitán Farragut y a la tripulación del barco. pasaron los días y no había señal alguna de el monstruo de las profundidades. pero cuando estaban a puto de darse por vencido y dejar al profesor Aronax en Francia (tal como lo prometieron), el barco fue atacado misteriosamente y se hunde , el profesor salta al mar seguido de conseil, su criado.
Horas mas tarde encuentran una estructura de metal en la cual s refugian en la parte superior. de instantes mas tarde aparece el arponero Ned Land. Y horas mas tarde un grupo de personas misteriosas salen de la estructura de metal y se los llevan consigo adentro del misteriosos objeto. Los encierran en un calabozo completamente oscuro (pero lo extraño es que les daban comida y agua durante su encierro). Después de dos días de cautiverio se abrió una puerta en el fondo del calabozo de la cual salieron las personas que lo encerraron junto con un hombre mas. el hombre nuevo y desconocido se presento como "el capitán Nemo" capitán del "Nautilus" e la cual el los había acogido con mucho gusto en su "embarcación". Les hizo ingresar, les dio ropas nuevas y los invito a comer.
Después de haber probado las comidas que el mar les daba, el capitán Nemo, invito al profesor Aronax a revisar los planos y las estructuras del "Nautilus" y la verdad es que el profesor se quedo sorprendido con todos los conocimientos de ingeniería que tenia el capitán, para elaborar esa gran estructura marina que era el "Nautilus".
Después se encontró con sus dos compañeros, pasaron algunos días y estuvieron navegando debajo de los mares del atlántico, pasando por las costas de África occidental. Cierto día los tres pasajeros del "Nautilus" se encontraron en una habitación en la cual se cerro un puerta y se pagaron las luces y de un momento a otro se abrió una compuerta en un lado de la pared, se ilumino la habitación, los tres compañeros se sorprendieron al ver, a través de un vidrio a varía especies de peces. Ned land empezó reclasificarlos por su nombre, pero conseil que estaba mas informado sobre ese tema le dio la contra y empezaron un debate. Instantes después entro el capitán Nemo y los acompaño en el debate y le dio la razón a conseil.
Y así paso el tiempo y un día muy oscuro, el capitán Nemo llamo al Profesor Aronax a su habitación en la cual se hallaba un hombre tendido en una cama, se veía muy enfermo, el capitán Nemo le dijo que lo examinara y así lo hizo el profesor, al cabo de unos segundos el dijo esta enfermo de muerte. El capitán Nemo le dio las gracias y le dijo que se retirara, horas mas tarde el capitán invita al profesor a salir, el acepta y lo acompaña. vio como en un bosque de coral enterraban a el cuerpo del hombre enfermo (que ya había muerto).
Después de ese acontecimiento se fueron a los mares del pacifico; y un día chocaron con una masa de tierra en la cual se atoro el "Nautilus". El capitán dijo que iban a esperar la marea de la noche aumentara para que puedan salir. Los tres tripulantes, pidieron permiso del capitán para que salgan a tierra. El capitán autorizo la salida y los tres amigos fueron a la isla que estaba cerca de donde había encallado el "Nautilus". Ned Land estaba muy feliz de haber pisado tierra después de mucho tiempo, empezó a explorar la isla y saco varios tipos de fruta de los arboles, cuando de un momento para otro salieron de la nada un grupo de canibales. Ned Land busco a sus amigos y los llevo consigo al bote (junto con toda la fruta que había conseguido).


En cuanto llegaron al "Nautilus" le avisaron a el capitán Nemo de los caníbales, y le hizo ingresar. En cuanto los caníbales pisaron el "nautilus" el capitán activo una palanca y empezó a pasar electricidad por los exteriores del "Nautilus". Los caníbales huyeron. Desde ese incidente pasaron dos semanas, el "Nautilus" salio de ese banco de tierra en el que estaba atorado.


Pero cierto día y de la nada salieron los asistentes del capitán Nemo y cogieron por la fuerza a el profesor Aronax y a sus acompañantes (en el mismo lugar en el que los había encerrado antes de darles la bienvenida. Después de eso los tres amigos escucharon gritos de desesperacion. Los tornillos que sujetaban todas las barras de acero saltaron al aire, y de un momento a otro los tres viajeros perdieron la conciencia. Despertaron en alguna parte de un mar de Noruega o Escocia.
A continuación un capitulo completo de "veinte mil leguas de viaje submarino":


"Algunas Cifras":


Unos minutos después estábamos sentados en un diván del salón, con un cigarro en los labios. El capitán extendió un dibujo ante mi vista, que traía los planos y los cortes transversal y longitudinal del Nautilus. Luego dio comienzo a su disertación en estos términos:
-Aquí tiene usted, señor Aronnax, las dimensiones de la nave en que se halla. Es un cilindro muy alargado, de extremidades cónicas. Presenta una forma muy parecida a la de un cigarro, forma ya adoptada en Londres para varias construcciones del mismo genero. La longitud del cilindro, de extremo a extremo, es exactamente de setenta metros y su bao mide ocho metros.


No ha sido construido en la escala que se usa para los barcos de gran marcha, pero tiene líneas suficientemente largas y deslizamiento bastante prolongado como para desalojar con facilidad el agua, sin que oponga obstáculos a su avance. Con ambas dimensiones le será fácil calcular la superficie y el volumen del Nautilus. La superficie abarca mil once metros y cuarenta
y cinco centímetros cuadrados; el volumen mil quinientos metros y dos decímetros cúbicos, lo que equivale a decir que cuando se sumerge enteramente desplaza o pesa mil quinientos metros cúbicos o toneladas. Cuando tracé los planos de esta embarcación destinada a navegar bajo la superficie de los mares, quise que mientras estuviera a flote se hundiese en sus nueve décimas partes y emergiera solamente un décimo. Por consecuencia, en tales condiciones no debía desplazar sino los nueve décimos de su volumen, o sea, mil trescientos cincuenta y seis
metros y cuarenta y ocho centímetros cúbicos, por lo tanto, que no pesara más que ese número de toneladas. Hube, pues, de cuidar que no sobrepasase dicho peso al construirlo con las dimensiones indicadas.


El Nautilus, posee dos cascos, uno interior, otro exterior, unidos entre sí por hierros en forma de T que le dan una velocidad extremada. En efecto, merced a, tal disposición celular, resiste como un bloque, lo mismo que si fuera macizo. Su armazón no puede ceder, adhiere por sí misma, no por el ajuste de los remaches, y la homogeneidad de su construcción debida a la perfecta ensambladura de los materiales le permite desafiar los más violentos embates del mar.


Ambos cascos han sido fabricados con acero laminado, cuya densidad en relación con el agua es de siete a ocho décimos. El primero no tiene menos de cinco centímetros de espesor y pesa trescientas noventa y cuatro toneladas y noventa y seis centésimos. El segundo, que forma la quilla, de cincuenta centímetros de alto y veinticinco de ancho, pesa sólo ella sesenta y dos toneladas, que añadidas a las novecientas sesenta y una toneladas que pesan la máquina, el lastre, los diversos accesorios e instalaciones, más las trescientas noventa y cuatro toneladas y noventa y seis centésimos del casco primero, dan el total buscado de mil trescientas cincuenta y seis toneladas y cuarenta y ocho centésimos. ¿De acuerdo?


-De acuerdo, respondí yo.


-Así, pues, prosiguió el capitán, cuando el Nautilus se encuentra a flote en tales condiciones, emerge en su décima parte. Ahora bien, si tengo dispuestos unos depósitos de capacidad igual a esa décima parte, o sea, capaces de contener ciento cincuenta toneladas y setenta y dos centésimos, y los lleno de agua, como la nave desplaza entonces mil quinientas siete toneladas, o sea el mismo peso, quedará totalmente sumergido. Eso es lo que ocurre, señor profesor. Los depósitos existen en la parte inferior de los costados del Nautilus. Abro unos grifos, se llenan y la nave al hundirse viene a aflorar la superficie del agua.


-Bien, capitán. Aquí llegamos a la verdadera dificultad. Que usted logre colocarse a flor de la superficie del océano, lo comprendo. Pero más abajo, al hundirse, ¿no encontrará su aparato submarino una presión, y por consecuencia un empuje de abajo arriba que debe calcularse en una atmósfera por cada treinta pies de agua, esto es, más o menos un kilogramo por centímetro cuadrado?


-Exactamente, señor.


-De manera que a menos que llene usted por dentro al Nautilus, no veo cómo puede llevarlo al seno de las masas líquidas.


Señor profesor, respondió el capitán Nemo, no hay que confundir la estática con la dinámica, para no exponerse a cometer graves errores. Cuesta muy poco trabajo llegar a las profundidades del océano, porque las materias suspendidas en un líquido tienden a "sedimentarse". Siga usted mi razonamiento.


-Lo escucho, capitán.


-Cuando tuve que determinar el aumento de peso que debía darle al Nautilus para que se sumergiera, sólo tenía que preocuparme por la reducción del volumen que el agua de mar experimenta cuando las capas van siendo cada vez más profundas.


-Es evidente, dije.


-Por lo tanto, si bien el agua no es completamente incompresible, por lo menos es muy poco compresible. En efecto, según los más recientes cálculos, la reducción no es sino de cuatrocientas treinta y seis diezmillonésimas por atmósfera, o sea, por cada treinta pies de profundidad. Si se trata de bajar a los mil metros, tomo en cuenta, entonces, la reducción de volumen bajo la presión equivalente a la de una columna de agua de mil metros, es decir, una presión de cien atmósferas. Tal reducción será, pues, de cuatrocientos treinta y seis cienmilésimos. Me será necesario entonces aumentar el peso hasta mil quinientas trece toneladas setenta y siete centésimos en lugar de las mil quinientas siete toneladas y dos décimos. El aumento no será, en
consecuencia, sino de seis toneladas cincuenta y siete centésimos.


-¿Solamente?


-Nada más, señor Aronnax, y es cálculo fácilmente verificable. Y como cuento con depósitos suplementarios con capacidad de cien toneladas, puedo descender a profundidades considerables. Cuando quiero volver a flor de agua me basta con desalojar el líquido y vaciar totalmente los depósitos si quiero que el Nautilus emerja en la décima parte de su capacidad.
Ante tales razonamientos apoyados en números, no tenía yo nada que objetar.


-Admito la exactitud de sus cálculos, capitán, le dije, y sería ocioso rebatirlos, puesto que la experiencia los confirma todos los días. Pero presiento ahora una dificultad real.


-¿Cuál es ella, señor?
-Cuando se halla usted a mil metros de profundidad, las paredes del Nautilus soportan una presión de cien atmósferas, de modo que si en ese momento quiere usted vaciar los depósitos suplementarios para aliviar la nave y subir a la superficie, será menester que las bombas venzan esa presión de cien atmósferas que equivalen a cien kilogramos por centímetro cuadrado... De ahí la necesidad de una fuerza...
-Que solamente la electricidad podía darme, se apresuró a contestar el capitán Nemo. Le repito, señor, que la potencia dinámica de mis máquinas es casi infinita. Las bombas del Nautilus poseen una fuerza prodigiosa y usted pudo comprobarlo cuando las columnas de agua que expelían cayeron como un torrente sobre la Abraham Lincoln. Por lo demás, yo no utilizo los depósitos suplementarios más que para alcanzar profundidades medias de mil quinientos a dos mil metros, y eso con el fin de proteger a mis aparatos. Pero cuando se me antoja visitar las profundidades del océano a dos o tres leguas por debajo de la superficie, acudo a maniobras más prolongadas, aunque no menos infalibles.
-¿Cuáles, capitán?, pregunté.
-Esto me lleva de suyo a explicarle cómo se maneja el Nautilus.


-Estoy impaciente por saberlo.
-Para gobernar esta nave a estribor o babor, para dirigirla en una palabra, siguiendo un plano horizontal, me valgo de un timón común de azafrán grande, fijo en el codaste de popa y al que mueven una rueda y unas palancas. Pero también puedo dirigir al Nautilus de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, en sentido vertical, por medio de dos planos inclinados puestos a sus costados en su centro de flotación, planos móviles, capaces de tomar cualquiera dirección y que se manejan desde adentro por medio de potentes palancas. Si los planos se mantienen paralelos con respecto a la nave, ésta se mueve horizontalmente. Si se inclinan, el Nautilus, según la inclinación y con el impulso de la hélice, se sumerge siguiendo una diagonal tan prolongada como me convenga, o sube en la dirección que le marque la diagonal. E incluso, si deseo volver más rápidamente a la superficie, embrago la hélice y la presión de las aguas hace subir en línea verticalmal submarino como se eleva en el aire un globo inflado con hidrógeno.
-¡Bravo, capitán!, exclamé. ¿Pero cómo hace el timonel para seguir a ciegas la ruta que usted le fija en me dio de las aguas?
-El timonel está en una caja vidriada que sobresale en la parte superior del casco, con paredes de cristales lenticulares.
-¿Cristales a prueba de tales presiones?
-Sin duda. El cristal que es frágil en el choque, ofrece, no obstante, una resistencia extraordinaria. En unas experiencias de pesca realizadas con luz eléctrica en 1864 en los mares del norte, se ha comprobado que placas de dicha materia con sólo siete milímetros de espesor resistían a una presión de dieciséis atmósferas, dejando pasar poderosos rayos calóricos, que repartían en ellas con desigual intensidad el calor. En cambio, los cristales que yo utilizo no tienen menos de veintiún centímetros en el centro, esto es, treinta veces el espesor de aquéllas.
-Admitido, capitán Nemo; pero, de cualquier modo, para ver es preciso que la luz disipe las tinieblas y no entiendo cómo, en medio de la oscuridad de las aguas...
-Detrás de la cabina del timonel hay un potente reflector eléctrico, cuyos rayos alumbran el mar hasta media milla de distancia.
-¡Ah, muy bien, muy bien, capitán! ¡Me explico ahora la fosforescencia del supuesto narval que tanto intrigó a los sabios! A propósito de esto, querría saber si la colisión entre el Nautilus y el Scotia, que provocó tanto ruido, ha sido el resultado de un encuentro fortuito...
-Puramente fortuito, señor. Yo navegaba a dos metros bajo la superficie cuando se produjo el choque. Por lo demás, pude comprobar que no tuvo resultados lamentables.
-Ninguno, señor. ¿Y el encontrón con la Abraham Lincoln?
-Señor profesor, lo lamento por uno de los mejores navíos de la valiente marina norteamericana, pero dado que se me atacaba, tenía que defenderme. Me limité, por otra parte, a ponerlo en condiciones tales que no pudiera añarme. ¡Poco le costará reparar las averías en el puerto más cercano!
-¡Ah, comandante - exclamé muy convencido - verdaderamente es una nave maravillosa su Nautilus!
-Sí, señor profesor, respondió con visible emoción el capitán Nemo, y lo quiero como si fuera carne de mi carne.
Una pregunta, quizás indiscreta, se imponía y no pude dejar de formularla:
-¿Es usted ingeniero, capitán Nemo?
-Sí, señor profesor, me respondió, estudié en Londres, en París y en Nueva York, en tiempos en que era un habitante de los continentes de la tierra.
-¿Y cómo logró usted construir secretamente este admirable Nautilus?


-Cada uno de los fragmentos, señor Aronnax, me fue llegando de puntos diferentes del globo con destino fingido. El casco se forjó en el Creusot, Francia; el árbol de la hélice lo fundió la casa Pen y Cía, de Londres; las planchas de acero de la quilla, Leard, de Liverpool; la hélice, Scott, de Glasgow. Los depósitos los fabricó Id empresa Cail y Cía, de París; la máquina, Krupp, de Prusia; el espolón los talleres de Motala, en Suecia; los instrumentos de precisión, Hart hermanos, de Nueva York, etc., y cada uno de esos proveedores recibió mis planos con nombres diferentes.
-Pero, observé, hubo que montar, ajustar, esos fragmentos...
-Señor profesor, yo había instalado mis talleres en un islote desierto, en pleno océano. Allí, mis obreros, es decir, mis animosos compañeros a quienes instruí y formé, y yo, hemos dado término a nuestro Nautilus. Luego, una vez concluida la operación, borró el fuego toda huella de nuestro paso por el islote, al que habría hecho saltar si lo hubiese podido.

-Entonces, es lógico pensar que el costo de esta nave llega a una cantidad exorbitante...
-Señor Aronnax, un navío de hierro cuesta mil ciento veinticinco francos por tonelada. Y el Nautilus desplaza mil quinientas. Vale entonces, un millón seiscientos ochenta y siete mil quinientos francos; con las instalaciones, dos millones, y contando las obras de arte y las colecciones que contiene, resulta unos cuatro o cinco millones.


-Permítame una última pregunta, capitán Nemo.
-Diga usted, señor profesor.
-¿Es usted, por lo tanto, muy rico?
-Infinitamente, señor. Con facilidad, podría pagar los doce mil millones que Francia adeuda. Miré con fijeza al singular personaje que me hablaba de tal manera. ¿Estaría abusando de mi credulidad? El porvenir habría de decírmelo.

jueves, 12 de marzo de 2009

De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune)
Publicada en 1865 en "El Diario de política y literaria" (Journal des débats politiques et littéraires). En la historia, Verne empieza contando el origen del "Gun Club". Un club hecho durante la "guerra de secesión de los estados unidos" (o guerra civil) para defender a sus pueblos (creando y mejorando armas de guerra). Pero cuando se acabo la guerra ya no sabían que hacer; así que hicieron una reunión en la que estaban todos los miembros del "Gun Club" (todos con partes artificiales, ya sea un brazo, una pierna, etc). El día de la reunión el presidente del "Gun club" Impey Barbicane les propuso la idea de mandar un proyectil a la luna, el día 4 de diciembre cuando la atmósfera de la tierra cumple con los requisitos para lanzarse un proyectil fuera de la luna. Y como toda proposición nueva causo polémica en el exterior. Todas las personas de los Estados Unidos y el mundo estaban de acuerdo, excepto el capitán Nicholl, un viejo enemigo del presidente del "Gun Club" por las muchas veces que fue vencido (tanto en el amor como en las teorias científicas) y se quedo con el rencor y siempre le daba la contra Impey Barbicane.
En los exteriores del "Gun Club" las personas empezaron a hacer comentarios y apuestas con respecto a si el proyectil llegaba o no a la luna, pero después de tres días de celebración empezaron los preparativos para el proyectil a la luna, comenzaron buscando de que material iba ha ser el proyectil a la luna. Al final se decidieron por el aluminio. Después se preocuparon por el alto, el ancho y el grosor del proyectil, al final las estadísticas fueron las siguientes:
-alto: 4,5 m.
-ancho: 3,5 m.
-grosor: 0,30 m.
En la reunión del día siguiente buscaron que tipo de pólvora iban a poner debajo del proyectil para que salga disparado, se decidieron con una mezcla de fulmicoton con algodón para reducir el impacto y que no se queme la nave.

En la reunión del día siguiente acordaron las estadísticas del cañón para lanzar el proyectil; acordaron lo siguiente:
-tamaño: de 20 a 25 veces el de el proyectil
-peso: 68.040 toneladas
-material: hierro
-grueso de paredes: 6 pies
-diámetro: 900 pies
Después de acordado esos cálculos se termino la reunión del tercer día.
Pero los integrantes del "Gun club" se había olvidado del detalle mas importante. No acordaron en que lugar se iba a lanzar el proyectil. en la reunión del día siguiente buscaron un lugar en donde podria hacerse el lanzamiento, J. T. Maston (secretario general del "Gun Club" y mano derecha de Barbicane) les propuso que podían ser: Texas o Florida. Pasadas dos horas la noticia de la búsqueda del lugar en el que se iba a lanzar los diarios empezaron a escribir; la competencia estaba pareja pero los miembros del "Gun Club" se decidieron por florida, porque tenia solo un solo lugar con los requisitos necesarios para el lanzamiento, mientras que Texas habían once lugares y se iba a iniciar una nueva disputa.
Al día siguiente contrataron un telescopio para ver el proyectil durante su trayectoria y llegada a la luna.Una vez solucionados todos los problemas de la elaboración del proyectil, el cañón para lanzarlo y el lugar desde donde se iba a hacer el lanzamiento, empezaron los preparativos. Hicieron un molde especial en un hueco en la tierra, lo extrajeron y le echaron el aluminio fundido. pasaron dos semanas y el molde recién seco, ya estaba todo casi listo, cuando le llega un telegrama para el presidente Impey Barbicane del francés Michel Ardan que le proponía viajar dentro de el proyectil. La polémica y Los reclamos fueron aun mas. Cuando llego Michel Ardan converso con el presidente del "Gun Club" y logro convencerlo de dejarlo ir a la luna dentro del proyectil, después de esa pequeña platica salieron y dieron una conferencia, en la cual explicaban como iban a entrar al proyectil, como se iban a alimentar y mantener comunicados con las personas en la tierra.
Mientras se retiraban de la conferencia, el capitán Nicholl que los estaba esperando afuera insulto a Impey Barbicane y quedaron en encontrarse en un duelo a muerte en un bosque que estaba a unos kilómetros . Al día siguiente J. T. Maston busca a Michel Ardan para que lo ayudase a evitar el duelo, puesto que si moría el presidente del "Gun Club" todos sus proyectos se iban a la basura. los encontraron separados por algunos metros pero sin notarse el uno al otro, cuando los juntaron, Michel Ardan les propuso que lo acompañara a la luna; los dos enemigos sin mas remedio aceptaron la propuesta (iniciando una nueva apuesta entre los viejos rivales).
Y paso el tiempo y llego el día tan esperado (4 de diciembre) habían personas de todas partes del mundo. Los tres integrantes del proyectil a la luna dieron sus respectivos discursos y entraron a la nave. De un momento a otro empezó la cuenta regresiva por J. T. Maston, y después de unos segundos toda la multitud lo acompaño y cuando el proyectil se disparo el impulso fue tan fuerte que muchas personas salieron disparadas por el impacto y varias dañadas, pero el lanzamiento fue todo un éxito, y J. T. Maston empezó a monitorear el proyectil. pero tal fue su sorpresa al ver que el proyectil no había llegado a la luna, sino que estaba a una cierta distancia y se había vuelto un satélite de la luna.
A continuación un capitulo entero de la obra mencionada "De la Tierra a la Luna":

Un mitin:

Al día siguiente, el astro diurno se levantó mucho más tarde de lo que deseaba la impaciencia pública. Un sol destinado a alumbrar semejante fiesta no debía ser tan perezoso. Barbicane, temiendo por Michel Ardan las preguntas indiscretas, hubiera querido reducir el auditorio a un pequeño número de adeptos, a sus colegas, por ejemplo.

Pero más fácil le hubiera sido detener el Niágara con un dique. Tuvo, pues, que renunciar a sus proyectos de protección y dejar correr a su nuevo amigo los peligros de una conferencia pública.

El nuevo salón de la bolsa de Tampa, no obstante sus colosales dimensiones, fue considerado insuficiente para el acto, porque la reunión proyectada tomaba todas las proporciones de un verdadero mitin.El sitio escogido fue una inmensa llanura situada fuera de la ciudad. Pocas horas bastaron para ponerlo a cubierto de los rayos del sol. Los buques del puerto, que tenían de sobra velas, jarcias, palos de reserva y vergas, suministraron los accesorios necesarios para la construcción de una tienda gigantesca. Un inmenso techo de lona se extendió muy pronto sobre la calcinada pradera y la defendió de los ardores del día. Trescientas mil personas pudieron colocarse en el local y desafiaron durante algunas horas una temperatura sofocante, aguardando la llegada del francés. Una tercera parte de aquellos espectadores podía ver y oír, otra tercera parte veía mal y no oía nada, y la otra restante ni oía ni veía, lo que, sin embargo, no impidió que fuese la más pródiga en aplausos.
A las tres apareció Michel Ardan, acompañado de los principales miembros del Gun-Club. Daba el brazo derecho al presidente Barbicane, y el izquierdo a J. T. Maston, más radiante que el sol del mediodía y casi tan rutilante como él.

Ardan subió a un estrado, desde el cual paseaba sus miradas por un océano de sombreros negros. No parecía turbado, ni manifestaba el menor embarazo; estaba allí como en su casa, jovial, familiar, amable. Respondió con un gracioso saludo a los hurras con que le acogieron; reclamó silencio con un ademán; tomó la palabra en inglés, y se expresó muy correctamente en los siguientes términos:

-Señores -dijo-, a pesar del calor que hace aquí dentro, voy a abusar de vuestro tiempo para daros algunas explicaciones acerca de proyectos que parece que os interesan. Yo no soy un orador, ni un sabio, ni creía tener que hablar en público; pero mi amigo Barbicane me ha dicho que os gustaría oírme, y cedo a sus súplicas. Oídme, pues, con vuestros seiscientos mil oídos, y perdonad las muchas faltas del autor.

Este exordio, tan a la buena de Dios, gustó mucho a los concurrentes, y lo demostraron con un inmenso murmullo de satisfacción.
-Señores -dijo-, podéis aprobar o desaprobar, según mejor os parezca, y empiezo. En primer lugar no olvidéis que el que os habla es un ignorante, pero de una ignorancia tal, que hasta ignora las dificultades. Así es que, eso de irse a la Luna metido en un proyectil, le ha parecido la cosa más sencilla, más fácil y más natural del mundo. Tarde o temprano había de emprenderse este viaje, y en cuanto al género de locomoción adoptado, no hago más que seguir sencillamente la ley del progreso. El hombre empezó por andar a gatas, luego utilizó los pies, enseguida viajó en carro, después en coche, más adelante en barco, posteriormente en diligencia, y, por último, en ferrocarril. Pues bien, el proyectil es el medio de locomoción del porvenir, y todo bien considerado, los planetas no son otra cosa, no son más que balas de cañón disparadas por la mano del Creador. Pero volvamos a nuestro vehículo. Algunos de vosotros, señores, creéis que la velocidad que se le va a dar es excesiva. Los que así opinan están en un error. Todos los astros le exceden en rapidez, y la Tierra misma, en su movimiento de traslación alrededor del Sol, nos arrastra a una velocidad tres veces mayor. Pondré algunos ejemplos, y sólo os pido que me permitáis contar por leguas, porque las medidas americanas me son poco familiares, y podría incurrir en algún error en mis cálculos.

La demanda pareció muy justa y no tropezó con ninguna dificultad. El orador prosiguió:

-Voy, señores, a ocuparme de la velocidad de diferentes planetas. Confieso, aunque parezca falta de modestia, que, no obstante mi ignorancia, conozco muy bien este insignificante pormenor astronómico; pero antes de dos minutos sabréis todos acerca del particular tanto como yo. Sabed, pues, que Neptuno recorre 5.000 leguas por hora; Urano, 7.000; Saturno, 8.858; Júpiter, 11.575; Marte, 22.011; la Tierra, 27.500; Venus, 32.190; Mercurio, 52.250; ciertos cometas 1.400.000 leguas en su perigeo. En cuanto a nosotros, verdaderos haraganes, que tenemos siempre poca prisa, nuestra velocidad no pasa de 9.900 leguas, y disminuirá incesantemente. Y ahora pregunto si no es evidente que todas esas velocidades serán algún día sobrepasadas por otras, de las cuales serán probablemente la luz y la electricidad los agentes mecánicos.

Nadie puso en duda esta afirmación de Michel Ardan.
-Amados oyentes míos -prosiguió-, si nos dejásemos convencer por ciertos talentos limitados (no quiero calificarlos de otra manera), la humanidad estaría encerrada en un círculo de Pompilio del que no podría salir, y quedaría condenado a vegetar en este globo sin poder lanzarse nunca a los espacios planetarios. No será así. Se va a ir a la Luna, se irá a los planetas, se irá a las estrellas, como se va actualmente de Liverpool a Nueva York, fácilmente, rápidamente, seguramente, y el océano atmosférico se atravesará como se atraviesan los océanos de la Tierra. La distancia no es más que una palabra relativa, y acabará forzosamente por reducirse a cero.

La asamblea, aunque muy predispuesta en favor del francés, quedó como atónita ante tan atrevida teoría.Michel Ardan lo comprendió.

-No os he convencido, insignes oyentes -añadió sonriéndose afablemente-. Vamos, pues, a razonar. ¿Sabéis cuánto tiempo necesitaría un tren directo para llegar a la Luna? No más que 300 días. Un trayecto de ochenta mil cuatrocientas leguas. ¡Vaya una gran cosa! No llega al que se tendría que recorrer para dar nueve veces la vuelta alrededor de la Tierra y no hay marinero ni viajero un poco diligente que no haya andado más durante su vida. Haceos cargo de que yo no gastaré en la travesía más que noventa y siete horas. ¡Pero vosotros os figuráis que la Luna está muy lejos de la Tierra, y que antes de emprender un viaje para ir a ella se necesita meditarlo mucho! ¿Qué diríais, pues, si se tratase de ir a Neptuno, que gravita del Sol a mil ciento cuarenta y siete millones de leguas? He aquí un viaje que, aunque no costase más que a cinco céntimos por kilómetro, podrían emprender muy pocos. El mismo barón de Rothschild, con sus inmensos tesoros, no tendría para pagar el pasaje, y tendría que quedarse en casa por faltarle ciento cuarenta y siete millones.Esta lógica sui generis gustó mucho a la asamblea, tanto más cuanto que Michel Ardan, muy enterado del asunto, lo trataba con un entusiasmo soberbio.

No pudiendo dudar de la avidez con que se recogían sus palabras, prosiguió con admirable aplomo:

-Y ahora os diré, mis buenos amigos, que la distancia que separa a Neptuno del Sol es muy poca cosa comparada con la de las estrellas. Para evaluar la distancia de estos astros, es menester valerse de esa enumeración fascinadora en que la cantidad más pequeña consta de nueve guarismos, y tomar por unidad el millón de millones. Perdonadme si me detengo tanto en este asunto, que es para mí de un interés capitalísimo. Oíd y juzgad: la estrella Alfa, que pertenece a la constelación del Centauro, se halla a ocho mil millares de millones de leguas, a cincuenta mil millares de millones se halla Vega, a cincuenta mil millares de millones, Sirio, a cincuenta y dos mil millares de millones, Arturo, a ciento diecisiete millares de millones la Estrella Polar, a ciento setenta millares de millones Cabra, y las demás estrellas a billones y a centenares de billones de leguas. ¡Y hay quien se ocupa de la distancia que separa a los planetas del Sol! ¡Y hay quien sostiene que esta distancia es tremenda! ¡Error! ¡Mentira! ¡Aberración de los sentidos! ¿Sabéis lo que yo opino acerca del mundo, que empieza en el Sol y concluye en Neptuno? ¿Queréis mi teoría? Es muy sencilla. Para mí el mundo solar es un cuerpo sólido, homogéneo; los planetas que lo componen se acercan, se tocan, se adhieren, y el espacio que queda entre ellos no es más que el espacio que separa las moléculas del metal más compacto, plata o hierro, oro o platino. Estoy, pues, en mi derecho afirmando y repitiendo con una convicción de que participaréis todos: la distancia es una palabra hueca, la distancia, como hecho concreto, como realidad, no existe.

-¡Muy bien dicho! ¡Bravo! ¡Hurra! -exclamó unánimemente la asamblea, electrizada por el gesto y el acento del orador y por el atrevimiento de sus concepciones.

-¡No! -exclamó J. T. Maston, con más energía que los otros-. ¡La distancia no existe! ¡La distancia no existe!

Y arrastrado por la violencia de sus movimientos y por el empuje de su cuerpo, que casi no pudo dominar, estuvo en un tris de caer al suelo desde el estrado. Pero consiguió restablecer su equilibrio, y evitó una caída, que le hubiera brutalmente probado que la distancia no es una palabra vacía de sentido. Luego, el entusiasta orador prosiguió:
-Amigos míos -dijo-, me parece que la cuestión queda resuelta. Si no he logrado convenceros a todos, se debe a que he sido tímido en mis demostraciones, débil en mis argumentos: y echad la culpa a la insuficiencia de mis estudios teóricos. Como quiera que sea, os lo repito, la distancia de la Tierra a su satélite es, en realidad, poco importante y no merece preocupar a un pensador grave y concienzudo. No creo, pues, avanzar demasiado diciendo que se establecerán próximamente trenes de proyectiles, en los que se hará con toda comodidad el viaje de la Tierra a la Luna. No habrá que temer choques, sacudidas ni descarrilamientos, y llegaremos rápidamente al término, sin fatiga, en línea recta; y antes de veinte años la mitad de la Tierra habrá visitado la Luna.

-¡Hurra por Michel Ardan! -exclamaron todos los concurrentes, hasta los menos convencidos.

-¡Hurra por Barbicane! -respondió modestamente el orador.

Este sencillo acto de reconocimiento hacia el promotor de la empresa fue acogido con unánimes y calurosos aplausos.

-Ahora, amigos míos -añadió Michel Ardan-, si tenéis que dirigirme alguna pregunta, pondréis evidentemente en un apuro a un pobre hombre como yo, pero, no obstante, procuraré responderos.
Motivos tenía el presidente del Gun-Club para estar satisfecho del giro que tomaba la discusión. Versaba sobre teorías especulativas, en las que Michel Ardan, en alas de su viva imaginación, volaba muy alto. Era, pues, preciso impedir que la cuestión descendiera del terreno de la especulación al de la práctica, del cual no era fácil salir bien librado. Barbicane se apresuró a tomar la palabra, y preguntó a su nuevo amigo si era de la opinión de que la Luna o los planetas estuviesen habitados.

-Gran problema me planteas, mi amigo presidente -replicó el orador sonriendo-; sin embargo, hombres de muy poderosa inteligencia, Plutarco, Swedenborg, Bernardino de Saint Pierre y otros muchos, se han pronunciado por la afirmativa. Considerando la cuestión bajo el punto de vista de la filosofía natural, me inclino a opinar como ellos, porque en el mundo no existe nada inútil, y contestando, amigo Barbicane, a una cuestión con otra, afirmo que si los mundos son habitables, están habitados, o lo han estado o lo estarán.

-¡Muy bien! -exclamaron los espectadores de las primeras filas, que imponían su opinión a los de las últimas.

-Es imposible responder con más lógica y acierto -dijo el presidente del Gun-Club-. La cuestión queda reducida a los siguientes términos: ¿Los mundos son habitables? Yo creo que lo son.

-Y yo estoy seguro de ello -respondió Michel Ardan.
-Sin embargo -replicó uno de los concurrentes-, hay argumentos contra la habitabilidad de los mundos. En la mayor parte de ellos sería absolutamente indispensable que los principios de la vida se modificasen, pues, sin hablar más que de los planetas, es evidente que en algunos de ellos el que los habitase se abrasaría y se helaría en otros, según su mayor o menor distancia del Sol.

-Siento -respondió Michel Ardan- no conocer personalmente a mi distinguido antagonista para poder contestarle. Su objeción no carece de fuerza, pero creo que se la puede combatir victoriosamente, como se pueden combatir todas las teorías fundadas en la habitabilidad de los mundos.. Si yo fuese físico, diría que, si bien es verdad que hay menos calórico en movimiento en los planetas próximos al Sol, y más calórico en movimiento en los que de él están lejos, este simple fenómeno basta para equilibrar el calor y volver la temperatura de dichos mundos soportable a seres que están organizados como nosotros. Si fuese naturalista, le diría, de acuerdo con muchos ilustres sabios, que la naturaleza nos suministra en la Tierra ejemplos de animales que viven en distintas condiciones de habitabilidad; unos peces respiran en un medio que es mortal para los demás animales; que algunos habitantes de los mares se mantienen debajo de capas de una gran profundidad, soportando, sin ser aplastados, presiones de cincuenta o sesenta atmósferas; le diría que algunos insectos acuáticos,,insensibles a la temperatura, se encuentran a la vez en los manantiales de agua hirviendo y en las heladas llanuras del océano polar; le diría, por último, que es preciso reconocer en la naturaleza una diversidad de medios de acción, que no deja de ser real aun siendo incomprensible, a lo menos para nosotros. Si yo fuese químico le diría que los aerolitos, cuerpos evidentemente formados fuera del mundo terrestre, han revelado al análisis indiscutibles vestigios de carbono, el cual no debe su origen más que a seres organizados, y, según los experimentos de Reichenbach, ha tenido necesariamente que ser animalizado. En fin, si fuese teólogo, le diría que, según San Pablo, la Redención divina no se aplica exclusivamente a la Tierra, sino que comprende a todos los mundos celestes. Pero yo no soy teólogo, ni químico, ni naturalista, ni físico, y como ignoro completamente las grandes leyes que rigen el universo, me limito a responder: No sé si los mundos están habitados; y como no lo sé, voy a verlos.

¿Aventuró el adversario de las teorías de Michel Ardan algún otro argumento? Es imposible decirlo, porque los gritos frenéticos de la muchedumbre hubieran impedido manifestarse a todas las opiniones. Cuando se hubo restablecido el silencio hasta en los grupos más lejanos, el orador victorioso se contentó con añadir las siguientes consideraciones:

-Ya veis, valerosos yanquis, que yo no he hecho más que desflorar una cuestión de tanta trascendencia. No he venido aquí a dar lecciones, ni a sostener una tesis sobre tan vasto objeto. Omito otros varios argumentos en pro de la habitabilidad de los mundos.

Permitidme, no obstante, insistir en un solo punto. A los que sostienen que los planetas no están habitados, es preciso responderles: Es posible que tengáis razón, si se demuestra que la Tierra es el mejor de los mundos posibles, lo que no está demostrado, diga Voltaire to que quiera. Ella no tiene más que un satélite, al paso que Júpiter, Urano, Saturno y Neptuno tienen varios que les están subordinados, lo que constituye una ventaja que no es despreciable. Pero lo que principalmente hace nuestro globo poco cómodo, es la inclinación de su eje sobre su órbita, de lo que procede la desigualdad de los días, y las noches y la molesta diversidad de estaciones. En nuestro desventurado esferoide hace siempre demasiado calor o demasiado frío: en él nos helamos en invierno y nos abrasamos en verano, es el planeta de los reumatismos, de los resfriados y de las fluxiones, al paso que en la superficie de Júpiter, por ejemplo, cuyo eje está muy poco inclinado, los habitantes podrían gozar de temperaturas invariables, pues si bien hay allí la zona de las primaveras, la de los veranos, la de los otoños y la de los inviernos, cada uno podría escoger el clima que más le conviniese y ponerse durante toda su vida al abrigo de las variaciones de la temperatura. No tendréis ningún inconveniente en convenir conmigo en esta superioridad de Júpiter sobre nuestro planeta, sin hablar de sus años, de los cuales cada uno vale por doce de los nuestros. Es, además, evidente para mí que, bajo estos auspicios y en condiciones de existencia tan maravillosas, los habitantes de aquel mundo afortunado son seres superiores, que en él los sabios son más sabios, los artistas más artistas, los malos menos malos y los buenos mucho mejores. ¡Ay! ¿Qué le falta a nuestro esferoide para alcanzar esta perfección? Muy poca cosa, un eje de rotación menos inclinado sobre el plano de su órbita.

-¿Nada más? -exclamó una voz imperiosa-. Pues unamos nuestros esfuerzos, inventemos máquinas y enderecemos el eje de la Tierra.

Una salva de aplausos sucedió a esta proposición, cuyo autor era y no podía ser más que J. T. Maston. Es probable que el fogoso secretario hubiese sido arrastrado a tan atrevida proposición por sus instintos de ingeniero. Pero, a decir verdad, muchos le aplaudieron de buena fe, y si hubieran tenido el punto de apoyo reclamado por Arquímedes, los americanos hubieran construido una palanca capaz de levantar el mundo y enderezar su eje. ¡El punto de apoyo! He aquí lo único que faltaba a aquellos temerarios mecánicos.

Con todo, una idea tan eminentemente práctica alcanzó un éxito extraordinario. Se suspendió la discusión por espacio de un cuarto de hora, y durante mucho, muchísimo tiempo, se habló en los Estados Unidos de América de la proposición tan enérgicamente formulada por el secretario perpetuo del Gun-Club.