domingo, 14 de marzo de 2010

El Agente Secreto (The Secret Agent)
Publicada en 1909, narra el fallido intento de un atentado a cargo a una institución misteriosa. Comienza cierto día, cuando el Sr. Verloc sale de su casa, que también funciona como una librería. Verloc ha dejado a su esposa Winnie y su hermano Stevie, quien tiene problemas de retardo mental, pero en algunos momentos entiende perfectamente bien. Verloc ha salido de su casa sin decirle a nadie,porque se dirige hacia un lugar del que nadie sabe nada, se dirige hacia un callejón ancho, con algunos arboles. Entra a una embajada, tiene una cita y lo dejan entrar rápidamente. Entra a la oficina del Sr. Vladimir, quien es un alto funcionario publico. Le da la bienvenida a Verloc, le dice que tiene sus informes en la mano y que no sabia para que los había escrito, Verloc, al escuchar esto, le pregunto si no estaba bien lo que había hecho. Vladimir le dice estaba harto de que diga siempre que piensa como ellos, que es uno de ellos, pero ser parte de ellos no bastaba, además el era una persona muy perezosa, con su cuerpo rechoncho era difícil darse cuenta que no hacia nada. Verloc, al escuchar esto, le dice a Vladimir, que no sabe lo que dice, que el esta con la causa. Vladimir le dice que estar con la causa no basta, que querían algo mas, querían actividad, querían que ocurra algo. Verloc pregunta a que se refiere con eso. Vladimir le dijo que a ellos no le importaban el, sino los hechos, hechos llamativos, querían que haga algo que tuviera impacto y nadie pudiera olvidar en mucho tiempo. Verloc le pregunta a Vladimir que quiere que haga. Vladimir le dice que el se hace llamar un agente provocador, y lo que hace es provocar, que en los últimos tres años no ha hecho nada por merecerce el dinero que le pagan todos los meses. Verloc le pregunta que es lo que tiene en mente a Vladimir, él le dice que quiere un gran atentado, Verloc pregunta que atentado seria. Vladimir le dice que el tema mas tocado de ese tiempo ya no es la realeza o la religión, por ende, no podrían atentar contra un rey o un cura, Verloc sugiere que hagan un atentado o atentados contra embajadas. Le dice el tema de mas interés publico es la ciencia, Vladimir sugiere la Astronomía, le recomienda un atentado contra el observatorio de Greenwich, que todos habían oído hablar de el, ese seria un gran golpe. Verloc le dice que eso seria difícil, Vladimir se exalta y le dice que porque seria difícil, acaso no tenia a si banda bajo control y le pagaba todos los meses, Verloc le dijo que volar el observatorio de Greenwich costara mas, Verloc le dice que eso nunca, que le iban a dar lo normal, que debía realizar un atentado contra el observatorio de Greenwich lo mas pronto posible, porque si no lo hacia, su relación con ellos iba a terminar, Verloc palidece, Vladimir se despide de el y Verloc sale y se dirige hacia su casa, no recuerda el camino, pero llega a su casa muy confundido.
Estevie, esta barriendo la tienda, Winnie esta en la cocina, Verloc mira fijamente a su cuñado, siempre pensó que era un hombre inútil, alguien a quien alimentar y nada mas, pero en ese momento Verloc vio en su retardado cuñado una gran utilidad. Winnie sale de la cocina y ve que su esposo ya llego. Se acerca y lo saluda, le pregunta que tal le fue en su paseo, Verloc le dice ha estado que bien, pero esta muy nervioso. Winnie le dijo que estaba muy preocupado por su hermano, que siempre que venían sus amigos, él los escuchaba hablar y le parecía que eran malos, le pidió que por favor ya no se reunieran en su casa, Verloc le dice que no se preocupe, esa noche iban a conversar en la taberna. Esa noche, Verloc se reune con sus amigos, Ossipon y El Profesor. Hablan de sus planes, Verloc, para animarse, habla de la injusticia en el mundo, el Profesor, habla de las nuevas bombas y detonadores que piensa fabricar. Cuando Verlos regresa a su casa, habla con Stevie, hablan largo rato de diversos temas, Verloc se despide de Stevie y le dice que continuaran hablando al día siguiente. Ya en la cama, Winnie, se siente muy aliviada cuando escucha que Verloc ha hablado con Stevie, el le dice que esta cansado y que al día siguiente seguirán hablando, y los dos duermen. Mientras Verloc hablaba con Stevie, y luego con Winnie, en la taberna, el Profesor había seguido hablando con Ossipon sobre temas en común.

Hablaban de bombas, detonadores y explosiones. Ossipon le pregunta al Profesor si le vende sus explosivos a cualquiera que le pide, el le dice su regla es no negarse a nadie. Ossipon le pregunta si es adecuada esa norma, el profesor dice que si lo es, Ossipon le pregunta si en todos los casos, el Profesor le dice que en cualquier circunstancia, los explosivos harán del mundo un lugar mas libre. Ossipon le pregunta que si un policía vestido de civil se le acerca a pedirle mercancía también se la daría, el Profesor le dice que conoce muy bien a los policías y nunca se le acercan. Ossipon le pregunta si no cree que lo atraparan y lo mataran, para atraparlo deberían ser héroes porque siempre que camina por la calle tiene la mano en un botón que accionaría un juego de explosivos que siempre lleva pegados al cuerpo. Ossipon se sorprende, el Profesor le enseña el detonador y Ossipon no lo puede creer, porque luego saca otro y otro, no puede creer que un hombre camine por la calle con tantos explosivos. Ossipon le pregunta si el detonador es instantáneo, el Profesor le dice que no, que cuando aprete el botón, van a transcurrir veinte segundos completos antes de que estalle la bomba. Ossipon se sorprende aun mas cuando escucha esto y le pregunta si a otras personas les vende con el mismo mecanismo, el Profesor le dice que no, que ese mecanismo es personal, que lo ha diseñado para el mismo, para los demás, estaba diseñando un explosivo diferente, variable, que se acomode a la circunstancia de cada uno, seria un detonador inteligente, para que cada uno gradué el tiempo entre la decisión y el resultado. Ossipon, para saber si entendió, le dijo al Profesor que si el apretaba la bola de goma, el tendría veinte segundos para salir corriendo. El Profesor le dijo que no se ilusionara, que en veinte segundos no se salvaría, nadie en esa taberna se salvaría en veinte segundos, todos volarían por los aires, le pregunto a Ossipon si quería una demostración, el le dijo que no. El Profesor le dijo que no se preocupara, que no era el momento, que la seguridad del mundo dependía de personas como el, Ossipon preguntó porque como el. El Profesor le dijo que era porque el tenia carácter, no se dejaba seducir por la muerte, que tenían una relación de colegas, que el depende de la muerte y la muerte depende de el, que esa es su fuerza. Ossipon le pregunta que es lo que busca que es lo que realmente quiere, porque estaban haciendo todo eso según el. El Profesor le dijo a Ossipon que el lo sabia mejor que el, el buscaba encontrar el detonador perfecto, ese era su anhelo, que ya estaba muy cerca de lograrlo, que el día en que encontrara el detonador perfecto seria un gran día para el y para todos. Ossipon le pregunto con quien lo probaria, el Profesor le dijo que lo probaria con Verloc, había recibido un encargo e iba a probar un nuevo detonador con el Ossipon le pregunta que encargo era, pero el Profesor se va sin responder a la pregunta de Ossipon. Lo que ha dicho el profesor es verdad, en parte, porque le ha dado una bomba a Verloc, que en ese momento esta durmiendo con su esposa, Winnie, y su cuñado Estevie, es la víspera de los trágicos hechos.

A la mañana siguiente, la familia de Verloc se despierta mas tarde que de costumbre, después de desayunar, Verloc le dice que va a salir con Estevie, que iba a salir, iba a sacarlo a pasear para que tome un poco de aire y regresaran para almorzar, Winnie se alegra mucho cuando escucha esto. Poco después, Verloc sale a la calle con su cuñado Estevie. Ya afuera, Verloc le dice a Estevie, que el es un joven inteligente, que siempre lo había impresionado por la capacidad que tiene de realizar grandes hazañas, Verloc le dijo que le iba a pedir algo de lo que se iba a sentir orgulloso toda su vida, algo de lo que siempre se va a acordar. Verloc le hizo a recordar a Estevie cierto día que había visto sufrir a un caballo, le dio que no podían permitir eso mas, le dijo que ya no debían sufrir ni los caballos ni las personas. En ese momento se detiene un tren, Verloc le dice que suba, que iban a pasear un poco mas lejos. Cuando subren, Verloc le dice a Estevie, que su causa defiende el bien, su compromiso es con la justicia y el bien de la humanidad que ellos querian vivir en un mundo mejor, pero habia algo que lo impedia y ellos debian destrutir eso que lo impedia, que debian destruir eso que les robaban todo lo que es de ellos. Estevie se sentia imprecionado por lo que Verloc le decia. Verloc le dijo que iba a hacer algo muy grande, Estevie le pregunto que iba a hacer, Verloc le dijo que ya lo estava haciendo, lo estava acompañando a llevar un aparato al observatorio de Greenwich, era un aparato muy importante. Verloc le enseña la bomba sin que nadie mas lo viera, ademas le enseña a Estevie como funciona el aparato, que funcionaba como una camara fotografia, Estevie compernde a la perfeccion que debia hacer. Llegan a su destino y bajan del tren, Verloc le enseña a Estevie como llegar al observatorio, le dice que camine hacia el observatorio, que deje el parato, que aprete la bola de goma, el detonador, y regrese corriendo hacia donde estava el, y despues de hacer eso, seria un ser aclamado por toda la humanidad. Estevie, camina hacia el observatorio, tiene la bomba en sus manos y el detonador en su bolsillo, Verloc no pierde el tiempo y corre en direccion opuesta al observatorio, se detiene un momento para tomar aire, pero mucho antes de lo previsto, suena el estallido de la bomba.

La multitud se altera al escuchar el sonido de la bomba al estallar, llega la policia y los calman por unos minutos. Cuando llegan los detectives, ven la escena del accidente, el cuerpo de la pobre victima estava completamente irreconocible, cuando llega el detective a cargo, pide que traigan palas para recoger el cuerpo sin forma que estava en el suelo. Cuando estan registrando la escena, descubren algo, lo llevan a la estacion de policia y lo revisan muy detalladamente. Esa tarde, los periodicos publican la noticia diciendo que la bomba a estallado en el cuerpo de un joven, del cual se han encontrado restos irrreconocobles. En la estacion de policia, el inspector jefe Heat, junto con el subdirector de policia, revisan al evidencia encontrada. El sbudirector le pregunta al inspector que es lo que tienen hasta ese momento, el le dice que solo tienen una direccion que han sacado del abrigo de la victima, la direccion estava escrita con tinta especial para telas. El subdirector se sorprendio al escuchar que tenia su direccion anotada en su ropa, como era posible que un terrorista se olvided e su direccion. El subdirector le pregunto que era esa direccion, el inspector le dijo que era una tienda de revistas, a nombre de un tal Verloc, el subdirector le pregunta como sabe el nombre del dueño, el subdirector le pregunto como sabia eso. Heat le dice que el era sospechoso de ser agitador, que vivia con su esposa y su joven cuñado en la misma casa. El subdirector le pregunto si el cuerpo encontrado era el de Veroc, el inspector le dijo que Verloc era un hombre voluminoso, y que a partir de los restos mas grandes que se han encontrado, se deduce que la bomba la llevava un joven. El subdirector, pregunta si Verloc vive con su joven cuñado, seria capas de haberlo mandado con una bomba al observatorio de Greenwich. El inspector le dijo que eso iba a averiguar, que se iba a ir a la casa de Verloc para interrogarlo y detenerlo, el subdirector le dijo que no lo detuviera, que lo dejara libre y lo asustara, porque tenian que llegar con sus superiores, el inspector accedio al pedido.

El inspector llego rapidamente a la tienda de Verloc, entro y se encontro con Winnie. Le pregunto a Winnie donde se encontraba Verloc, ella le dijo que habia salido con su hermano a dar un paseo. Winnie le pregunta para que quiere ver a su esposo, el inspector le dice que queria hacerle algunas preguntas. Heap le dice que ha llegado a ellos, un pedazo de un abrigo, que ha sido robado, Winnie le dice que a ellos no se les ha perdido ningun abrigo. El inspector le dijo que era algo curiosos, porque en un pedazo del abrigo, habia una etiqueta que tenia la direccion de esa casa, escrita con tinta especial para ropa, como la que venden ellos en su tienda. El inspector le muestra el pedazo de la prenda, Winnie lo coge para revisarlo mas detalladamente, palidece al reconcoerlo. El inspector le pregunta si lo reconcoe, Winnie le dice que es de su hermano Estevie, el inspector le pergunta donde esta su hermano, Winnie le dice que salio con su esposo en la mañana. Winnie comienza a divagar, no sabe que ha pasado, Estevie salio con Verloc, asi que nadie pdo haberle robado, como pudieron cortar su abrigo, que habia pasado. Heap, le pregunto si sabia de la bomba que exploto esa mañana en el observastorio de Greenwich, Winnie le dijo que si habia escuchado, pero no entendia que tenia que ver ella en eso. En ese momento, Verloc entra por la puerta. Verloc reconoce al isnpector y se sorprende al verlo, pregunta que hace el en su casa. El inspector le dice que quier hablar con el, Verloc le dice que hablara, pero solo con el sin nadie presente. Los dos hombres salen de la bodega y entran a la sala, ignorando las preguntas desesperadas de Winnie por su hermano, para no quedarse con la duda, Winnie apoya su oreja en la puerta. En la sala, el inspector le pregunta a Verloc si el era el otro hombre, Verloc se hace el desentendido, el inspector le dice que hay testigos que han visto a dos hombres, uno que estallo con la bomba y otro que lo acompañaba, pero que lo dejo solo y corrio. El inspector lo acuso directamente diciendo que el era el hombre que corrio, el otro, el que estallo con la bomba, mas pequeño, era su cuñado. El inspector, al no esuchar respuesta alguna, supo que sus acuasciones eran verdaderas. Verloc le dice al inspector que el lo conoce y sabe que es un hombre recto. El inspector le dice que es inutil que lo niegue, que el sabe de sus actividades, pero el hecho de incluir a su joven cuñado, era una bajeza. Verloc le dice que no haga acusaciones falsas y tan graves. El inspector le pregunta si sabe como murio su cuñado, Verloc le dice que no, el inspector le cuenta. Le dice que su cuñado camianaba con la bomba en las mano, cuando se tropezo con las raices de un arbol, callo y la bomba exploto inmediatamente, y tuvo que mandar a traer palas para recoger lo que quedaba del cuerpo. Cuando Winnie, escucha esto, s retira inmeditamente de la puerta, un adorno cae al suelo y se rompe, pero en la sala no escuchan, entonces Winnie, se acerca nuevamente a la puerta. Verloc ya estava rendido ante las acusaciones, le dijo al inspector que lo llevara arrestado de una vez. Pero el inspector le dice que no lo va a hacer, le recomendaba que huya, que se vaya, Verloc le pregunta a donde, el inspector le die que contacte a sus amigos de la organizacion para que lo ayuden, Verloc le dice que no tiene amigos, el inspector le dice que se las arregle y se despide. Sale de la sala y se despide de Winnie, pero ella no le responde el saludo.

Verloc sale de la habitacion y se da cuenta en la cara de Winnie que ha escuchado todo. Intenta hablarle, pero cuando escucha la voz de su esposo, Winnie se estremece. Verloc le dice que el sabe que ha escuchado todo, que no sabia como decirle que pertenecia a un grupo de personas idealistas que quieren que el mundo sea algo ams decente, como ella quiere que fuera. Le dice que ella no comprende, que Ossipon, el Profesor y sus demas amigos tambien pretenecen a ese grupo. Verloc le dice que ahora ya lo sabe todo, que ya no hay secretos entre ellos. Winnie mira a Verloc fijamente, en sus ojos se ve el terror. Verloc le dijo que no queria que Estevie sufriera, pero Winnie no se mueve ni da respuesta alguna. Verloc piensa que su esposa se ha quedado paralizada, pero ve que se lleva la mano a la cara. Verloc, al no ver reaccion alguna, se dirige hacia la cocina, coge la carne de la comida, coge un tenedor y un cuchillo, y los acomoda listos para que coman, como si nada hubiera ocurrido. Verloc se acerca a Winnie y le dice que el policia ha sido muy tonto al decirle todo de golpe, el no sabia como decirselo, por eso no dijo nada, que estava sufriendo mucho, pero debian pensar en el futuro, debian pensar en ellos, que debian olvidar a Estevie. Verloc, se dirige a la cocina, se sienta y comienza a comer, pensando que Winnie se acercara para acompañarlo. Verloc, al ver que no se acerca, trata de animarla, se dirige hacia la puerta y le dice que lo mira, se mueev y lo mira fijamente. Winnie le dijo que no queria volver a verlo mientras siga viva. Verloc se hace el desentendido y le dice que debe cambiar su expresion, que no podia atender la tienda con ese rostro. Le pidio que le conteste, pero no escucho respuesta alguna y le dijo que volviendose muda no lo traeria nuevamente a la vida. Le dijo que reaccionara, que lo viera mejor como que hubiera pasado si el muerto era el, iba a ser mucho peor. Verloc no ve que su esposa se mueva ni hable, asi que se sienta junto a ella. Verloc le toca la mejilla a su esposa, pero casi inmeditamente la suelta.

Winnie no entiende lo que ha pasado, pero sabe que es lo que va a pasar. Sale corriendo hacia la cocina. Verloc piensa que lo mejor es dejarla sola, pero su curiosidad lo obliga a seguirla paso a paso. Ve a Winnie sentada, dandole la espalda, ubicada donde Esteve solia sentarse para dibujar. Verloc mira a su esposa por unos minutos, luego, regresa a la sala donde camina de un lado a otro, con un aire de animal enjaulado, luego se vuelve a asomar a la cocina y sigue viendo a su esposa de espaldas. Verloc entra y le dice que ella no sabe con lo que ha tenido que lidiar todos esos años, con un hombre diabolico, que era verdad que no le dino nada, que durante sus siete años de casados habia corrido el riesgo de que le claven un puñal, no le decia porque no queria darle preocupaciones a su esposa, no tenia porque enterarse. Al escuchar esto, Winnie se pone de pie, de espaldas a su esposo. El señor Verloc le mira la espalda a su esposa, como si en ella viera el efecto de sus palabras. Verloc le dice que con su antiguo jefe era distinto, que ahora Vladimir le pedia que haga cosas horribles. Verloc se acerca al lavadero de la cocina y se sirve un vaso con agua. Luego le dice que lo soporto, que lo soporto por ella. Winni voltea y le mira la cara, pero no lo ve a el, sino ve un punto que esta mas atras de Verloc. Verloc le dice que lo hecho, echo está, que tendra que recobrarse, Verloc le dice que ahora tendra que ir a su habitacion, que tenia mucho que llorar, que llorara mucho y se iba a recobrar. Winnie, despues de escuchar esto, solo dijo una frase muy cortante, dijo que podrian haber sido padre e hijo. Verloc no entendio que habia dicho, y le preguntaba una y otra vez que repitiera lo que dijo. Verloc dijo que si estuviera en la embajada, ellos verian de lo que es capaz. Mientras Verloc habla, Winnie recuerad el momento en que Verloc se llevo a Estevie para tomar un poco de aire, no fue la muerte quien se llevo a su hermano, Verloc lo llevo para matarlo y ella lo permitio como si fuera una tonta sin remedio, pensaba que Verloc, despues de matar a su hermano, habia vuelto a casa como cualquier esposo normal, se echa sobre el divan de la sala. Verloc seguia reclamando e insultando a la embajada por todo lo que habia pasado. Winnie voltea la cabeza para ver a su esposo, quien hablaba mirando al techo. Verloc le dijo a Winnie, que no sabia nada porque no podia decirle nada, que el iria a prision por muchos años, y lo importante era que ella cuide el negocio, que ella se iba a quedar frente de todo, que iba a ser la duela de todo, mientras que el esta en prision.

Mientras Verloc sigue hablando, Winnie coge el cuchillo que Verloc habia usado anteriormente para cortar carne, lo agarra fuertemente, pero Verloc sigue mirando al techo y no se da cuenta. Verloc llama a Winnie, ella le responde, Verloc estira la mano en direccion a su esposa, pero esta muy lejos para que la agarre. Verloc le dice que se acerque a el. Pero no responde, Verloc voltea la cabeza para mirar a su esposa, ve la mano que lleva el cuchillo, veque se mueve hacia arriba, avanza con el cuchillo en alto, como si estuviera poseida, la cara de su esposa se parece cada vez mas a su cuñado, pero Verloc sigue viendo el cuchillo en la mano de su esposa, Winnie acanza lentamente, que le da tiempo a Verloc de reconocer que ella es su esposa y el cuchillo es de su cocina. Verloc siente un nudo muy fuerte en la garganta que no deja que se mueva, ve el moviemiento acelerado de la mano de Winnie que lleva el cuchillo en la mano, pero es muy tarde, el cuchillo ya fue clavado con fuerza y furia en el pecho de Verloc, sin encontrar resistencia alguna, causandolela muerte inmediata. Despues de es golpe, Winnie da un respiro profundo y liberador, una libertad que no sentia desde que el inspector le mostro el pedazo del abrigo de Estevie. Winnie mira el cuerpo sin vida de su esposo. La Sra. Verloc no siente nada, hasta que suenael reloj de su sala, luego escucha como cae la sangre del cuerpo de su esposo. Winnie, desesperada, corre hacia la puerta. Ha decidido correr hacia el rio y suicidarse, pero se detiene y piensa, se da cuenta que quitarse la vida no tiene sentido, asi que va a huir, sube a su cuarto, alista sus cosas rapidamente y sale corriendo a la calle. Ya afuera, corre, pero detras de ella comienza a correr Ossipon, el amigo de su esposo, la ve, corre detras de ella y la alcanza. Winnie siempre sintio algo por Ossipon, un afecto secreto, un romance escondido. Ossipon le dice que ya se entero de lo que habia ocurrido, que lo sentia mucho, luego le pregunto a donde se dirigia. Winnie le dice que iba a buscarlo, que tenia que huir, que tiene dinero y queria que vaya con ella, que huyan juntos, en un largo viaje. Ossipon le pregunta que le pasa, Winnie le dice que se lo dira luego, que ahora debia acompañarla a la estacion del tren, para que viajen a Francia, Ossipon le dice que debia buscar a alguien mas interesado en ayudarla en sus dificultades, pero Winnie le dice que el conoce sus dificultades. Ossipon le dice que compro el periodico y se encontro con un hombre que le conto lo que habia ocurrido, se dirigio a su casa, como la puerta estava abierta entro y vio el cuerpo si vida de Verloc, le dijo que eso no importava, que estaba loco de amor por ella, que mas alla de las palabras y los actos, estava dispuesto a hacer lo que sea por ella. Winnie le dice que si es asi, que vaya con ella. Minutos despues, Ossipon esta sentado junto a Winnie en el tren, han decidido viajar a Francia, estan tomados del brazo, pero no se miran, pero Ossipon, ya no se siente tan enamorado de Winnie, ya no esta tan dispuesto como antes de escapar para siempre con Winnie, despues de todo, es una asesina. Cuando puede, Ossipon inventa una excusa y sale del tren ara ya no regresar. Mientras, en el tren, Winni siente como el tren se mueve, comienza a pedir que detengan el tren, luego, comienza a llamar a Ossipon cada vez mas fuerte, pero no lo esucha, porque ya esta muy lejos de la estacion de tren.
Al dia sigueinte, en la teberna en donde se reunieron la ultima vez con Verloc, Ossipon y el Profesor se encuentran. El Profesor decia que Verloc siempre fue muy tonto, que el le dio el detonador y Verloc se lo do a su cuñado, que no supo como utilizarlo o lo hizo a destiempo. El Profesor le pregunta a Ossipon si se entero de lo otro que ocurrio, enseñandole un periodico, Ossipon le dice que esta muy oscuro para leer, el Profesor le dice que Winnie se ha suicidado, que se ha tirado de un barco, le enseña el periodico que dice que una pasajera se ha tirado desde un barco, que habia un gran misterio detras de ese acto de locura o desesperacion. Ossipon se apena por Winnie, en cambio el Profesor le dice nque esa es la historia de siempre, que era gente debil y mediovre, que solo los fuertes sobreviven y seran los dueños del mundo. Ossipon le pregunta el significado de esa frase, el Profesor le dice que la locura y la desespernaza, que le den locura y desesperanza y sera dueño del mundo, porque la locura y la desesperacion son fuerzas y la fuerza es un delito a los ojos de los mediocres, que todos son mediocres, pero el tiempo de los mediocres terminara y llegara el tiempo de la locura y la desesperacion, que se las den como palanca y cambiara el mundo, termino diciendole a Ossipon que tiene por siempre su cordial desprecio y se despidio. Ossipon le dijo al Profesor que queria trabajar con el. El profesor le dio una lista de productos para que los consiguiera y despues de eso le dijo que seguiran juntos en la locura y la desesperacion. El Profesor se retira y camina tranquilamente como cualuiqer hombre, pero siempre llevando consigo msu cargamento de explosivos y sus locas ideas.


A continuacion, un capitulo de "El Agente Secreto":
VII

El Subjefe de Policía caminó por un corto y estrecho pasaje que parecía una trinchera mojada y lodosa, luego cruzó una amplia avenida y entró en un edificio público donde solicitó hablar con el joven secretario privado (sin renta) de un importante personaje.


Ese joven rubio, lampiño, cuyo pelo peinado simétricamente le daba el aspecto de un escolar grande y pulcro, respondió al pedido del Subjefe con aire de duda y el aliento entrecortado.


—¿Si querrá verlo a usted? No sé qué decirle al respecto. Hace una hora salió de la Cámara, caminando, para hablar con el Subsecretario Permanente y ahora está por volverse. Lo deben haber llamado; pero supongo que habrá ido para hacer un poco de ejercicio: es todo el que logrará hacer mientras dure esta sesión. No me quejo; más bien me alegro de estos pequeños paseos. Él se apoya en mi brazo y no abre los labios. Pero está muy cansado, le aseguro, y... bueno... no es el más dulce de sus días el de hoy.


—Se trata del asunto de Greenwich.


—¡Oh! ¡Vaya! Está muy enojado con ustedes. Pero iré a ver, si usted insiste.


—Hágalo. Eso se llama ser un buen chico dijo el Subjefe.


El secretario sin renta se sentía admirado ante tanta decisión.


Compuso una expresión inocente en su cara, abrió una puerta y avanzó con la seguridad de un niño hermoso y privilegiado. De inmediato reapareció, e hizo un gesto con la cabeza al Subjefe que, tras pasar por la misma puerta abierta para él, se encontró en una amplia sala frente al importante personaje.


Corpulento y alto, con una larga cara blanca, que remataba en una gran papada y parecía un huevo guarnecido por delgadas patillas grisáceas, el gran personaje impresionaba como un individuo que hubiese sido agrandado. Su ropa no lo favorecía en nada; el cruce de su saco negro daba la impresión de que la abotonadura de la prenda hubiese sido estirada al máximo. Desde la cabeza, asentada sobre un cuello grueso, los ojos, con los párpados inferiores hinchados, miraban con una arrogante inclinación a los costados de una nariz ganchuda y agresiva, de noble prominencia en la amplia superficie pálida de la cara. Un sombrero de copa brillante y un par de guantes gastados reposaban, ya listos, en la punta de una gran mesa que también parecía agrandada, enorme.


Este hombre estaba parado frente a la chimenea sobre sus grandes y holgados botines. No dijo una sola palabra de saludo.


—Quisiera saber si esto es el comienzo de otra campaña de dinamita— preguntó de inmediato con voz suave y profunda—. No se pierda en detalles, no tengo tiempo.


Frente a este personaje, la figura del Subjefe de Policía tenía la frágil delgadez de una caña comparada con un roble. Y por cierto que la foja intachable de los antepasados de ese hombre sobrepasaba en número de centurias al roble más antiguo del país.


—No. En la medida en que la objetividad es posible, puedo asegurarle que no.


—Sí. Pero su idea de la seguridad— dijo el importante hombre con un ademán desdeñoso de su mano hacia la ventana que daba a la avenida exterior— parece consistir en hacer que el Secretario de Estado quede como un idiota. En este mismo salón, hace menos de un mes atrás, me dijeron que sucesos de este tipo era imposible que ocurrieran.


El Subjefe de Policía echó una mirada tranquila en dirección a la ventana.


—Permítame recordarle, Sir Ethelred, que hasta ahora no he tenido oportunidad de darle seguridades de ninguna índole.


Los ojos soberbios se inclinaron ahora para enfocar al Subjefe.


—Es verdad— confesó con voz profunda, suave—. Mandé llamar a Heat. Usted es todavía un novicio en su empleo. ¿Y cómo le va por allá?


—Creo que voy aprendiendo algo todos los días.


—Por supuesto, por supuesto. Espero que adelante.


—Gracias, Sir Ethelred. He aprendido algo hoy, incluso en esta hora pasada, más o menos. Hay muchas cosas en este asunto que no tienen el aspecto habitual de un atentado anarquista, incluso si se lo mira hasta sus últimas profundidades. Por eso estoy aquí.


El gran hombre puso los brazos en jarras; el dorso de sus manos se apoyaba en las caderas.


—Bien. Prosiga. Sin detalles, por favor. Ahórreme los detalles.


—No voy a molestarlo con ellos, Sir Ethelred— comenzó el Subjefe con una seguridad tranquila y sin atribulaciones. Mientras iba hablando, detrás de la espalda del gran hombre las manos del reloj— una masa pesada y resplandeciente de sólidas volutas, del mismo mármol oscuro que la chimenea, con un tictac fantasmagórico y sordo— recorrieron el espacio de siete minutos. El Subjefe habló con estudiada fidelidad en estilo parentético, en el que cada pequeño hecho— es decir, cada detalle encajaba con deliciosa holgura. No hubo ni un murmullo ni un gesto de interrupción. El gran personaje podía haber sido la estatua de uno de sus principescos ancestros, desprovisto del equipo de guerra de un cruzado y metido dentro de una mal entallada levita. El Subjefe sintió que tenía vía libre para hablar durante una hora. Pero se dominó y al cabo del tiempo antes mencionado, desembocó en una repentina conclusión, que al reproducir el aserto que abriera la entrevista, sorprendió en forma agradable a Sir Ethelred por su aparente prontitud y fuerza.


—La clase de hecho que subyace en este asunto, sin gravedad por otro lado, no es común— al menos en esta forma— y requiere tratamiento especial.


El tono de Sir Ethelred se profundizó, pleno de convicción.


—Creo que debe ser así... ya que está involucrado el embajador de un país extranjero.


—¡Oh! ¡El embajador!— protestó el otro, erguido y flaco, permitiéndose no más que una media sonrisa—. Sería tonto de mi parte insinuar algo en ese sentido. Y es absolutamente innecesario porque, si no estoy errado en mis conjeturas, es un simple detalle que se trate del embajador o del portero.


Sir Ethelred abrió una boca enorme, como una caverna, en la que la nariz ganchuda parecía estar ansiosa por hundirse; de ahí provino un sonido quebrado, descolorido, como si viniera de un órgano distante, con registro de indignación despreciativa.


—¡No! Esta gente es insoportable. ¿Qué quieren hacer importando sus métodos de la Crimea tártara? Un turco tendría más decencia.


—Usted olvida; Sir Ethelred, que no sabemos, hasta ahora, nada objetivo, si hablamos con propiedad.


—¡No! ¿Pero cómo define esto, en pocas palabras?


—Descarada audacia que se incrementa con una peculiar puerilidad.


—No podemos tolerar la inocencia de chiquitos sucios— dijo el importante personaje, inflándose un poco más, por decir así. La mirada altiva se abatió aplastante sobre la alfombra, a los pies del Subjefe—.


Tenemos que darles un buen golpe en los nudillos por este asunto.


Debemos estar en posición de... ¿Qué piensa usted, en general, dicho en pocas palabras? No necesita detallar nada.


—No, Sir Ethelred. En principio, yo establecería que la existencia de agentes secretos no debe ser tolerada, ya qué tiende a aumentar los objetivos peligros del mal contra el que se los usa. Que los espías se fabrican su propia información es un perfecto lugar común. Pero en la esfera de la acción política y revolucionaria, que en parte descansa en la violencia, el espía profesional tiene todas las facilidades para fabricar los hechos mismos y desplegar el doble flagelo de la emulación, en un sentido, y del pánico, la legislación precipitada, el odio irreflexivo, en otro. Sin embargo, éste es un mundo imperfecto...


El personaje de la voz profunda, parado sobre la alfombra de la chimenea, inmóvil, con los grandes codos hacia afuera, dijo con precipitación:


—Sea conciso, por favor.


—Sí, Sir Ethelred... un mundo imperfecto. Por lo tanto, el carácter mismo de este asunto me ha sugerido que debe ser tratado con especial secreto y por ello me atreví a venir aquí.


—Muy bien— aprobó el personaje, mirando con complacencia desde el tope de su doble mentón—. Me complace que en su negocio haya alguien que piense que de cuando en cuando debe confiarse en el Secretario de Estado.


El Subjefe de Policía sonrió, divertido.


—En verdad estaba pensando que lo mejor, en este punto, sería reemplazar a Heat por...


—¡Qué! ¿Heat? Un asno, ¿eh?— exclamó el gran hombre, con clara animosidad.


—De ningún modo. Le ruego, Sir Ethelred, que no malinterprete mis observaciones.


—Entonces ¿qué? ¿Listo a medias?


—No... al menos no por regla general. Todas las bases para mis conjeturas las proporcionó él. Lo único que descubrí por mí mismo es que estuvo utilizando a ese hombre en forma privada. ¿Quién podría acusarlo por eso? Es un policía de la vieja escuela. Virtualmente me dijo que tiene que tener herramientas para poder trabajar. A mí se me ocurre que esta herramienta debe estar al servicio de la división de crímenes especiales en su conjunto, en lugar de seguir siendo propiedad privada del jefe Inspector Heat. He entendido mi concepto de nuestros deberes departamentales a la supresión del agente secreto.


Pero el Jefe Inspector Heat tiene un criterio anticuado. Me acusaría de pervertir la moral y de atacar la eficiencia de nuestra división. Amargamente definiría ese acto como protector del grupo criminal de los revolucionarios.


—Sí, ¿Pero usted qué quiere?


—Quiero decir, en primer térmico, que es una flaca conveniencia el estar en condiciones de declarar que cualquier acto violento, daño a la propiedad o destrucción de vidas humanas no es trabajo del anarquismo; sino de algo completamente distinto, algún tipo de bandidaje autorizado.

Y, me imagino yo, esto es mucho más frecuente de lo que suponemos.

En segundo lugar, es obvio que la existencia de esas personas a sueldo de gobiernos extranjeros destruye hasta cierto punto la eficiencia de nuestra vigilancia. Un espía de ese tipo está en condiciones de ser más temerario que el más temerario de los conspiradores. Su tarea está libre de cualquier limitación; no tiene toda la fe que se necesita para el nihilismo absoluto, ni el respeto por la ley que implica la desobediencia a ella. En tercer lugar, la existencia de esos espías entre los grupos revolucionarios, que se nos reprocha estar amparando, tiene que cesar por completo. Usted escuchó una afirmación tranquilizadora del Inspector Heat, hace un tiempo. No eran palabras sin base... sin embargo, tenemos ahora este episodio. Lo llamo episodio, porque este asunto, me arriesgo a asegurarlo, es episódico; no integra ningún plan general, por descabellado que fuese. Las mismas peculiaridades que sorprenden y dejan perplejo al jefe Inspector Heat son, a mis ojos, las que determinan sus características. Estoy dejando de lado los detalles, Sir Ethelred.

El personaje parado frente a la chimenea había prestado profunda atención.

—Eso es. Sea lo más conciso posible.

El Subjefe indicó con gesto formal y deferente que estaba ansioso por ser conciso.

—Hay una especial idiotez y debilidad en la ejecución de este asunto, que me da excelentes esperanzas de llegar hasta el fondo y encontrar allí algo más que un capricho individual y fanático. Sin duda se trata de algo planeado. El virtual ejecutor parece haber sido llevado de la mano al lugar y luego abandonado a toda prisa, para que se arreglara por sus propios medios. Se infiere que fue traído del exterior con la finalidad de cometer este atentado. A la vez estamos forzados a deducir que no debía saber suficiente inglés como para preguntar por su camino, a menos que aceptemos la fantástica teoría de que se trataba de un sordomudo. Me pregunto ahora... pero es absurdo. Se mató en forma accidental, es evidente. No es un accidente extraordinario. Pero queda un pequeño hecho extraordinario: la dirección que tenía en su abrigo, descubierta por el más casual de los accidentes. Es un hecho pequeño e increíble; tan increíble que explicarlo puede llevarnos hasta el mismo fondo de este problema. En lugar de ordenar a Heat que siga en el caso, me propongo buscar personalmente esa explicación... por mí mismo, quiero decir, en donde haya que buscarla. Y está en cierto negocio de Brett Street, en los labios de cierto agente secreto, que en una época fue espía confidencial del difunto Barón Stott—Wartenheim, embajador de una gran potencia ante la corte de St. James.

El Subjefe hizo una pausa y luego agregó:

—Esos tipos son una peste perfecta. A fin de elevar su mirada altiva a la cara del que hablaba, el personaje parado sobre la alfombra de la chimenea había inclinado su cabeza hacia atrás, gradualmente; esa posición le daba un notorio aire arrogante.

—¿Por qué no dejarle el asunto a Heat?

—Porque es un policía a la vieja usanza. Y esos tienen su propia moralidad. Mi sistema de pesquisa le parecería una horrenda perversión del deber. Para él, el deber consiste en imputar la culpabilidad a tantos anarquistas prominentes como pueda, sobre la base del más mínimo de los indicios que haya encontrado en el curso de su examen del lugar del hecho; en tanto que yo según diría él soy proclive a reivindicar la inocencia de esa gente. Trato de ser lo más conciso posible presentándole este oscuro asunto sin detalles.

—¿Diría? ¿Lo diría?— musitó la altiva cabeza de Sir Ethelred, desde su encumbrada eminencia.

—Eso me temo... con una indignación y un disgusto del que ni usted ni yo tenemos la menor idea. Él es un excelente servidor. No debemos abrigar sospechas indebidas respecto de su lealtad; siempre es un error hacerlo. Además, quiero libertad de acción, mayor libertad que la que sería conveniente otorgarle al jefe Inspector Heat. No tengo el menor deseo de perdonar a este individuo Verloc. Se aterrará, me supongo, al comprobar qué rápidamente se encontró una conexión, cualquiera que sea, entre él y este asunto. Asustarlo no será muy difícil.

Pero nuestro verdadero objetivo está detrás de él, en alguna parte.

Quiero que usted me autorice a darle todas las garantías de seguridad personal que yo estime adecuadas.

—Por supuesto— dijo el personaje parado frente a la chimenea—. Investigue todo lo que pueda; investigue a su propio modo.


— Voy a empezar sin pérdida de tiempo, esta misma noche dijo el Subjefe.

Sir Ethelred puso una mano bajo los faldones de su levita y, echando atrás la cabeza, lo miró con fijeza.

—Tenemos una sesión muy larga esta noche. Venga a la Cámara con sus descubrimientos, si todavía no nos hemos retirado. Le advertiré a Toodles que lo espere. Él lo introducirá en mi oficina.

La numerosa parentela y las amplias conexiones del juvenil Secretario Privado acariciaban la esperanza de que sería dueño de un austero y eminente destino. Entretanto, la esfera social que él adornaba en sus horas de ocio había elegido mimarlo con ese sobrenombre. Y Sir Ethelred, que lo oía en los labios de su mujer e hijas todos los días, en especial a la hora del desayuno, le había conferido la dignidad de aceptarlo sin sonrisas burlonas.

El Subjefe de Policía se sintió sorprendido y gratificado en extremo.

—Iré, sin duda, a la Cámara con mis descubrimientos, por si usted tiene tiempo para...


—No tengo tiempo— lo interrumpió el gran personaje—. Pero lo veré.

Ahora no tengo tiempo... ¿Irá usted en persona?

—Sí, Sir Ethelred. Me parece que es la mejor manera.

El gran personaje había echado tan atrás su cabeza que, para poder observar al Subjefe, casi tenía que cerrar los ojos.

—Hum. Ajá. ¿Y cómo se propone?... ¿Va a presentarse con otra personalidad?

—¡No totalmente! Me voy a cambiar de ropa, por supuesto.


—Por supuesto— repitió Sir Ethelred, con una especie de altivez distraída. Volvió su pesada cabeza y por encima del hombro echó una soberbia mirada oblicua al voluminoso reloj de mármol, de tenue sonido.

Las agujas habían tenido oportunidad de recorrer no menos de veinticinco minutos a sus espaldas.

El Subjefe de Policía, que no podía verlas, se puso algo nervioso en el intervalo. Pero el Secretario de Estado se volvió hacia él con una cara calmosa y sin desánimo.

—Muy bien— dijo e hizo una pausa, con deliberado menosprecio del reloj oficial—. ¿Pero qué lo ha determinado a seguir este camino?

—Siempre me he manejado según mis corazonadas.

—¡Ah, sí! Corazonadas. Claro. Pero ¿cuál es el motivo inmediato?

—¿Qué puedo decirle, Sir Ethelred? El rechazo de un hombre nuevo frente a los viejos métodos. El deseo de saber algo de primera mano.

Cierta impaciencia. Es mi antiguo trabajo, pero con ropas distintas.

Esto me ha producido picazón en uno o dos lugares muy delicados.

—Espero que usted adelante algo por allá— dijo Sir Ethelred, con gentileza, extendiendo su mano, suave al tacto pero ancha y fuerte como la mano de un campesino que ha llegado a una alta consideración.

El Subjefe la estrechó y se fue.

En la sala de espera, Toodles, que había estado esperando apoyado en la punta de una mesa, le salió al encuentro, dominando su natural animación.

—¿Y? ¿Todo bien?— preguntó con aire importante.

—Perfecto. Se ha ganado mi gratitud eterna— contestó el Subjefe, cuya larga cara parecía un palo, en contraste con la peculiar característica de la seriedad del otro, presta siempre a desvanecerse en susurros y risas ahogadas.

—Está bien. Pero, en serio, usted no puede imaginarse cómo está de irritado por los ataques contra su decreto de nacionalización de las pesquerías. Lo llaman el comienzo de la revolución social. Por supuesto que es una medida revolucionaria. Pero esos tipos no tienen decencia. Los ataques personales...

—He leído los diarios— hizo notar el Subjefe.


—Repugnante, ¿no? Y usted no tiene noción de la cantidad de trabajo que tiene que realizar todos los días. Lo hace todo solo. No quiere confiarse en nadie en este asunto de las pesquerías.

—Y con todo me ha concedido media hora para la consideración de mi diminuta mojarrita interrumpió el Subjefe.

—¡Diminuta! ¿Lo es? Me alegra oír eso; pero es una lástima que no la haya podido mantener quieta, entonces. Esta pelea lo enajena terriblemente.

Está llegando al agotamiento. Me doy cuenta por la forma en que se apoya en mi brazo cuando caminamos. Y además me pregunto:

¿estará a salvo en la calle? Mullins hizo venir a sus hombres aquí, esta tarde. Hay un agente plantado en cada farol y una de cada dos personas que encontramos desde aquí hasta el Palacio del Yard es un detective, evidentemente. Eso tiene que afectarle los nervios. Yo digo, esos bandidos foráneos ¿serían capaces de atentar contra él?... ¿lo serían? Tendríamos una calamidad nacional. El país no puede perderlo.

—Por no hablar de usted. Él se apoya en su brazo— rió el Subjefe, con sobriedad—. Se irían ambos.

—¿No será una forma fácil de entrar en la historia, para un hombre joven? No han sido asesinados tantos ministros británicos como para que la cosa constituya un incidente menor. Pero ahora en serio...

—Me temo que si usted quiere pasar a la historia tendrá que hacer algo al respecto. En serio: no hay peligro para ninguno de ustedes, fuera del trabajo excesivo.

El simpático Toodles recibió esa declaración con una risita.

—Las pesquerías no van a matarme. Me he cansado en estas últimas horas— declaró con ingenua ligereza—. Pero, arrepentido de inmediato, adoptó el aire caviloso de un hombre de estado, como quien se quita un guante. Su mente es tan poderosa que puede soportar cualquier trabajo. Son sus nervios los que me preocupan. La pandilla reaccionaria, con ese bruto insultante de Cheeseman a la cabeza, lo ofende todas las noches.

—¡Si insiste en iniciar una revolución! murmuró el Subjefe.

Ha llegado el momento, y él es el único hombre con envergadura para esa tarea protestó el revolucionario Toodles, ferviente bajo la mirada calma y especulativa del Subjefe de Policía. Lejos, en un corredor distante, sonó un timbre; con devota atención el joven prestó oídos a la llamada. Está listo para salir exclamó en un susurro; agarró su sombrero y desapareció de la sala.

De un modo menos elástico, el Subjefe salió por otra puerta. Cruzó otra vez la amplia avenida, caminó por la calle estrecha y volvió a entrar apresuradamente en el edificio de sus propias oficinas. Detuvo sus pasos acelerados ante la puerta de su oficina privada. Antes de cerrarla por completo, sus ojos inspeccionaron el escritorio. Se detuvo por un momento, luego caminó, miró a su alrededor en el piso, se sentó en su silla, tocó un timbre y esperó.

—¿El jefe Inspector Heat se ha ido ya?

—Sí, señor. Salió hace alrededor de media hora.


Asintió. «Eso hará.» Sentado todavía, con el sombrero echado hacia atrás, pensó que era muy propio de la maldita desfachatez de Heat llevarse, callado, la única evidencia material. Pero lo pensó sin animosidad.


Los servidores viejos y valiosos se toman libertades. El trozo de abrigo con la dirección cosida encima no era algo que se pudiera dejar en cualquier lado. Alejó de su mente esa manifestación de recelo ante el Inspector Heat, escribió y despachó una nota para su mujer, pidiéndole que lo disculpara ante la protectora de Michaelis, con quien estaba invitado a cenar esa coche.


Detrás de las cortinas de un apartado, en el que había un lavatorio, un perchero de madera y un estante, se puso un saco corto y un sombrero redondo que hicieron resaltar a las mil maravillas la longitud de su cara grave y oscura. Volvió a la luz plena de su oficina con el aspecto de un frío y reflexivo Don Quijote y los ojos hundidos de un fanático ignorado que adoptase una actitud muy decidida. Abandonó la escena de su actividad cotidiana con la rapidez de una sombra recatada.


Bajó a la calle como si bajara a un acuario lodoso del que se hubiera quitado el agua. Lo envolvió una lobreguez húmeda y sombría. Las paredes de las casas estaban mojadas, el barro de la calzada brillaba con un efecto de fosforescencia y, cuando emergió de la estrecha calleja al Strand, por el lado de la estación de Charing Cross, el genio del lugar lo poseyó. Podía haber sido uno más de los sospechosos extraños que se ven de noche, merodeando por los rincones oscuros.


Llegó hasta una parada en el borde mismo del pavimento y esperó.


Sus ojos expertos habían columbrado entre el confuso movimiento de luces y sombras apiñadas en la calle, la marcha acompasada de un coche. No hizo ninguna señal, pero cuando el estribo que se deslizaba junto al cordón llegó hasta su pie, saltó con destreza por delante de la enorme rueda y habló al cochero por la ventanilla, casi antes de que el hombre, desde lo alto de su asiento, se hubiese percatado del pasajero que llevaba.


El viaje no fue largo. Terminó abruptamente, en cualquier lugar, entre dos faroles, frente a una gran tapicería; una larga hilera de negocios ya se habían arropado bajo sus cortinas metálicas, para pasar la noche. Tras dar una moneda al cochero a través de la ventanilla, el pasajero descendió y se alejó dejándole la idea de una fantasmagoría pavorosa y excéntrica. Pero el tamaño de la moneda era satisfactorio al tacto, y como no era muy letrado, no lo poseyó el temor de pensar que se le podría transformar en una hoja seca dentro de su bolsillo. Elevado por encima del mundo privado de los pasajeros, por la naturaleza de su oficio, contemplaba el accionar de todos ellos con un interés limitado.


La forma vivaz en que hizo dar vuelta a su caballo era muestra de su filosofía.


Entretanto, el Subjefe de Policía ya estaba haciendo su pedido a un mozo, en un pequeño restaurante italiano, que estaba a la vuelta de la esquina; era uno de esos refugios para los hambrientos, largo y estrecho, atractivo por su perspectiva de espejos y manteles blancos, con poco aire, pero con atmósfera propia: una atmósfera fraudulenta que se burla de una humanidad abyecta en la más apremiante de sus necesidades miserables. Dentro de ese ámbito de dudosa moral, el Subjefe de Policía, mientras reflexionaba acerca de su cometido, parecía ir perdiendo algo más de su identidad. Tenía una sensación de aislamiento, de maligna libertad. Era bastante grato. Después de pagar su escasa comida, cuando se puso de pie esperando el cambio, se miró en un pedazo de espejo y lo impactó su extraña apariencia. Contemplaba su propia imagen con una mirada melancólica e inquisitiva y, obedeciendo a una repentina inspiración, se levantó el cuello del saco. Hacerlo le pareció adecuado y completó la operación retorciendo hacia arriba las puntas de su bigote negro. Se sintió satisfecho con las sutiles modificaciones de su aspecto personal, surgidas de esos mínimos cambios.


«Esto anda muy bien», pensó, «tengo que mojarme un poco, embarrarme otro poco...»Percibió a su lado la presencia del mozo y una pilita de monedas de plata en la punta de la mesa que estaba ante él. El mozo tenía un ojo puesto en las monedas y con el otro seguía la grácil espalda de una alta y no muy joven muchacha, que pasó de largo junto a una mesa lejana, como si fuera invisible y por completo vedada.


Parecía una clienta habitual.


Al salir, el Subjefe se hizo a sí mismo la observación de que los patrones del lugar, con el hábito de cocinar minutas, habían perdido todas sus características nacionales y privadas. Y esto era extraño, ya que el restaurante italiano es una particular institución británica. Pero esta gente estaba tan desnacionalizada como los platos que servían con toda la ceremonia de una respetabilidad sin sellos. Tampoco la personalidad de ellos tenía ningún sello, ni profesional, ni social, ni racial.


Parecían creados para un restaurante italiano, a menos que el restaurante italiano hubiese sido creado, por ventura, para ellos. Pero esta última hipótesis era inaceptable, ya que no se los puede ubicar en ningún lado que no sea alguno de esos especiales establecimientos. Nunca se encuentra a esas enigmáticas personas en ninguna otra parte. Era imposible formarse una idea precisa de cuáles eran las ocupaciones que tenían durante el día y a qué hora se iban a dormir en la noche. Y él mismo, el Subjefe de Policía, se sentía desconocido. Hubiera sido imposible para cualquiera adivinar cuál era su ocupación. En cuanto a eso de irse a dormir, hasta en su propia mente había dudas. Por cierto que no dudaba de su domicilio, sino de la hora en que podría volver allá. Un placentero sentimiento de independencia lo poseyó al oír que la puerta de cristal se cerraba a su espalda con un golpe amortiguado.


De inmediato avanzó dentro de una inmensidad de fango pringoso y mampostería mojada, entremezclado con luces, y envuelto, oprimido, penetrado, ahogado y sofocado por la negrura de una noche de niebla londinense, niebla salpicada de hollín y gotas de agua.


Brett Street no estaba muy lejos. Nacía, estrecha, del costado de un espacio triangular abierto, rodeado por oscuras y misteriosas casas, templos del comercio minorista, vacíos de compradores por la noche.


Sólo un puesto de frutas, en la esquina, presentaba una violenta llamarada de luz y color. Más allá todo era negro y las pocas personas que transitaban se desvanecían a paso largo por detrás de los montones relucientes de limones y naranjas. No había eco de pasos; se los oía secos, precisos. La aventurera cabeza del Departamento de Crímenes Especiales observaba esas desapariciones, a la distancia, con ojos de gran interés. Se sentía con el corazón ligero, como si hubiese estado emboscado, totalmente solo, en una selva a muchos miles de kilómetros de los escritorios y tinteros de las oficinas policiales. Esta alegría y dispersión del pensamiento antes de una tarea de cierta importancia pareciera probar que este mundo nuestro no es un asunto demasiado serio, después de todo. Y el Subjefe de Policía no tenía un carácter inclinado de por sí a la ligereza.


El policía de ronda proyectaba su forma sombría y movediza contra la gloria luminosa de naranjas y limones y se adentró en Brett Street sin prisa. El Subjefe, como si fuera un miembro del hampa, se demoró en la oscuridad, esperando su regreso. Pero ese agente parecía perdido para siempre de la institución; no reapareció: debía haberse ido por el otro extremo de la calle.


Una vez que llegó a esa conclusión, el Subjefe entró por ella y caminó junto a un enorme carro estacionado frente a la vidriera, apenas iluminada, de una casa de comidas. El cartero, adentro, reponía fuerzas y los caballos, con sus grandes cabezas inclinadas hacia el suelo, comían su pienso de los morrales, sin pausa. Más adelante, al otro lado de la calle, otro parche sospechoso de luz opaca surgía del frente del negocio de Mr. Verloc, con la vidriera tapada de papeles sostenidos con hirsutas pilas de cajas de tarjetas y tapas de libros. El Subjefe se detuvo a observar desde la vereda de enfrente; no podía haber equivocación.


Al costado de la vidriera, la puerta, entornada y trabada con las sombras de objetos indescriptibles, dejaba escapar hacia el pavimento una estrecha y clara línea de la luz de gas del interior, Detrás del Subjefe, el carro y los caballos, fundidos en un solo bloque, parecían algo vivo: un monstruo negro, cuadrado, que obstruía media calle entre el piafar brusco de las patas herradas, el fuerte entrechocar de los arneses metálicos y los pesados resoplidos. Al otro lado de una avenida, una amplia y próspera fonda enfrentaba, con su agrio brillo festivo y de mal augurio, el extremo final de Brett Street. Esa barrera de luces relumbrantes, por contraposición con las sombras acumuladas alrededor de la humilde casa, albergue de la felicidad doméstica de Mr. Verloc, arrastraba a sus espaldas la oscuridad de la calleja, haciéndola más tétrica, ominosa y siniestra.

viernes, 19 de febrero de 2010

Alejandro Dumas (Francia; París, 27/07/1827 - Mary-le-Roi, 27/11/1895)


Nacido en París el 27 de Julio de 1827 y fallecido en Mary-le-Roi el 27 de Noviembre de 1895, Alexandre Dumas, es considerado el mas grande escritor del romanticismo francés. De niño siempre se automarcó por el hecho de ser hijo ilegitimo de su padre, Alexandre Dumas, con una de sus muchas amantes, Marie-Catherine Labay. A pesar de que cuando tenia seis años, su padre lo reconocio, siempre siguió teniendo el mismo pensamiento. Como las leyes de esa época lo permitían, su padre se lo llevo, separándolo de su madre, causando en el un profundo sentimiento hacia el genero femenino. Durante el tiempo que estuvo en el colegio, sus compañeros se burlaban de el constantemente. A los 17 años, cansado de las constantes burlas, deja los estudios, comenzando una etapa de su vida llena de libertinaje, muy contraria a lo que haría en el futuro.
En 1844, viaja a Saint-Germain-en-Laye, al norte de París, junto con su padre. Ese mismo año, viaja con su padre a París, donde conoce a Marie Duplessis, su musa para escribir su obra cumbre. En 1847, publica su primera obra, un poemario que nombra: "Pecados de Juventud". Al año siguiente, tiene un corto viaje por España y África, cuando regresa, publica su obra cumbre que titula "La Dama de las Camelias", basada en su romance con Marie Duplessis, le da fama inmediata. Cabe resaltar, que la obra fue publicada después de que Marie Duplessis muriera. en 1853, Dumas, a pedido de Giuseppe Verdi, adapto su novela al teatro en ocho días, Verdi le puso el nombre de la traviata, la obra tuvo tal éxito, que, además de la fama que tenia como novelista, le dio fama como dramaturgo. Mientras dumas hacia la adaptación, le enseño la obra a su padre, el, le dijo: "Esta obra no es aceptable para el teatro", Dumas salio para realizar algunos tramites, cuando regreso, encontró a su padre lleno de lágrimas de emoción y le dijo: "Es imprescindible que la inadaptación de la Dama de las Camelias fuera al teatro".
Sus obras mas conocidas son: "La Dama de las Camelias", "El hijo Natural", "Pecados de Juventud", "Aventuras de Cuatro Mujeres y un Loro", "La Cuestion del Divorcio", "Memorias de un Reo", etc.

En 1858, publica "El Hijo Natural", obra en la que plantea que aquel hombre que tiene un hijo fuera del matrimonio, debe legitimisarlo y casarse con la madre. En 1860, tiene una hija con Nadeja Naryschkine, casándose con ella en 1864. La relación no dura mucho, Nadeja muere al poco tiempo de casados. Dumas supera rápido la perdida de su esposa y se casa con Henriette Régnier. La vida de Dumas, transcurre de forma relativamente normal hasta 1866, cuando publica "Memorias de un Reo", su novela semi autobiográfica. Luego, en 1894, la academia Francesa le da la legión de honor. Dumas, fallece el 27 de Noviembre de 1895, de forma natural, en su propiedad de Mary-le-Roi. Varios de los escritores franceses nombraron este hecho como la perdida de un hombre de grandes valores morales y romántico por excelencia.
La Dama de las Camelias (La Dame aux Camélias)

Publicada en 1848, narra el romance entre Armando Duval, aristócrata y Margarita Gautier. La historia comienza en una fiesta, a la que Armando asiste, en ese lugar ve que su amigo, Gaston, saluda a una mujer de bella figura, Armando le pregunta quien es, el le dice que ella se llama Margarita Gautier. Armando reconoció en esa mujer a la que desde hace dos años estaba persiguiendo, pero sin acercarse ni hablarle. Gaston le dice que se va a acercar para saludarla, al escuchar eso Armando le pregunta si la conoce, Gaston le dice que si, que el también había estado enamorado de ella, le dijo que se la iba a presentar. Armando le dice que le pida permiso, pero Gaston le dice que no es necesario esa formalidad, ella no era de una clase noble, que era una mujer mantenía, una coqueta, una prostituta. Armando al escuchar esto, se altera, pero Gaston le dice que se tranquilice, que decían que era una amante muy deliciosa. Gaston se acerca a Margarita y le presenta a su amigo. Margarita lo saluda con una ligera inclinación de cabeza, Armando bajo la mirada y se ruborizo. Gaston le dice a Margarita que no se preocupe, que el Sr. Duval esta tan enamorado de ella que no sabe que decir. Margarita dijo que creía que el Sr. Duval ha venido con el porque a Gaston le aburría ir solo. Armando le dice que el tiene razón, que el le dijo que le pidiera permiso para presentarse. Entonces Margarita dijo que el necesitaba compañía para enfrentarse al momento fatal. Armando le dijo que si era así, le pedía perdón y le aseguraba que no iba a volver a verlo, después de decir eso, se despidió y se fue.
A pesar de todo, Armando se quedo pesando en ella, llego a la conclusión de que en ese poco tiempo que había hablado con ella, la había amado mas que a nadie en su vida. Cuando termino la fiesta, Armando tomo un coche después de Margarita y la siguió. Cuando llego, la vio bajar de su coche y entro sola a su casa. A partir de ese día, Armando encontró a Margarita varias veces en distintos lugares. Después de un tiempo de verla todos los días, Armando contó quince días sin ver a Margarita. Gaston le contó que Margarita se había enfermado y estaba con un malestar en el pecho. Armando sintió algo raro cuando su amigo le dijo eso, se sintió feliz. Aprovecho esa oportunidad para tratar de acercarse mas a ella, se hizo amigo de Prudencia, la vecina de Margarita. Cierto día, Armando fue a visitar a Prudencia con Gaston y le pregunto si Margarita estaba sola o tenia algún amante. Prudencia le dijo que era la protegida de un viejo duque muy celoso. Armando le pregunto si el duque era su amante, Prudencia le dijo que el se verá en varios problemas si fuera su amante, le dijo que no sabia nada, que ella no veía que nadie se quede cuando ella esta, pero tampoco ve si alguien entra cuando ha salido. En ese momento, Margarita llama a Prudencia desde afuera, Armando escucho que Margarita le dijo que el conde estaba allí y que lo aburría. Armando se sorprendió al escuchar que también había un conde, Prudencia le explica que es un conde muy rico, que le conviene a Margarita, pero ella no lo puede ver ni en pintura, porque dice que la aburre demasiado. Prudencia se estaba despidiendo de los hombres, pero Armando le dijo que la empanarían. Los tres fueron a la casa de Margarita, al llegar a la puerta, el corazón de Armando latía fuerte y aceleradamente. Adentro de la casa, Margarita tocaba el piano completamente aburrida ante la figura del conde pero cuando vio que habían llegado, sus ánimos subieron y se levanto rápidamente. Prudencia presentó a Armando, pero el dijo que ya la conocía. Margarita Dijo que se acordaba de el y le extendió su mano, Armando la beso. Margarita dijo que había estado muy enferma, Armando dijo que lo sabia, Margarita le pregunto como lo sabia y Armando respondió diciendo que todos sabían de eso, Prudencia dijo que Armando había ido todos los días a visitar a Margarita cuando estaba enferma. Margarita dijo que no le habían dado su tarjeta, Armando dijo que no la dejo. El conde tocio un poco para interrumpir la escena y dijo que ya era momento de que se retire, que teme que la aburra, Margarita le dice que no la aburre más que otros días y le pregunta cuando volverá a verlo, el conde le dice que cuando ella se lo permita. El conde se retiro muy silenciosamente. Prudencia le dijo que el conde estaba muy enamorado de ella, Margarita le dijo que si tenia que escuchar a todos los hombres que estaban enamorados de ella no tendría tiempo ni para comer, además le cobraba muy barato sus visitas. Margarita ofreció bebidas, dijo que iba a beber un poco de ponche, Prudencia le dijo que mejor cenen, Margarita dijo que si, que la empleada sirviera la cena de una vez.

Cuando mas miraba a Margarita, Armando se sentía mas enamorado de ella. Margarita se portaba como una mujer vulgar durante la cena, conversando con Armando, Gaston y Prudencia. Pero en Margarita, ese desenfreno total, parecía que era una forma de desahogarlos sentimientos guardados de mucho tiempo. Durante la cena, Margarita no paraba de toser, hasta que en un momento se agravo demasiado, tosió, se llevo una servilleta a los labios y vio una gota de sangre en esa servilleta, Margarita se retira. Armando le pregunta a Prudencia que le sucede a Margarita, ella le dice que no era nada, que había reído demasiado y era cosa de todos los días, que ya volverá. Armando se para y se dirige hacia el cuarto. Cuando entro vio que Margarita estaba con una mano en el pecho y la otra estaba colgando. Cuando Margarita ve a Armando le pregunta si el también esta enfermo, Armando le dice que no y le pregunta si ella esta sufriendo, ella le dice que muy poco, pero ya estaba acostumbrada. Armando le dice que se estaba matando, ella le dice que se estaba muriendo. Armando le dijo que no dijera eso, pero Margarita le dijo que no vale la pena que se alarme, que se fije como los demás no se preocupan por ella, que saben que no hay remedio para su enfermedad. Después de esta breve conversacion, Margarita le dijo a Armando que regresaran con los demás, pero Armando se quedo, luego Margarita le extendió la mano a Armando, pero el la beso y sin darse cuenta mojo su mano con dos lágrimas que salían de sus ojos. Margarita le dijo que era muy infantil, que mas podía hacer, necesitaba distraerse, además solo se deben cuidar las mujeres que tienen familia y amigos que las lloren, pero las demás no Debian cuidarse. Armando le pidió que le permitiera cuidarla hasta que ella se mejore. Margarita le dijo que el quería quedarse a cuidarla todos los días, las tardes y las noches, Armando le dijo que lo haría siempre y cuando no la moleste. Margarita le pregunta a Armando como le llama a hacer todo eso, Armando iba a decir amor pero Margarita interrumpió la frase y le dijo que eso no lo dijera nunca, porque solo dos cosas podían resultar de esa confesión, que ella no lo acepte y el se resienta con ella o que acepte y el se habrá hecho de una querida lamentable, una mujer enferma, que escupe sangre y gasta cien mil francos al año, le dijo que eso estaba bien para un viejo rico como el duque, pero no para alguien como el y la prueba era que todos los amantes jóvenes que había tenido la han abandonado, Margarita le dijo que le de la mano y regresen con los demás. Armando se quedo mirándola sin decir palabra alguna y sin moverse. Margarita al ver esto, trato de consolar a Armando, y con voz suave y tierna le preguntó si tenia siete mil francos mensuales para darle, que ella en poco tiempo lo arruinaría y su familia lo castraría cruelmente por juntarse con una mujer como ella, le dijo que vaya a verla, que conversen, y si era necesario, se becarían, pero que no exagerara lo que valía, que no era gran cosa. Armando le dijo que la ama desde cierta ocasión en que la vio bajar de su carruaje y entrar a su casa sola tres años atrás, y por si no le creía, le dijo que la noche en la que la presentaron, después de la fiesta, el la siguió y se sintió tranquilo cuando la vio bajar y entrar sola a su casa, que recién en ese momento se fue feliz. Margarita se rio, Armando le pregunto, ella le dijo que había una buena razón para que entrara sola, que la esperaban en su casa. Cuando dijo esto, Armando se despidió y trato de irse, Margarita le dijo que sabia que se iba a resentir, así que se despidió. Armando le pregunto si lo estaba echando, porque le causaba esa pena. Margarita le pregunto si sabia con quien estaba hablando, ella no era ninguna virgen, ninguna duquesa, era una mujer libre, le dijo que si algún día ella llegara a ser su querida, era necesario que sepa que había tenido muchos amantes antes que el y si comenzaba en ese momento a hacerle escenas de celos, iba a sufrir mucho, que nunca había conocido a un hombre así. Armando le dijo que nadie la había amado como lo ama el. Margarita le pregunta si es en serio que la ama, Armando le dice que la ama tanto como es posible amar, Margarita le pregunto que quería que haga, Armando le dijo que debía amarlo aunque fuera solo un poco. Margarita le pregunto que pasara con el duque, Armando le dice que no se enterara, Margarita le pregunta que pasaría si se enterara, Armando le dice que la perdonara. Armando le dice que si supiera cuanto la ama, que se lo juraba. Margarita le dijo que estaría con el siempre y cuando sea callado, sumiso y discreto, tal vez llegaría a amarlo, pero todo debería ser secreto, Armando le dijo que así seria. Después de eso, Margarita agarro una camelia de un ramo rojo y se la puso en el ojal del saco a Armando. Armando le pregunto cuando volvería a verla, Margarita le dijo que cuando la camelia cambie de color. Armando beso a Margarita, luego se despidieron y Margarita salio cantando.
Su primera noche juntos, fue todo lo que Armando esperaba y mucho mas, se quedo sorprendido por todo lo que habían vivido esa noche. Armando sintió que su alma conocía por primera vez su corazón, y ahora, pertenecía a Margarita. Armando le dijo que la amaba, le pregunto a Margarita si sentía lo mismo, Margarita le dijo que no sabia como era eso, y que se vaya rápido, que el duque volvería en cualquier momento, Armando le pregunto cuando la volvería a ver, Margarita le dijo que el recibirá una carta con sus indicaciones, además le dio una copia de la llave de su casa y le dijo que podía conservarla. Horas mas tarde, Armando recibió una carta en al que decía que vaya esa noche al teatro, que se acerque a ella durante el tercer acto. Armando llego esa noche puntualmente al teatro, llego entre las primeras personas y vio como se iban llenando los palcos. En el tercer acto, vio que Margarita recién llegaba, pero no estaba sola, estaba con el conde. Al final del tercer acto Margarita llamo a Armando a su palco, Armando subió. Margarita le pregunto si tenia algo, Armando estaba pálido. Margarita le dijo que no se sorprendiera solamente porque ha visto a un hombre en su palco, luego le dijo que después de la obra se dirija a casa de Prudencia y que se quede allí hasta que ella lo llame. Margarita le pregunto si el la seguía amando. Armando le dijo que porque se lo pregunta, Margarita le dice que teme enamorarse de el, que se vaya rápido, que había mandado al conde por unos bombones y no quería que lo viera a el en su palco. Cuando termino la función, Armando se dirigió a la casa de Prudencia. Armando estaba desesperado, le preguntaba a Prudencia donde estaba margarita, Prudencia le decía que estaba en su casa, a lo que el le preguntaba si estaba sola, ella le decía que no estaba sola y el lo sabia, que estaba con el conde. Armando estaba muy alterado. Prudencia le pregunta que le pasa, Armando le dice que si le parece divertido que el se quede esperando a que el conde se vaya da la casa de Margarita mientras el se desespera por una respuesta que ella le tiene que dar. Prudencia le dice que solo por el no se iba a pelear con el conde, que el le regalaba por lo menos diez mil Francos al año, Prudencia le pregunta a Armando si se siente con derecho a rechazar al conde. Armando le dice que puede aceptar una relación mas, pero no dos. Prudencia le dice que eso no es así, que no podía ser así, que como creía que hacían las mujeres mantenidas para sostener la vida que tienen, si no es porque tienen tres o cuatro amantes a la vez, si creía que por el Margarita dejaría al duque y al conde, le dijo que deje esas ideas y sonría, que la vida era alegre y tenia la querida mas atractiva de todo París. Cuando se fue el conde, Armando entro a la casa de Margarita, ella se le acerco corriendo, salto encima de el y lo abrazo. Margarita, al ver la expresión que tenia en su cara le pregunto si todavía estaba de mal humor. Armando no pudo evitar mirar la cama, sintió un poco de alivio al ver que no estaba deshecha. Margarita le dijo que había ideado un plan, que no podía confiarselo todavía, pero haciéndolo, en un mes seria libre, que ya no debería nada a nadie y seria libre para poder huir juntos y pasar el verano en el campo. Armando le pregunto si ejecutara sola ese plan, Margarita le dijo que ella sola hará la parte difícil, pero compartiran los beneficios. Armando tenia la corazonada de que el conde estaba asociado a ese plan, pero no podía negarse a Margarita, unos segundos después tenia a Margarita entre sus brazos y Armando hubiera hecho lo que sea por ella.

Al día siguiente en la mañana, Armando recibió una carta de Margarita en la que decía que estaba enferma y el medico le ha recomendado reposo, que se acostara temprano, pero para recompensarlo se verían al día siguiente al medio día. Armando tenia una corazonada que debía corroborar. Esa noche, Armando se fue a la casa de Margarita, vio que no había luz en la ventana del cuarto de Margarita, Armando toco la puerta, salio su empleado y le dijo que Margarita aun no había regresado, que no había nadie en casa. Armando decidió esperar en a calle, a las doce de la noche, se acerco y se detuvo en la puerta de la casa un coche, el coche del conde. El conde toco a la puerta, pero el pudo entrar y no salio hasta las cinco de la mañana. Armando quedo muy decepcionado, se sentía destrozado por dentro, al saber que la mujer a la que el ama, lo engaña, siempre lo había engañado. Cuando Armando llego a su casa, le escribió una carta a Margarita en la que le decía que la indisposción del día anterior haya sido poca cosa, porque el fue a las once de la noche y le dijeron que aun no había llegado, pero que el conde fue mas afortunado que el, que no tiene el suficiente dinero para amarla y que le devolvía su llave que nunca utilizo y le seria de mucha ayuda si se enferma muy seguido como esa noche. Armando no esperaba respuesta, pero al mandarla se dio cuenta que era todo lo contrario. Armando pensó que la respuesta iba a llegar muy pronto, pero pasaron las horas y no llegaba nada, asustado ya, pensando que podría perder a Margarita va a buscarla. Cuando Margarita le abre la puerta, Armando agacho la cabeza y pidió perdón a Margarita. Ella le dijo que era la tercera vez que lo perdonaba, Armando le pregunto si lo amaba, ella le dijo que lo amaba mucho. Armando le pregunta que si es así, porque lo engaño, , Margarita le dijo que necesitaba conseguir veinte mil francos para pagar una deuda y poder huir con el al campo, Armando le pregunto porque no le había pedido, ella le dijo que el los iba a conseguir como sea. ella no quería que se sacrifique por ella, mucho menos ser su mantenida, que a el lo amaba. Margarita termino la conversacion diciendo con una gran sonrisa e¡que al día siguiente se mudaran al campo.

El tiempo que vivieron en el campo, fue un tiempo mágico para los dos, iban a ver el ocaso, sentarse en el bosque o quedarse en cama todo el día. Cierto día, Margarita le hizo recordar a Armando que cuando el le preguntaba si la amaba y no sabia que responder, no era mentira, no sabia que se podía sentir el amor de esa forma y ahora que conocía esa forma de vivir, moriría si tuviera que volver al pasado, que le jurar que no la dejara nunca, Armando se lo juro, y ella le dijo que era la mujer mas feliz del mundo y lo amaba fervientemente. Prudencia iba a visitarlos de ves en cuando, pero escribía cartas dirigidas a Margarita que hacían que se preocupara, cierto día, Prudencia fue a llevarse el coche de Margarita, días después, se llevo un chal y luego las joyas. Cuando pudo, Armando le dio una excusa a Margarita para irse a París. Cuando llego, lo primero que hizo fue ir a casa de Prudencia. Ya en su casa, Armando le pregunto que había hecho con los caballos y el chal, Prudencia le dijo que se habían vendido, luego pregunto por las joyas, dijo que las habían empeñado. Armando le pregunto en que había usado ese dinero. Prudencia le dijo que con ese dinero había pagado deudas, que Margarita debía treinta mil francos, que cuando el conde se entero que Margarita tenia un amante mas, se desentendió con las deudas de Margarita y los acreed0res ya estaban cobrando las deudas atrasadas, que le había recomendado que regrese con el conde o le pida disculpas al duque, pero ella no ha querido hacer ninguna de las dos recomendaciones, decía que amaba a Armando. Armando le dijo que el el pagaría lo que debe. Prudencia le dijo que debía conseguir los treinta mil francos antes de dos meses.

Armando fue a buscar a su padre para pedirle dinero. En cuanto Armando se lo dijo, su padre le grito diciendo que el dinero no podría ser para esa prostituta. Armando le dijo que ya había cambiado, que eso ya era parte del pasado. El padre le dijo que no lo aceparía jamas y tenía que dejarla. Armando le dice que eso era algo que iba mas allá de sus fuerzas. Entonces, su padre le dijo que los sesenta mil francos que su madre le heredo son su única fortuna, que abriera los ojos. Armando le dijo que no la iba a dejar, su padre le dijo que estaba completamente loco, y se fue dándole un fuerte golpe a a puerta. Armando regreso a su casa de campo. margarita se le acerco corriendo a Armando y le da un fuerte abrazo. Margarita nota que Armando tiene algo extraño, le pregunta que le sucede, Armando le cuenta lo ocurrido. margarita le pregunta si la va a dejar, Armando le dice que nunca la dejaría, que algún día cambiaria de opinión y si no ocurría, no tenia importancia. Margarita le dijo que no pensara en eso, que regresara al día siguiente, para ese día ya había reflexionado. Armando regreso al día siguiente a la casa de su padre, pero no había nadie, Armando espero hasta la noche, pero no llego. Armando regreso a su casa de campo, se sorprendió al ver que Margarita no estaba esperándolo en la ventana, la encontró sentada frente a la chimenea, muy pensativa, cuando Armando la beso, ella se estremeció. Margarita le pregunto por su padre, Armando le dijo que no lo encontró, Margarita le dijo que tenia que volver al día siguiente, Armando le dijo que ya había hecho todo lo que podía, pero Margarita volvió a insistir y le dijo que volviera al día siguiente, Armando acepto. El resto del día, Margarita estuvo comportandose de forma extraña. Se durmió en los brazos de Armando y cuando dormía, denotaba que su tenia malos sueños. Al día siguiente, Armando se fue a la casa de su padre. Armando se sorprendió por la forma en que lo recibió su padre, lo recibió de una forma muy alegre, le dijo que había averiguado y si tenia una amante, se sentía muy feliz de que sea Margarita Gautier, que tenían su bendición. Armando se sintió muy alegre cuando escucho las palabras de su padre.

Armando regreso a su casa, pero ninguna de las ventanas estaba iluminada. Armando le pregunto a la sirvienta si Margarita ya estaba dormida, ella le dijo que no, que se había ido a París, una hora despues que el. Armando estaba muy confundido, penso que Prudencia le habia mandado una carta que requeria de su presencia, pero no tenia sentido. Armando se desesperaba mientras pasaba el tiempo, hasta que sonaron las doce de la noche. En ese momento, salio corriendo a buscar a Margarita. Armando estava completamente desesperado, cada coche que pasaba se imaginaba a Margarita, pero era en vano, no aparecia. Armando, cansado de buscar, ensillo un viejo caballo y se dirigio a París. Llego a la antigua casa de margarita, pego el oido a la puerta intentando oir algo, pero era en vano. Entro, todo estava como lo habian dejado. Fue a buscar a Prudencia, pero tampoco habia nadie. Se dirigio donde el portero y le pregunto por margarita, el le dijo que si, le pregunto si era Armando, el le dijo que si, si tenia algun recado para el, le dijo que tenia una carta que le habian dejado a Prudencia, que ella se lo habia encargado. Armando reconocio la letra de Margarita. La carta decia que cuando el leyera esa carta, ella seria la amada de otro hombre y todo habria acabado. Armando no podia creer lo que decia la carta, regreso a su casa, y leyo y releyo la carta cada vez que podia y se echaba a llorar. Asi estuvo durante un mes. Cierto dia, cuando Armando estava paseando, vio que Margarita pasaba en un carruaje, habia recuperado sus caballos. Armando saludo a Margarita y ella solo le respondio con una sonrisa. Armando decidio que margarita pagaria por lo que le habia hecho. Se dirigio a la casa de Prufencia, ella le dijo que Margarita habia estado alli unos minutos antes, pero cuando esucho su nonbre se retiro. Armando no supo que decir, le conto a Prudencia que la habia visto minutos atras en un coche con una joven, le pregunto si la conocia, ella le pidio que la describiera, el le dijo como era, Prudencia le dijo que era Olimpia, ua vieja amiga de Margarita. Armando decidio que Olimpia seria su nueva querida y asi haria pagar a Margarita por su dolor. Armando se entero que Olimpia daria una fiesta, penso que Margarita estaria presenta, asi que se hiso invitar. En la fiesta, Margarita estava bailando con el conde, Armando se sintio destrosado al verla, pero sabia lo que iba a hacer y se dirigio hacia Olimpia. Cuando se le acerco, le pidio que bailaran, Olimpia acepto. Cuando bailaban, Armando le deciaa Olimpia que ella era la mujer mas hermosa que habia conocido, que hace un poco tiempo la conoce y ya estava enamorado de ella. Olimpia le dijo que nella no pensaba eso, creia que el seguia enamorado de Margarita y solo la estava usando para ponerla celosa, le dijo que ella sera joven, pero conoce bien a los hombres. Armando le dijo que tenia trecientos Luises solo para ella, Olimpia termino aceptando la propuesta de Armando.

Armando realizo todas las locuras que solianhacer las personas enamoradas. Margarita y Olimpia, dejaron de hablarse. Armando la llenaba de regalos, el rumor de su nuevo romance se habia propagado por todo paris. margarita dejo de asistir a los eventos publicos por temor a encontrarse con Armando y Olimpia. Pero cierta noche, Olimpia se acerco a Armando furiosa. Le dijo que Margarita, su antigua querida, la habia avergonzado, la habia insultado, Olimpia pedia que Armando se enfrente a Margarita, que la obligue a pedirle perdon. Armando hizo todo lo que Olimpia le pidio, y todo lo malo que habia encontrado en Margarita, lo escribio en la carta que le escribio. Margarita en persona, fue a hablar con Armando. Ese dia, Margarita estaba muy enferma. Margarita le dijo a Armando que le habia hecho mucho daño, y ella no le habia hecho nada, que estaba muy enferma, tenia fiebre, habia salido de su cama para ir y pedirle compasion. Armando le dijo que el sufrio la noche que despues del campo, feu a buscarla a París y solo encntro esa carta, Margarita le dijo que no fue para hablar de eso, Armando dio un grito. Armando, le pregunto muy agitado si tenia razones para haber hecho lo que hizo, Margarita le dijo que si habian, Armando le pregunto cuales eran, ella le dijo que no podia decirle. Armando la acuso de mentirosa, Margarita trato de irse, pero Armando se acerco y la cogio del brazo. Armando le dijo que no se iria, que a pesar de lo que le habia hecho, aun la seguia amando. Margarita se desvistio y le dijo que hiciera con ella lo que quisiera. Armando se le acerco, la cargo en sus brazos y la llevo a su cama trato de calentarla con sus caricias, pero ella seguia con frio, siguieron despiertos hasta el amanecer. Armando le preopuso huir nuevamente, margarita le dijo que no, serian muy desgraciados, ella no podia hacerlo feliz, que no volviera a unir su destino con el de ella. Cuando se fue, Armando se quedo muy asustado por la soledad que sentia. Armando se quedo pensando por dos horas mas. Decidio que iba a convencerla para que huyan, pero sin saber que decirle, pero iba a lograrlo. Armando se dirigio a la casa de Margarita, alli, la criada lo recibio y le dijo que no podia entrar, que el conde estaba alli y Margarita habia dado la orden de que nadie entrara.

Armando decidio que viajaria a oriente. Alli se entero por una carta que Margarita estaba muy enferma. Armando volvio a sentir amor por Margarita y le escribio una carta en la que le decia que lo esperara, que volviera a perdonarlo. Margarita le envio una carta en la que decia que daba gracias porque el seguia bien, que no lo volvera a ver, porque estava moribunda y que miles de leguas los separaban y ella lo perdonaba todo de corazon, que cuando el regrese, se enterara de la razon de lo que habia pasado entre ellos. Armando regreso inmeditamanete a París, pero fue muy tarde, cuando llego, Margarita habia muerto. Margarita habia dejado unas cartas para Armando en las que explicaba lo que habia sucedido, asi Armando se entero que fue su padre el que habia convencido a Margarita de romper el compromiso. Armando se entero que el dia, que Margarita estaba agonizando, pronuncio su nombre varias veces. Armando se dirgio al cementerio, hizo que sacaran su ataud y lo destaparan, para que le diera el ultimo adios a su amada y pedirle perdon, a la que fue la mujer mas hermosa que paso por su vida.

A continuacion un capitulo de "La Dama de las Camelias":

Capítulo XIX

En las tres primeras cartas mi padre se preocupaba por mi silencio y me preguntaba la causa; en la última me daba a entender que le habían informado de mi cambio de vida y me anunciaba su próxima llegada.

Siempre he sentido un gran respeto y un sincero afecto por mi padre. Así que le respondí que un pequeño viaje había sido la causa de mi silencio, y le rogaba que me avisara del día de su llegada para poder salir a recibirlo.

Di a mi criado mi dirección en el campo, encargándole que me llevara la primera carta que llegara timbrada de la ciudad de C..., y volví a salir en seguida para Bougival.

Marguerite me esperaba a la puerta del jardín.

Su mirada expresaba inquietud. Me saltó al cuello y no pudo evitar decirme:

––¿Has visto a Prudence?

––No.

––¡Has estado mucho tiempo en Paris!

––Es que he recibido unas cartas de mi padre y he tenido que contestarle.

Unos instantes después entró Nanine muy sofocada. Marguerite se levantó y habló con ella en voz baja.

Cuando salió Nanine, Marguerite volvió a sentarse a mi lado me dijo cogiéndome la mano:

––¿Por qué me has engañado? Has ido a casa de Prudence.

––¿Quién te lo ha dicho?

––Nanine.

--¿Y cómo lo sabe?

––Porque te ha seguido.

––¿Entonces le dijiste tú que me siguiera?

––Sí. Pensé que tenía que haber un motivo poderoso para hacerte ir así a París, a ti que no me has dejado en cuatro meses.

Temía que lo hubiera ocurrido una desgracia o quizá que fueras a ver a otra mujer.

––¡Qué cría eres!

––Ahora estoy tranquila; sé lo que has hecho, pero no sé aún lo que te han dicho.

Enseñé a Marguerite las cartas de mi padre.

––No es eso lo que te pregunto: lo que me gustaría saber es para qué has ido a casa de Prudence.

––Para verla.

––Estás mintiendo, amigo mío.

–Bueno, pues he ido a preguntarle si el caballo estaba mejor, y si ya no le hacía falta tu chal de cachemira ni tus joyas.

Marguerite enrojeció, pero no respondió.

Y ––continué–– me he enterado del uso que has hecho de los caballos, de las cachemiras y de los diamantes.

––¿Y estás enfadado conmigo?

––Estoy enfadado contigo por no habérsete ocurrido pedirme lo que necesitaras.

––En una relación como la nuestra, si la mujer tiene aún un poco de dignidad, debe imponerse todos los sacrificios posibles antes que pedir dinero a su amante y ofrecer un aspecto venal a su amor. Tú me quieres, estoy segura, pero no sabes lo frágil que es el hilo que sujeta al corazón el amor que se siente por chicas como yo. ¿Quién sabe? ¡Quizá un día de mal humor o de aburrimiento lo imaginaras ver en nuestra relación un cálculo hábilmente combinado! Prudence es una charlatana. ¡Para qué quería yo los caballos! Vendiéndolos, economizo; puedo pasarme sin ellos perfectamente y así no me gastan nada. Todo lo que te pido es que me quieras, y tú me querrás lo mismo sin caballos, sin cachemiras y sin diamantes.

Lo dijo todo en un tono tan natural, que se me saltaron las lágrimas escuchándola.

––Pero, mi buena Marguerite ––respondí estrechando amorosamente las manos de mi amante––, sabías perfectamente que un día a otro me enteraría de ese sacrificio y que el día que me enterase no lo toleraría.

––¿Pero por qué?

––Pues porque no puedo entender que el cariño que sientes por mí tenga que privarte ni siquiera de una joya, niña mía. Tampoco yo quiero que en un momento de malhumor o de aburrimiento puedas pensar que, si vivieras con otro hombre, esos momentos no existirían y que te arrepientas ni por un minuto de vivir conmigo. Dentro de unos días tus caballos, tus diamantes y tus chafes de cachemira te serán devueltos. Te son tan necesarios como el aire a la vida, y quizá sea ridículo, pero te prefiero suntuosa antes que sencilla

––Entonces es que ya no me quieres.

––¡Loca!

––Si me quisieras, me dejarías quererte a mi manera; por el contrario, tú continúas viendo en mí sólo una chica a quien ese lujo le resulta indispensable y que sigues creyéndote obligado a pagan Te da vergüenza aceptar pruebas de mi amor. Sin querer, piensas abandonarme un día a intentas por todos los medios poner tu delicadeza al abrigo de toda sospecha. Times razón, amigo mío, pero yo esperaba algo mejor.

Y Marguerite hizo un movimiento para levantarse; la retuve diciéndole:

––Quiero que seas feliz y que no tengas nada que reprocharme, eso es todo.

––¡Y vamos a separarnos!

––¿Por qué, Marguerite? ¿Quién puede separarnos? ––grité.

––Tú, que no quieres permitirme que comprenda tu posición, y tienes la vanidad de velar por la mía; tú, que, al conservarme el lujo en medio del que he vivido, quieres conservar la distancia moral que nos separa; tú, en fin, que no crees que mi cariño sea lo suficientemente desinteresado para compartir conmigo tu fortuna, con la que podríamos vivir felices juntos, y prefieres arruinarte, esclavo como eres de un prejuicio ridículo. ¿Crees que yo comparo un coche y unas joyas con tu amor? ¿Crees que para mí la felicidad consiste en las vanidades con que una se contenta cuando no ama nada, pero que se convierten en algo muy mezquino cuando ama? Tú pagarás mis deudas, malbaratarás tu fortuna ¡y me mantendrás al fin! ¿Cuánto tiempo durará todo eso? Dos o tres meses, y entonces será demasiado tarde para emprender la vida que propongo, pues entonces lo aceptarías todo de mí, y eso es lo que un hombre de honor no puede hacer.

Mientras que ahora times ocho o diez mil francos de renta, con los cuales podemos vivir. De lo que tengo, yo venderé lo superfluo, y sólo con esa venta me haré con dos mil libras al año. Alquilaremos un lindo pisito en el que nos quedaremos los dos. En verano vendremos al campo, pero no a una casa como ésta, sino a una casita suficiente para dos personas. Tú eres independiente, yo soy libre, somos jóvenes; en nombre del cielo, Armand, no vuelvas a arrojarme a la vida que me vi obligada a llevar en otro tiempo.

Yo no podía responder. Lágrimas de agradecimiento y de amor inundaban mis ojos, y me precipité en los brazos de Marguerite.

––Quería arreglarlo todo sin decirte nada ––prosiguió––, pagar todas mis deudas y preparar mi nuevo piso. En octubre habríamos vuelto a Paris y te lo hubiera dicho todo; pero, puesto que Prudence te lo ha contado todo, es preciso que consientas antes en lugar de consentir después. ¿Me quieres lo bastante para hacerlo?

Era imposible resistirse a tanta abnegación. Besé las manos de Marguerite con efusión y le dije:

––Haré todo lo que quieras.

Quedó, pues, convenido lo que ella había decidido.

Entonces se volvió loca de alegría: bailaba, cantaba, se regocijaba de la sencillez de su nuevo piso y me consultaba ya acerca de su distribución y del barrio.

La veía feliz y orgullosa de aquella resolución, que parecía que iba a acercarnos definitivamente el uno al otro.

Así que yo tampoco guise ser menos que ella.

En un instante decidí mi vida. Hice un balance de mi fortuna, y dejé en manos de Marguerite la renta que procedía de mi madre y que me pareció muy insuficiente para recompensar el sacrificio que aceptaba.

Me quedaban los cinco mil francos de pensión que me pasaba mi padre y, sucediera lo que sucediese, siempre tendría bastante con esa pensión anual para vivir.

No dije a Marguerite lo que había resuelto, convencido cómo estaba de que rechazaría aquella donación.

Dicha renta procedía de una hipoteca de sesenta mil francos sobre una casa que yo ni siquiera había visto.

Todo lo que sabía es que cada trimestre el notario de mi padre, un viejo amigo de nuestra familia, me enviaba setecientos cincuenta francos contra un simple recibo.

El día en que Marguerite y yo nos vinimos a París para buscar piso, fui a ver al notario y le pregunté de qué modo debía proceder para hacer la transferencia de aquella renta a otra persona.

El buen hombre me creyó arruinado y me preguntó por la causa de aquella decisión. Y, como más pronto o más tarde tendría que decirle en favor de quién hacía aquella , donación, preferí contarle en seguida la verdad.

No me hizo ninguna de las objeciones que su posición de notario y de amigo le autorizaba a hacerme, y me aseguró que se encargaría de arreglarla todo del mejor modo posible.

Naturalmente le recomendé la mayor discreción respecto a mi padre, y fui a reunirme con Marguerite, que me esperaba en casa de Julie Duprat, en donde había preferido bajarse antes de tener que escuchar los sermones de Prudence.

Nos pusimos a buscar piso. Todos los que veíamos a Marguerite le parecían demasiado caros y a mí demasiado sencillos. Sin embargo acabamos por ponernos de acuerdo, y en uno de los barrios más tranquilos de París alquilamos una especie de chalecito, aislado del edificio principal.

Detrás del chalecito se extendía un jardín encantador, un jardín que dependía de él, rodeado de paredes lo suficientemente elevadas para separarnos de nuestros vecinos, y lo suficientemente bajas como para no limitarnos la vista.

Era más de lo que habíamos esperado.

Mientras me dirigía a mi casa para dejar libre mi piso, Marguerite iba a ver a un hombre de negocios que, según decía ella, había hecho ya por una de sus amigas lo que iba a pedirle que hiciera por ella.

Vino a buscarme a la calle de Provence encantada. Aquel hombre le había prometido pagar todas sus deudas, darle los recibos correspondientes y entregarle veinte mil francos a cambio de todos sus muebles.

Ya ha visto usted, por el precio que alcanzó la subasta, que aquel honrado varón habría ganado más de treinta mil francos con su cliente.

Volvimos muy contentos a Bougival, sin dejar de comunicarnos nuestros proyectos para el futuro, que, gracias a nuestra despreocupación y sobre todo a nuestro amor, se nos aparecía de color de rosa.

Ocho días después estábamos comiendo, cuando Nanine vino a decirme que mi criado preguntaba por mí.

Mandé que entrara.

––Señor ––me dijo––, su padre ha llegado a París, y le ruega que vuelva en seguida a casa, donde lo está esperando.

Aquella noticia era la cosa más simple del mundo y, sin embargo, al recibirla Marguerite y yo nos miramos.

Adivinábamos una desgracia tras aquel incidente.

Así que, sin que me hiciera partícipe de aquella impresión que yo compartía, respondí tendiéndole la mano:

––No temas.

––Vuelve lo antes posible ––murmuró Marguerite abrazándome––, te esperaré a la ventana.

Envié a Joseph a decir a mi padre que ya iba.

En efecto, dos horas después, estaba en la calle de Provence.

miércoles, 20 de enero de 2010

Gustavo Adolfo Bécquer (España; Sevilla, 17/02/1836 - Madrid, 22/12/1870)
Nacido en Sevilla el 17 de Febrero de 1836 y fallecido en Madrid el 22 de Diciembre de 1870, Gustavo Adolfo Domínguez Bastida, mejor conocido como Gustavo Adolfo Becquer, es el maximo exponente del romanticismo español. Tanto Gustavo como su hermano, valeriano, mostraron un prodigioso talento para la pintura, oficio que su padre les lego. Desde niños, por la antigua historia familiar que tenian, los hermanos, no usaron su verdadero apellido, sino usaban el apellido Becquer, de los ancestros de parte de su padre. Los hermanos Becquer quedaron hueranos de padre, cuando Gustavo tenia solo cinco años de edad. Los hermanos siguieron oracticando la vocacion de pintores. Gustavo entro a la escuela de nautica de San Telmo cuando tenia diez años, donce recibe clases de un alumno del poeta Alberto Lista, es aqui donde Becquer descubre su pasion por la literatura y deja poco a poco la pintura. En 1847, los Becquer queda huerfano de madre, los hermanos se fueron a vivir con unos tios, los hermanos Becqeuer se hicieron mas unidos en ese tiempo. Un año despues de ser adoptados, cierran el colegio de nautica de San Telmo, dejando a Gustavo completamente desorientado y obligandolo, a su hermano tambien, a irse a vivir con su madrina, mujer tranquila, con sensibilidad literaria. En la casa de su madrina, estudio con el esposo de ella, que era un poeta, aca, Becquer trata de regresar a la pintura, pero el esposo de su madrina, al ver su talento artistico y literario. le dice: "Tú no serás nunca un buen pintor, sino mal literato". Pero a pesar de esta dura critica, lo siguio estimulando para que escribiera poesia, ademas de pagarle clases de latin.

En 1854, tiene varios intentos escribiendo, pero no tuvo mucho exito . Escribe algunos dramas con sus amigos, pero el firma su nombre bajo el pseudonimo de "Gustavo Garcia". Ese mismo año, viaja con su hermano a Toledo con el fin de inspirarse, pero sufre una gran decepcion por la bohemia que alli se presentava, cae en crisis. En 1857, descubren que tiene tuberculosis, enfermedad que le cusaria la muerte. Trabajo dentro de la direccion de bienes nacionales, pero perdio el trabajo porque su jefe lo encontro dibujando. Ese mismo año, su pesimismo fue creciendo, pero gracias a los cuidados de sus amigos, recupero su salud corporal y mental. Ademas, ese año, comienza a estudiar el arte cristiano español, que lo ayudo a publicar el primer tomo de "Historia de los Templos de España". En 1858, recayo nuevamente, durante esta nueva convalecencia, publica su primera leyenda bajo el nomber de "El Caudillo de las Manos Rojas", ademas, conoce a las hermanas Espin, Josefina y Juliana, a primera instancia, se enamora de Josefina, pero luego, descubre que realmente ama a Julia.

Becquer, con su nuevo amor, comienza a escrbiri sus primeras rimas, pero Juila estava insatisfecha, veia a Gustavo como un ser mediocre y le disgustaba mucho la vida bohemia que llevava, la relacion llego a su fin en 1860. Ese mismo año, se enamora perdidamente de Elisa Gillen, pero ella se canso muy rapido de el y lo abandona. El poeta cae en una terrible depresion. Becquer aprovecha esta depresion y publica "Cartas Literarias a una Mujer", donde explica el origen romantico e inefable de sus rimas. Un amigo le consigue un trabajo en un periodico local el que escribia cronicas, de politica y de literatura. Se enamora nuevamente y se casa con Casta Esteban en 1861. En 1862, nace su primer hijo, en ese momento, la familia vive en la casa que es propiedad de Casta, pero con lo que gana en el periodico, se compra una casa para que descanse, donde escribe la mayoria de sus obras cumbres. En 1863, tiene una nueva recaida de la cual se recupera repidamente, viaja a Sevilla, donde tiene varios trabajos junto a su hermano, pero su relacion con su esposa no era muy buena por la presencia de su hermano en su casa y las antipatias entre Valeriano y su Casta. En 1864, un viejo amigo de Gustavo le consigue trabajo como Censor de novelas, que le permite dejar su antiguo trabajo en el periodico y mudarse aMadrid, donde desempeñaria el trabajo hasta 1867, año en que nace su segundo hijo.

Sus obras mas conocidas son: "Cartas desde mi Celda", "La Cruz del Diablo", "Historia de los Templos de España", "Cartas literarias a una mujer", "El Caudillo de las Manos Rojas", "La Ajorca de Oro", El Monte de las Animas", "La Creacion", "El Rayo de Luna", "La Miserie", etc.

En 1868, recibe la terrible noticia de que su esposa tiene un amante, ademas, sus libros pierden fama y se dejan de publicar. Para huir de los problemas, viaja nuevamente hacia Toledo,solo , durante su estancia alli, nace su tercer hijo, pero causa mas problemas, porque surgen rumores de que es del amante de Casta y no de Becquer. A partir de estos rumores, la relacion entre Casta y Valeriano empeora, pero a pesar de los rumores, gustavo le sigue escribiendo a su esposa. En Septiembre de 1870, fallece su hermano, despues de ese tragico acontecimiento, Becquer recibe una oferta para que vaya a Madrid como dibujante, acepta la propuesta, pero cuando lelga a Madrid, tiene un fuerte recaida. Mientras agonizaba, Becquer le pidio a un amigo muy cercano que quemara sus cartas el decia: "serían mi deshonra", pero le pidio que publicaran sus rimas, Becquer decia al respecto: Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo". Becquer dejo de existir el 22 de Diciembre de 1870 y con sus ultimas fuerzas dijo: "Todo mortal"

Desde mi Celda (Desde mi Celda)



Queridos amigos: Heme aquí transportado de la noche a

la mañana a mi escondido valle deVeruela; heme aquí

instalado de nuevo en el oscuro rincón del cual salí por

un momento para tener el gusto de estrecharos la mano

una vez más, fumar un cigarro juntos, marchar un poco y

recordar las agradables aunque inquietas horas de mi

antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra,

particularmente hoy que todos los grandes centros de

población se parecen, apenas se percibe el aislamiento

en que nos encontramos, antojándosenos al ver la

dentidad de los edificios, los trajes y las costumbres, que
al volver la primera esquina vamos a hallar la casa a que
concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes
a quienes teníamos costumbres de ver y hablar de
continuo. En el fondo de este valle, cuya melancólica
belleza impresiona profundamente, cuyo eterno silencio
agrada y sobrecoge a la vez, diríase, por el contrario,
que los montes que lo cierran como un valladar
inaccesible nos separan por completo del mundo.
Tan notable es el contraste de cuanto se ofrece a

nuestros ojos, tan vagos y perdidos quedan al
confundirse entre la multitud de nuevas ideas y

sensaciones los recuerdos de las cosas más recientes.
Ayer con vosotros en la tribuna del Congreso, en la

redacción, en el Teatro Real, en La Iberia; hoy,

sonándome aún en el oído la última frase de una

discusión ardiente, la última palabra de un artículo de

fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso rumor

de cien conversaciones distintas, sentado a la lumbre de

un campestre hogar donde arde un tronco de carrasca

que salta y cruje antes de consumirse, saboreo en

silencio mi taza de café, único exceso que en estas

soledades me permito, sin que turbe la honda calma que

me rodea otro ruido que el del viento que gime a lo largo

de las desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros

del monasterio o corre subterránea atravesando sus

claustros sombríos y medrosos.

Una muchacha, con su zagalejo corto y naranjado, su

corpiño oscuro, su camisa blanca y cerrada sobre la que

brillan dos gruesos hilos de cuentas rojas, sus medias

azules y sus abarcas atadas con un listón negro que

sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de la

pierna, va y viene cantando a media voz por la cocina,

atiza la lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros

donde se condimenta la futura cena y dispone el agua

hirviente, negra y amarga, que me mira beber con

asombro. A estas alturas y mientras dura el frío, la cocina

es el estrado, el gabinete y el estudio.

Cuando sopla el cierzo, cae la nieve o azota la lluvia los

vidrios del balcón de mi celda, corro a buscar la claridad

rojiza y alegre de la llama, y allí, teniendo a mis pies al

perro que se enrosca junto a la lumbre, viendo brillar en

el oscuro fondo de la cocina las mil chispas de oro con

que se abrillantan las cacerolas y los trastos de la

espetera, al reflejo del fuego, cuántas veces he

interrumpido la lectura de una escena de La tempestad

de Shakespeare, o del Caín de Byron, para oír el ruido del

agua que hierve a borbotones, coronándose de espuma y

levantando con sus penachos de vapor azul y ligero la

tapadera de metal que golpea los bordes de la vasija. Un

mes hace que falto de aquí y todo se encuentra lo mismo

que antes de marcharme. El temeroso respeto de estos

criados hacia todo lo que me pertenece no puede menos

de traerme a la imaginación las irreverentes limpiezas, los

temibles y frecuentes arreglos de cuarto de mis patronas

de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos de polvo, pero

con las mismas señales y colocados en el orden en que

yo los tenía, están aún mis libros y mis papeles. Más allá

cuelga de un clavo la cartera de dibujo; en un rincón veo

la escopeta, compañera inseparable de mis filosóficas

excursiones, con la cual he andado mucho, he pensado

bastante y no he matado casi nada. Después de apurar

mi taza de café, y mientras miro danzar las llamas

violadas, rojas y amarillas a través del humo del cigarro

que se extiende ante mis ojos como una gasa azul, he

pensado un poco sobre qué escribiría a ustedes para El

Contemporáneo, ya que me he comprometido a contribuir

con una gota de agua a llenar ese océano sin fondo, ese

abismo de cuartillas que se llama un periódico, especie de

tonel que, como al de las Danaidas, siempre se le está

echando original y siempre está vacío.
Las únicas ideas que me han quedado como flotando en

la memoria y sueltas de la masa general que ha

oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren

a los detalles de éste, detalles que carecen en sí de

interés, que en otras mil ocasiones he podido estudiar,

pero que nunca, como ahora, se han ofrecido a mi

imaginación en conjunto y contrastando entre sí de un

modo tan extraordinario y patente.
los diversos medios de locomoción de que he tenido
que

servirme para llegar hasta aquí me han recordado épocas

y escenas tan distintas que algunos ligeros rasgos de lo

que de ellas recuerdo, trazados por pluma más avezada

que la mía a esta clase de estudios, bastarían a

bosquejar un curioso cuadro de costumbres.
Como por todo equipaje no llevaba más que un pequeño

saco de noche, después de haberme despedido de

ustedes llegué a la estación del ferrocarril a punto de

montar en el tren. Previo un ligero saludo de cabeza

dirigido a las pocas personas que de antemano se

encontraban en el coche y que habían de ser mis

compañeras de viaje, me acomodé en un rincón

esperando el momento de arrancar, que no debía tardar

mucho, a juzgar por la precipitación de los rezagados, el

ir y venir de los guardas de la vía y el incesante golpear

de las portezuelas. La locomotora arrojaba ardientes y

ruidosos resoplidos como un caballo de raza, impaciente

hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el

hipódromo. De cuando en cuando una pequeña oscilación

hacía crujir las coyunturas de acero del monstruo; por

último sonó la campana, el coche hizo un brusco

movimiento de adelante a atrás y de atrás a adelante, y

aquella especie de culebra negra y monstruosa partió

arrastrándose por el suelo a lo largo de los rails y

arrojando silbidos estridentes que resonaban de una

manera particular en el silencio de la noche. La primera

sensación que se experimenta al arrancar un tren es

siempre insoportable. Aquel confuso rechinar de ejes,

aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de

ferretería ambulante, igual aunque en grado máximo al

que produce un simón desvencijado al rodar por una calle

mal empedrada, crispa los nervios, marea y aturde.

Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la

embriaguez de la carrera, algo de o vertiginoso que tiene

todo lo grande; pero como quiera que, aunque mezclado

con algo que place, hay mucho que incomoda, también

es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la

continuación de las impresiones embota la sensibilidad, no

se puede decir que se pertenece uno a sí mismo por

completo.
Apenas hubimos andado algunos kilómetros y cuando

pude hacerme cargo de lo que había a mi alrededor,

empecé a pasar revista a mis compañeros de coche;

ellos, por su parte, creo que hacían algo por el estilo,

pues con más o menos disimulo todos comenzamos a

mirarnos unos a otros de los pies a la cabeza.
Como dije antes, en el coche nos encontrábamos muy

pocas personas. En el asiento que hacía frente al en que

yo me había colocado y sentado de modo que los

pliegues de su amplia y elegante falda de seda me

cubrían los pies, iba una joven como de dieciséis a

diecisiete años, la cual, a juzgar por la distinción de su

fisonomía y ese no sé qué aristrocrático que se siente y

no puede explicarse, debía pertenecer a una clase

elevada; acompañábala un aya, pues tal me pareció una

señora muy atildada y fruncida que ocupaba el asiento

inmediato y que de cuando en cuando le dirigía la palabra

en francés para preguntarle cómo se sentía, qué

necesitaba, o advertirla de qué manera estaría más

cómoda. La edad de aquella señora y el interés que se

tomaba por la joven pudieran hacer creer que era su

madre, pero a pesar de todo yo notaba en su solicitud

algo de afectado y mercenario que fue el dato que desde

luego tuve en cuenta para clasificarla.
Haciendo vis a vis con el aya francesa y medio enterrado

entre los almohadones de un rincón, como viajero

avezado a las noches de ferrocarril, estaba un inglés alto

y rubio como casi todos los ingleses, pero más que

ninguno grave, afeitado y limpio. Nada más acabado y

completo que su traje de touriste, nada más curioso que

sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y

relucientes: aquí la manta escocesa sujeta con sus

hebillas de acero, allá el paraguas y el bastón con su

funda de vaqueta terciada al hombro la cómoda y

elegante bolsa de piel de Rusia. Cuando volví los ojos

para mirarle, el inglés, desde todo lo alto de su

deslumbradora corbata blanca, paseaba una mirada

olímpica sobre nosotros, y luego que su pupila verde,

dilatada y redonda se hubo empapado bien en los

objetos, entornó nuevamente los párpados de modo que

heridas por la luz que caía de lo alto, sus pestañas largas

y rubias se me antojaban a veces dos hilos de oro que

sujetaban por el cabo una remolacha, pues no a otra

cosa podría compararse su nariz. Formando contraste

con este seco y estirado gentleman que, una vez

entornados los ojos y bien acomodado en su rincón,

permanecía inmóvil como una esfinge de granito, en el

extremo opuesto del coche y ya poniéndose de pie, ya

agachándose para colocar una enorme sombrerera debajo

del asiento o recostándose alternativamente de un lado y

de otro, como al que aqueja un dolor agudo y de ningún

modo se encuentra bien, bullía sin cesar un señor como

de cuarenta años, saludable, mofletudo y rechoncho, el

cual señor, a lo que pude colegir por sus palabras, vivía

en un pueblo de los inmediatos a Zaragoza, de donde

nunca había salido sino a la capital de la provincia hasta

que, con ocasión de ciertos negocios propios del

ayuntamiento de que formaba parte en su país, había

estado últimamente en la corte como cosa de un mes.
Todo esto, y mucho más, se lo dijo él solo sin que nadie

se lo preguntara, porque el bueno del hombre era de lo

más expansivo con que he topado en mi vida, mostrando

tal afán por enredar conversación sobre cualquier cosa

que no perdonaba coyuntura. Primero suplicó al inglés le

hiciese el favor de colocar un cestito con dos botellas en

la bolsa del coche que tenía más próxima; el inglés

entreabrió los ojos, alargó una mano, y lo hizo sin

contestar una sola palabra a las expresivas frases con

que le agradeciera el obsequio. De seguida se dirigió a la

joven para preguntarle si la señora que la acompañaba

era su mamá. La joven le contestó que no, con una

desdeñosa sobriedad.

martes, 19 de enero de 2010

La Cruz Del Diablo (La Cruz del Diablo)


"Hace mucho tiempo atrás existió un grupo de moros que se apoderó de un pueblo. El líder de este grupo era un tipo desgraciado y temido por la gente del lugar.
Cierto día decide partir junto con varias de sus tropas de moros en una campaña por todo el territorio en busca de cristianos para matar, a modo de diversión, pues se había aburrido de aquel lugar.
El caso es que el tiempo pasó y el rey de los moros no volvió.
La gente del lugar recobró la fe y reconstruyó por fin una sociedad. Llegaron los misioneros y fundaron una Iglesia. Todos recobraron la alegría, trabajaban y vivían en paz.
Pasaron 3 años... y el tirano volvió.
Volvió montando su caballo, acompañado por varios moros; todos ellos con el cuerpo ensangrentado y lleno de tierra, como si vinieran de sobrevivir a una de las más terribles batallas. El rey, al ver todo cambiado, al ver que inclusive habían fundado un Iglesia y se había impuesto el cristianismo, estalló de ira.

Pero la gente al ver que su tirano había vuelto decide atacarle en sus dominios y acabar por fin con semejante hombre.
Fue una terrible batalla. Se dijo que el rey había hecho un pacto con Satanás para que los cristianos no ganaran. Pero no fue así. Cientos de hombres murieron, entre ellos el rey. Nadie se atrevió a enterrar los cuerpos, por lo que a aquel lugar lo denominaron tierra maldita y nadie se atrevía a entrar al lugar.
Otra vez paso el tiempo.
No se sabe en realidad como ni por qué paso. Se cree que fue una venganza del diablo mismo. Pero cierto día en aquel lugar empezaron a pasar cosas muy raras. Primero se decía que había luces, y que se escuchaban voces.
Empezaron a enviar hombres a ver que había allí, pero no volvían.
Solo uno logró volver, arrastrando su cuerpo, con el rostro deforme y el cuerpo cubierto en sangre. Según él, lo que vio fue un grupo de bandidos que se escondían en la tierra maldita. El alcalde decidió organizar un grupo de personas para ir atrapar a los bandidos. Cuando llegaron al lugar los bandidos escaparon y solo atraparon a uno, que había sido alcanzado por un cuchillo en la espalda. El alcalde le pregunto que hacían en aquel lugar. El bandido moribundo le contó que ellos eran bandidos que huían y que decidieron venir a aquel lugar porque sabían que allí nadie entraba. Les dijo que una noche en que ellos discutían pensando en quien seria el líder, apareció un hombre cubierto totalmente por una armadura. Este hombre les infundió un terror y un respeto tal que ellos decidieron hacerlo su líder.
Entonces el bandido murió con una sonrisa en el rostro. La gente volvió aterrada al pueblo tras escuchar aquel relato. ¿Podía ser que el temido rey hubiera vuelto a vengarse?
La gente decidió acudir al padre Venancio. Él era el cura mas viejo del pueblo y la gente le respetaba. Cuando el alcalde le contó los hechos al cura, éste le respondió que lo mejor era pedirle un consejo al santo. El santo era un hombre adulto que se llamaba Bartolomé, pero le decían San Bartolomé. Pues el cura lo recogió una noche en la puerta de la Iglesia, cuando era un bebito abandonado y estaba cubierto por una manta que tenia el rostro de Cristo. Desde entonces se crío en medio de los curas y de la Iglesia, y por sus actos y su sabiduría, lo denominaron Santo.
Bartolomé les enseño una oración que según él serviría para inmovilizar al mismo demonio.
El alcalde volvió a organizar un gran grupo de personas, todas esperanzadas con la oración del santo.
Entonces la gente fue rezando al atacar a los bandidos y a capturar a su líder.
Como por un milagro del cielo la gente salió victoriosa y lograron capturar al líder. Uno de los hombres decide sacarle el casco al jefe para ver su rostro. Mas cuando se lo quita se da cuenta de que este no tenia cabeza. ‘No tiene cabeza, el hijo de puta no tiene cabeza...’ - se fue gritando. Y la gente quedó atemorizada. El alcalde lo manda llevar a una celda, para que a la mañana siguiente lo ejecuten.
Pero el cura al escuchar los rumores de que no tenia cabeza, decide ir donde Bartolomé a contarle. Bartolomé queda pensativo y decide ir a ver al prisionero. ‘Escúchame bien padrecito... - le indica Bartolomé - ...vamos a ir a la celda. Pero tu sólo me acompañas hasta la puerta. Yo entro solo y tu cierras la puerta con llave. Solo la abres cuando yo te lo pida, si no, corres para donde el alcalde y lo llamas. Yo voy a ver si realmente no tiene cabeza.’
Así pues en medio de la noche los dos van a la celda. Tal como lo indica Bartolomé, este entra solo con una antorcha y el cura cierra con llave.
El cura apenas podía ver la luz que la antorcha desprendía, ‘ten cuidado San Bartolomé’- le pidió el cura. Bartolomé caminó despacio y logró ver el cuerpo encadenado del hombre con la armadura. De repente, como por arte de magia, la antorcha se apagó. Bartolomé quedó en medio de las tinieblas. El cura, al percibir que se había apagado la luz de la antorcha, se sorprendió. ‘San Bartolomé, pasa algo? Entonces escuchó que el santo empezó a rezar. Rezaba y rezaba hasta que no se escuchó mas. El cura se desesperó, ‘San Bartolomé, San Bartolomé, estás bien? Bartolomé, que ocurre?
De pronto sintió unas pisadas que se acercaban a la puerta, y vio como alguien trataba de abrir la puerta. ‘Padre,... ya me puede abrir la puerta’- escuchó una voz. ‘San Bartolomé, que pasó?- le respondió. ‘Padre, ábrame la puerta, le pido...’. El cura deslizó lentamente la llave a la cerradura. Mas de repente sintió que forcejeaban la puerta. ‘Padre, le he dicho que me abra la puerta... ábrame la puerta, le pido.... vamos! Abre la maldita puerta cura desgraciadooo!!!’
El cura casi se desmaya. Sin perder un segundo se fue corriendo en medio de la oscuridad. Entonces escuchó como la puerta se derrumbaba... y de repente sintió un golpe en la espalda que lo dejó plantado en el suelo...
Al día siguiente el cura se despertó y se halló tirado en el suelo. Fue a la celda y no había nada. Desesperado corrió a donde el alcalde y le contó todo lo sucedido.
El rumor circuló por todo el pueblo. La gente se organizó nuevamente para encontrar a Bartolomé o para dar con el bandido. No lo encontraron por todo el pueblo. Hasta que decidieron ir a la tierra maldita.
Allí encontraron al hombre de la armadura todo deshecho en el suelo en una alfombra de sangre. Entonces el alcalde decidió quitarle el casco para comprobar que no tenia cabeza. Más que terrible fue su impresión al ver el rostro de Bartolomé con un 666 en su frente pintado con sangre...
La gente decidió incinerar el cuerpo con la armadura, para después enterrarlo y sobre el sepulcro colocar una gran cruz de metal al revés para advertir que nadie se atreva jamas a acercarse allí, por ello la bautizaron la cruz del diablo.