sábado, 11 de abril de 2009

El Gato Negro (The Black Cat)


Publicada en 1843, narrada en primera persona, trata la historia de un hombre que se vuelve alcohólico. Empieza contando como era que desde niño al protagonista le gustaron los animales y en especial le gustaban los gatos. Cuando se caso adquirió un gato negro y a su esposa le gusto mucho ese gato. pero paso el tiempo el hombre empezó a salir y llegar muy tarde, discutía con s esposa y volvía a salir. Pero una noche llego y vio al gato negro, su mascota preferida, se le acerca y con la mano le saca un ojo. El gato hulle despavorido en esos instantes y cada vez que llega el dueño a su casa corre sin pensarlo dos veces.

y así pasa el tiempo, el amo sale a emborracharse y cuando llega el gato huye. El hombre se vuelve loco al ver como es que su mascota e toda la vid hulle de el cuando lo ve. Hasta que un día se harta y coge al gato, agarra una cuerda y después lo cuelga des un árbol hasta que muere. A la semana siguiente del ahorcamiento la casa se incendia y cuando el hombre llega ve a un grupo de personas juntas alrededor de la única pared que no se destruyo en el incendio. cuando logra acercarse mas la pared ve, el boceto de un gato gigante ahorcado en la pared.

Paso el tiempo y se consiguió otra casa, siguió bebiendo, un día en la taberna vio a un gato negro que era igual al que el tenia. Le pregunto al tabernero si era de el y el le respondió que no sabia de quien era. El gato lo siguió hasta su casa. Pero se dio cuenta de que era igual al anterior excepto porque el tenia una mancha blanca en el pecho, con la forma inconfundible de una horca. un día bajaron al sótano, el dueño del gato y su esposa para hacer una tarea domestica y el gato los siguió. El hombre había cogido un hacha porque no aguantaba mas al gato y justo cuando le iba a pegar, la esposa pone su mano evitando el acontecimiento y el dueño no resiste mas y la da un hachazo a su esposa en la cabeza, cae muerta. El hombre encontro una pared que habían arreglado no hace mucho y saco unos ladrillos e introdujo el cuerpo de su esposa en el.

Después de eso no volvió a ver al gato responsable de tal acto. Al cuarto día después del asesinato fue la policía a buscarlo y empelaron a buscar en la casa. Buscaron y no encontraron nada y finalmente llegaron al sótano en donde estaba el cadáver oculto. Pero cuando acabaron empezo a sonar un maullido detrás de las paredes y el hombre se dio cuenta, de que había puesto al gato dentro de la pared junto al cadáver de su esposa. La policía removió las paredes y encontro el cuerpo junto con el estaba el gato negro que no paraba de maullar.


A Continuación un fragmento de "El Gato Negro" :

Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano con sus dientes una herida muy leve. Mi alma pareció que abandonaba mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mí ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita. Me avergüenzo, me consumo, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.

Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensación mitad horror mitad remordimiento, por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable pensamiento, y el alma no sufrió las heridas.
Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi criminal acción.
El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror.

Aún me quedaba lo bastante de mi benevolencia anterior para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación. Y entonces desarrollose en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la perversidad, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan seguro como existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano; una de las facultades o sentimientos elementales que dirigen al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía cometer? ¿No tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el Suplicio a que había condenado al inofensivo animal. Una mañana, a completa sangre fría, le puse un nudo corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciéndolo así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al punto de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios misericordioso y terrible.

En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fui despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló toda mi fortuna, y entonces me entregué a la desesperación.

No trato de establecer una relación de la causa con el efecto, entre la atrocidad y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno solo, y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido, situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido recientemente renovada. En torno de este muro agrupábase una multitud de gente y muchas personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras «¡extraño!» «¡singular!» y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente maravillosa.

Había una cuerda alrededor del cuello del animal.Al momento de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia, no podía por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios. Pero, al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido ahorcado en un jardín, contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín habría sido inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió haber sido descolgado del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta. Esto seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen, tal como yo la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas no pude hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, por que el suceso sorprendente que acabo de relatar, grabóse en mi imaginación de una manera profunda. Hasta pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este período envolvió mi alma un semi sentimiento, muy semejante al remordimiento. Llegué hasta llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de una figura parecida que lo reemplazara.

La Verdad Sobre el Caso del Señor Valdemar (The Facts in the Case of Mister Valdemar)

Publicada en 1845 y narrada en primera persona, la historia cuenta la extraña muerte del señor Valdemar. La historia empieza cuando el señor Valdemar le manda un telegrama a un viejo amigo pidiéndole que pueda pasar en su casa los últimos días que le quedan de vida. Llego junto con sus doctores. Se instalaron en las habitaciones y esperaron a que llegara la media noche (hora en la que iba a morir).
Cuando faltan 15 minutos para que llegara la media noche, el dueño de casa se le acerca y le pregunta "¿señor... esta dormido?" y el señor Valdemar siempre le contestaba "si no duermo... muero". Para la sorpresa de el dueño de casa y los doctores, el señor Valdemar sobrevivio a la noche en la que se creía iba a morir.
Pasaron así tres mese, el dueño de casa siempre le hacia la misma pregunta y el señor Valdemar le respondía siempre lo mismo. Los doctores no sabían que responder para explicar porque vivía mas tiempo de lo esperado. Hasta que un día el dueño de casa se le acerca y le da un suave movimiento y en cuestion de segundos el señor Valdemar se contrajo y se pudrió en las manos del dueño de casa.
A continuación un fragmento de "La Verdad Sobre el Caso del Señor Valdemar":


A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto. e
Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.
A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos. pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F... se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L...l y los enfermeros se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F...; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.
—Valdemar..., ¿duerme usted? —pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero tem-blor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audi-ble brotaban de ellos estas palabras:
—Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:
—¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar? La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:
—No sufro... Me estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F..., que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.
—Valdemar —dije—. ¿Sigue usted durmiendo? Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:
—Sí... Dormido... Muriéndome.
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

domingo, 5 de abril de 2009

Abraham Valdelomar (Perú; Ica 27/04/1888 - Ayacucho 02/11/1919)

Nacido en Ica el 27 de abril de 1888 y fallecido el 2 de noviembre de 1919, Pedro Abraham Valdelomar Pinto, es considerado uno de los grandes escritores peruanos post-modernistas. Estudio en la facultad de letras en la universidad de San Marcos. En 1912 participo en la campaña de Guillermo Billinghurst (que es electo presidente). Fundo la revista "colonida" bajo el seudónimo de : "El conde de Lemos". En uno de sus mas grandes artículos escribió: "¡No puede haber patria sin ciudadanos y no puede haber ciudadanos sin ecuación!".

Entre sus obras mas importantes están: el caballero carmelo, el vuelo de los cóndores, el hipocampo de oro, yerba santa, el llanto de Judas, etc. La mayoría de sus cuentos son contadas en primera persona y además on recuerdos de su infancia en el pueblo de "san Andrés de los pescadores".

En 1919 es elegido diputado y en la reunión siguiente se cae de las escaleras, se fractura la espina dorsal y sufre varios traumatismos que después le causarían la muerte.
El Caballero Carmelo (El Caballero Carmelo)


Publicada en 1913, es el relato mas famoso del autor peruano Abraham Valdelomar, narrada en primera persona, además es un recuerdo de la infancia del autor. La historia trata de la pelea entre dos gallos de pelea. La historia empieza cuando llega al hermano Roberto después de cinco años de viaje a el pueblo de "San Andrés" (Ica. Una vez adentro de la casa el hermano recién llegado empezó a repartir los regalos que había traído de todos los lugares a los que había ido. Al final le entrego un regalo a su padre, le había dado un gallo de pelea, para recordar los antiguos tiempos.

Al día siguiente el señor anfiloquio (el padre de la familia) llama a don Justo, su gallero. El le dijo que el gallo era de raza y que lo iba a preparar para las peleas. En un mes "el Carmelo" (que asi le habían puesto). Empezó a pelear y a ganar, los aficionados apostaron al otro gallo, pero después empezaron a apostar al carmelo. Ningún entrenador quería enfrentar a su gallo con el Carmelo porque sabían que su gallo iba a morir.

Y pasaron tres años y los miembros de la familia crecían mientras que el carmelo se envejecía. Cierta tarde el Padre de la familia les da la noticia de que le habían propuesto una pelea de gallos en lima. La familia se sorprendió de la decision del padre y se opusieron. El padre llamo a Don Justo y empezaron a preparar al Carmelo. Le daban una dieta especial y Don justo había ido 6 días seguidos antes de la pelea.

El día de la pelea le dieron la navaja que había usado en sus peleas anteriores. Y partieron los hombres hacia Lima para la gran pelea, mientras las mujeres se quedaron en la casa. cuando llegaron a la plaza se ubicaron y encontraron al retador. Primero vieron una pelea entre otros gallos, para luego ver la pelea entre el carmelo y el ajiseco (el retador). La pelea fue dura y los dos gallos dieron le mejor de si mismos. En un momento el carmelo callo al suelo pero después se levanto. El carmelo le dio un picotazo que hizo que cayera al suelo. Después de la pelea se llevaron al carmelo a su casa, mientras le curaban las heridas que le habían hecho en la pelea. Cuando llegaron las mujeres estavan todavía en la puerta. Dos días estuvieron cuidándolo al Carmelo, pero después de saltar y dar un canto de gloria, callo muerto y la familia se echo a llorar. Después del terrible acontecimiento se fueron a cenar y nuca mas se supo algo del carmelo.


A continuación un capitulo entero de "El Caballero Carmelo" :

Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés, el 28 de Julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el "Carmelo", cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestóse mi padre. Cambiáronse frases y apuestas; y aceptó. Dentro de un mes toparía el "Carmelo" con el "Ajiseco" de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor. El "Carmelo" iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros ¿por qué aquella crueldad de hacerlo pelear...?

Llegó el terrible día. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a preparar el "Carmelo". A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de Julio, por la tarde, vino el preparador y de una caja llena de algodones, sacó una media luna de acero con unas pequeñas correas: era la navaja, la espada del soldado. El hombre la limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica sacaron al gallo que el hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos hermanos lo acompañaron.

-¡Qué crueldad! -dijo mi madre.

Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesúsa, me dijo en secreto, antes de salir:

-Oye, anda con él... cuídalo... ¡Pobrecitto!...

Llevóse la mano a los ojos, echóse a llorar y yo salí pricipitadamente y hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos.

Llegamos a San Andrés. El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas agitábanse sobre las casas por el día de la Patria, que allí sabían celebrar con una gran jugada de gallos a los que solían ir todos los hacendados y ricos hombres del valle. En ventorrillos, a cuya entrada había arcos de sauces envueltos en colgaduras, y de los cuales pendían alegres quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras, pescado fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los invadía parlachín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres de mar lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas, sombreros de junco, alpargatas y pañuelos añudados al cuello.

Nos encaminamos a la "cancha". Una frondosa higuera daba acceso al circo, bajo sus ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos amigos, se instaló. Al frente estaba el juez y a su derecha el dueño del paladín "Ajiseco". Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta. Salieron por lugares opuestos dos hombres, llevando cada uno un gallo. Lanzáronlos al ruedo con singular ademán. Brillaron las cuchillas, miráronse los adversarios, dos gallos de débil contextura, y uno de ellos cantó. Colérico respondió el otro echándose al medio del circo; miráronse fijamente; alargaron los cuellos, erizadas las plumas, y se acometieron. Hubo ruido de alas, plumas que volaron, gritos de la muchedumbre y a los pocos segundos de jadeante lucha, cayó uno de ellos. Su cabecita afilada y roja, besó el suelo, y la voz del juez:

-¡Ha enterrado pico, señores!

Batió las alas el vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos gallos, sangrando, fueron sacados del ruedo. La primera jornada había terminado. Ahora entraba el nuestro, el "Caballero Carmelo". Un rumor de expectación vibró en el circo.

-¡El Ajiseco y el Carmelo!

-¡Cien soles de apuesta!...

Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar.

En medio de la expectación general salieron los dos hombres, cada uno con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a los dos rivales. Nuestro carmelo al lado del otro era un gallo viejo y achacoso; todos apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No faltó aficionado que anunciara el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las apuestas favorecía al adversario. El otro, que en verdad no parecía ser un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía cosas tan petulantes cuan humanas; miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéndose los ánimos de los adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro paladín.

miércoles, 1 de abril de 2009

Víctor Hugo (Francia; Besanzon 26 /02/1802 – París; 22/05/1885)
Nacido en Besanzon el 26 de febrero de 1802 y fallecido el 22 de mayo de 1885 Víctor-Marie Hugo, es considerado el padre del romanticismo Francés. Desde niño tuvo un pequeño talento en las letras. A los 14 años fundo un periódico con sus hermanos, pero los demás lo dejaron y Víctor tuvo que hacer todas las notas hasta con once seudónimos a la vez. Su primera obra la publico a los 20 años. en 1871 es exiliado por refugiar a comunales (estavan a mediados de la Revolución Francesa).

Entre sus obras mas conocidas son: los miserables, nuestra señora de París, las orientales, las hojas de otoño, los cantos del crepúsculo, las voces interiores, ruy blas, las contemplaciones, la leyenda de los siglos, el 93. También revoluciono el teatro con el estreno de la obra: Hernani.

Durante la década de 1860, atraviesa en varias ocasiones el Gran Ducado de Luxemburgo como turista, de camino hacia el Rin alemán (1862, 1863, 1864, 1865). En 1871, tras la Comuna de París, al ser expulsado de Bélgica por haber prestado refugio a comuneros perseguidos en la capital francesa, encuentra asilo durante tres meses y medio en el Gran Ducado (1 de junio23 de septiembre). Luego vuelve a París y será una de las figuras tutelares de la III República. En 1862 escribió su gran éxito Los Miserables, magna obra de la literatura francesa.

El 22 de Mayo de 1885, Víctor Hugo fallece a causa de una Neumonía. Su ataúd permanecio varios días bajo el "Arco del triunfo", en el que se le designa como "El Rey del Sol". aunque, años más tarde, Jean Cocteau también se refirió a él con esta frase: "Víctor Hugo era un loco que se hacía pasar por Víctor Hugo".
Nuestra Señora de París (Notre Dame de Paris)

Publicada en el año 1831 narra la historia de quasimodo y la gitana Esmeralda, la historia transcurre en la catedral de notre-dame (en parís). La historia empieza cuando abandonan a a un bebe en las escaleras de la capilla de Notre-Dame. Entre un grupo de monjas que están mirando el pequeño bebe, aparece el joven padre claudio Frodo. Al día siguiente el lo bautiza con el nombre de "Quasimodo" (porque era el día de ese santo).

Y así pasaron 16 años en os que quasimodo se volvió parte de la capilla de Notre-Dame, se había vuelto sordo y casi mudo. Cierto día, había un festival a las afueras de la capilla, y quasimodo se había escapado y lo coronaron rey de los locos. Al anochecer todos los concurrentes se reunen en la plaza de Greve. Una hermosa gitana se le ha puesto a bailar en delante de quasimodo. Pero de un momento para otro se escuchan unos gritos que provenian de la torre Roland, era una mujer a la que le decían "la sachette", esa mujer afirmaba que los gitanos se habían comido a su hija recién nacida. Los gritos de la sachette dispersan a la gente, permitiéndole al ex padre claudio (que en esos momentos era archidiácono), claudio al ver que el príncipe de los locos es quasimodo revienta en cólera y baja a quasimodo a patadas de las andas. La gitana aprovecha y se retira, a la mitad del camino ve unas sombras que la persiguen. Y de un momento a otro se le aparece Quasimodo, la gitana se asusta y en esos momentos aparece el capitán Febo, arrestan al jorobado y la esmeralda huye. Al dia siguiente mientras asotaban a quasimodo aparece Esmeralda y lo salva.

Después de dos meses del acontecimiento, durante un espectáculo de Esmeralda, esta presente el capitán Febo con su novia. Una semana después el capitán Febo esta en una taberna con un amigo, el le pide dinero porque tenia que encontrarse con Esmeralda, pero no llego a conseguir nada. Cuando salio un hombre encapuchado, el le dijo todos los datos de la cita del capitán Febo, menos el nombre de la mujer con la que se iba a encontrar. El le da el dinero para el cuarto. El hombre le pide al capitán que este presente(pero no visible) en la cita. Así se hace, el hombre se esconde en un armario y cuando el hombre ve que el capitán decía la verdad no sabe que hacer. El hombre mira como los dos jóvenes se declaran amor, el hombre no aguanta mas y el se aparace en medio de la habitación y le clava un puñal al capitán, el encapuchado le da un beso a esmeralda y después se lanza de cabeza al río Sena.

Los hombres de la corte de los milagros (el hogar de Esmeralda) están buscándola, pero ella esta aprendida y acusada por brujería y el asesinato del capitán Febo, el final Esmeralda es encerrada en una mazmorra en la que no se puede ver luz alguna. Un dia se le apareció el hombre de la capucha (el que apuñalo al capitán Febo), el hombre revela su identidad, Esmeralda se sorprende al ver que el hombre era el archidiácono Claudio. Al dia siguiente llevan a Esmeralda al atrio de la capilla de Notre-dame, luego la llevan a la hoguera donde la van a quemar. esmeralda no resiste el ver como es que en un balcón, en un edificio ve al capitán Febo con su novia, pero el capitan al verlo voltea y se va. de un momento para otro aparece quasimodo y se lleva a Esmeralda con el a Notre-Dame y pide a gritos el asilo. Una vez dentro el jorobado le da de comer y beber. Así pasan los días y Esmeralda le pierde el miedo a quasimodo, pero el jorobado ve a Esmeralda con cara de angustia y se da cuenta de que es un hombre. Quasimodo va a buscar al capitan Febo, pero el no quiere ver a esmeralda y se aleja de Quasimodo.

El archidiácono Claudio no aguanta mas y le manda a la corte de los milagros una carta en la que les informaba sobre la ejecución de Esmeralda. Cuando Quasimodo ve a la turba que se acerca trata de levantar a Esmeralda. Mientras tanto en las afueras de Notre-Dame están los gitanos que empiezan a atracar las puertas de la capilla. Pero de repente empiezan a caer objetos grandes y pesados, cuando el líder de toda la turba se da cuenta de que es solo Quasimodo manda a todos a atacar. Cuando los gitanos están a punto de entrar aparece el capitan Febo con sus tropas y les gana a los gitanos. Cuando Quasimodo se va al lugar en donde esta Esmeralda no la encuentra, al no encontrarla le abre la puerta a los soldados para que lo ayuden a buscarla, pero Esmeralda ya no esta. Quasimodo se da cuenta de que el que se la llevo fue Claudio. El se la llevo a la plaza de Greve, Esmeralda al negarse de las peticiones de el archidiácono, el le da a la gitana a la Sachette, Esmeralda le suplica a la sachette que la deje libre. Cuando la Sachette le da las razones de porque odiaba a la gitana le muestra un zapato de bebe, Esmeralda queda perpleja y le enseña un bolso que tenia y le enseña un zapato igual al que tenia la sachette. Las dos mujeres revientan de emoción y la sachette abre los barrotes de su celda y Esmeralda entra, cuando los guardias se acercan esmeralda se esconde, pero cuando escucha el nombre de Febo se desespera y sale fritando el nombre del amado. Los guardias se llevan a esmeralda, con la sachette junta. Cuando llegan a la horca el verdugo al ser atacado por la sachette le da un golpe y la mujer muere instantáneamente. Arriba de Notre-dame un hombre ve el ahorcamiento, era el archidiácono Claudio, Quasimodo también estaba presente. Cuando ahorcan a Esmeralda el archidiácono suelta una inexplicable risa, el jorobado al verlo coge al archidiácono y lo tira. Después de esos acontecimientos no se vuelve a saber mas de Quasimodo.

A continuación un capitulo completo de "Nuestra Señora de París":

Quasimodo:

En un abrir y cerrar de ojos todo se preparó para poner en práctica la idea de Coppenole. Burgueses, estudiantes y curiales se pusieron a trabajar y como escenario para las muecas se eligió una pequeña capilla que se hallaba frente a la mesa de mármol.
Después se rompió uno de los cristales del bello rosetón situado sobre la puerta, dejando libre un círculo de piedra por donde se decidió que los participantes deberían meter la cabeza. Para llegar a él bastaba con subirse a dos toneles, cogidos no se sabe en dónde y puestos uno sobre otro sin apenas estabilidad. Se reglamentó también que cada candidato, hombre o mujer (también podía elegirse una papisa), con el fin de que no se pudieran ver sus muecas antes de meter la cabeza por aquella lucera, se cubriera el rostro y lo mantuviera tapado en la capilla hasta el momento de su aparición. La capilla se llenó en muy poco tiempo con un buen número de concursantes tras los cuales se cerró la puerta.
Coppenole desde su sitio del estrado daba las órdenes, dirigía, lo arreglaba todo. En medio de aquel bullicio, el cardenal, tan desconcertado como Gringoire, so pretexto de resolver unos asuntos y de asistir a las vísperas, se retiró junto con su séquito, sin que la muchedumbre, tan vivamente agitada en el momento de su llegada, lamentara mínimamente su ausencia. Fue Guillermo Rym el único en advertirla. La atención popular, igual que hace el sol, proseguía su curso y recorría la sala de parte a parte, después de detenerse unos instantes en el centro. La mesa de mármol y el estrado habían atraído la atención, pero ahora le tocaba el turno a la capilla de Luis XI. Se había dado rienda suelta a la locura y ya no se veían más que flamencos y populacho.
Comenzaron las muecas. La primera cara que apareció por aquel agujero o tragaluz con párpados enrojecidos y con la boca tan abierta como unas fauces y con tantas arrugas en la frente como las botas de los húsares del imperio, provocó tan ruidosas risotadas, que el mismo Homero habría confundido a aquellos villanos con dioses del Olimpo. Pero aquella sala no era, ni mucho menos, el Olimpo y el pobre Júpiter de Gringoire lo sabía mejor que nadie. Se sucedieron la segunda, la tercera y otras muecas más, y siempre provocaban las risotadas y el jolgorio de la multitud. Era como si aquel espectáculo tuviera algo de embriagador o de fascinante difícil de ser transmitido al lector de nuestros días.
Habría que imaginarse una serie de rostros que presentaran sucesivamente todas las formas geométricas, desde el triángulo hasta el trapecio, desde el cono al poliedro, todas las expresiones humanas, desde la cólera hasta la lujuria; todas las edades, desde las arrugas de un recién nacido, hasta las de una vieja moribunda; Codas las fantasmagorías religiosas, desde el fauno hasta Belcebú; todos los perfiles de animales, desde unas fauces hasta un pico desde el morro al hocico. Imaginemos aún los mascarones del PontNeuf o las pesadillas pétreas salidas de la mano de Germain Pilon, adquiriendo vida y espíritu y acercándose para miraros frente a frente con sus ojos de fuego; o imaginad todos los disfraces del carnaval de Venecia sucediéndose ante el cristal de vuestro catalejo. En una palabra: un calidoscopio humano.Aquella orgía era cada vez más propiamente flamenca. Un cuadro de Teniers nos daría aún una idea harto imperfecta. Imaginemos más bien, en auténtica bacanal, una de las batallas pintadas por Salvator Rosa. Allí no quedaban ya ni estudiantes, ni embajadores, ni burgueses, ni hombres, ni mujeres. No había ya ningún Clopin Trouillefou, ni Gilles Lecornu, ni Marie Quatrelivres, ni Robin Poussepain; todo se borraba en el libertinaje colectivo. La gran sala no era sino un inmenso horno de desvergüenza y jovialidad, en donde cada boca era un grito, cada ojo un destello de luz, cada rostro una mueca y cada individuo una postura.
Todo allí gritaba y rugía; los extraños rostros que llegaban, uno tras otro, al rosetón a hacer sus muecas, eran como teas encendidas echadas en aquel enorme brasero que era la sala y, de todo aquel gentío en efervescencia, subía como el vapor de un horno, un rumor agrio, agudo, duro y silbante como las alas de un moscardón.
-¡Hala! ¡Maldición!
-¡Mira ésa! ¡Fíjate qué cara!
-¡Bueno! ¡No es para tanto!
-¡Otra! ¡Que salga otra!
-¡Guillemette Maugerepuis, mira ese morro de toro! ¡Sólo le faltan los cuernos! ¿No será tu marido?
-¡Otro! ¡Que salga otro!
-¡Por la barriga del papa! ¡Qué cara es ésa!
-¡Eh eh! ¡Eso es trampa! ¡Eso no es la cara! ¡Sólo se puede enseñar la cara!
-¡Esa condenada de Perrette Callebotte es capaz de todo! -¡Bravo! ¡Bravo!
-¡Uff! ¡Me ahogo!
-¡Mira! ¡A ése no le caben las orejas por el agujero!... Pero seamos justos con nuestro amigo jehan. En medio de aquel alboroto, aún se le veía en lo alto del pilar, como a un grumete en su gavia. Bregaba con una furia increíble. De su boca totalmente abierta se escapaban gritos incomprensibles, no porque la intensidad del clamor general los ahogase, sino porque seguramente iban más allá del límite de la escala perceptible de los sonidos agudos: las doce mil vibraciones de Sauveur o las ocho mil de Biot.Gringoire, por su parte, después de aquellos momentos de abatimiento, había conseguido rehacerse y se mostraba decidido a hacer frente a cualquier adversidad.
-Continuad, repetía una vez más a sus comediantes, auténticas máquinas parlantes y, dando grandes pasos ante la mesa de mármol, le entraban deseos de acercarse también a la lucera de la capilla, aunque no fuera más que para darse el gusto de hacerle una mueca de burla a aquel pueblo ingrato.«Nada de venganzas que serían indignas de nosotros; lucharemos hasta el fin», se repetía, «porque el influjo que la poesía tiene sobre el pueblo es muy grande y acabaré por interesarles. Veremos quién gana si las vulgaridades o las bellas letras.»
Pero, ¡ay!, sólo él quedó como espectador de su propia obra y ahora era todavía peor que antes pues ya sólo veía las espaldas de la gente. Esto no es totalmente cierto, pues aquel hombre paciente y rechoncho, a quien ya había consultado poco antes, miraba aún al escenario. Gisquette y Lienarda hacía ya rato que habían desertado.
Gringoire se emocionó hasta el fondo de su corazón ante la fidelidad de aquel espectador y se acercó a él para hablarle, pero hubo de sacudirle fuertemente, pues el pobre se había adormilado, apoyado en la balaustrada.
-Muchas gracias, señor -le dijo Gringoire.
-¿De qué señor? -contestó el otro con un bostezo.
-Ya me doy cuenta de que todo ese ruido os impide oír a gusto la obra -le dijo Gringoire-. Tranquilizaos porque os prometo que vuestro nombre pasará a la posteridad. -¿Cómo os llamáis?
-Renault Château, guardasellos del Châtelet de Paris, para serviros.
-Señor, sois aquí el único representante de las musas -dijo Gringoire.
-Muchas gracias; sois muy amable -añadió el guardasellos del Châtelet.
-Sois el único que ha escuchado la obra, ¿qué os ha parecido?
-Vaya -respondió el rechoncho magistrado, un tanto adormilado aún-: interesante, bastante buena en realidad.
Hubo de contentarse Gringoire con tal elogio pues una atronadora salva de aplausos, en medio de un griterío ensordecedor, puso fin a su conversación. Se había, por fin, elegido el papa de los locos.
-¡Viva!, ¡viva! -gritaba la multitud.
En efecto, la mueca que en aquel momento triunfaba en el hueco del rosetón era algo formidable.
Después de tantas caras hexagonales o pentagonales y heteróclitas que habían pasado por la lucera sin culminar el ideal grotesco, formado en las imaginaciones exaltadas por la orgía sólo la mueca sublime que acababa de deslumbrar a la asamblea habría sido capaz de arrancar los votos necesarios. Hasta el mismo maese Coppenole se puso a aplaudir y Clopin Trouillefou, que también había participado -y sólo Dios sabe cuán horrible es la fealdad de su rostro- se confesó vencido y lo mismo haremos nosotros, pues es imposible transmitir al lector la idea de aquella nariz piramidal, de aquella boca de herradura, de aquel ojo izquierdo, tapado por una ceja rojiza a hirsuta, mientras que el derecho se confundía totalmente tras una enorme berruga, o aquellos dientes amontonados, mellados por muchas partes, como las almenas de un castillo, aquel belfo calloso por el que asomaba uno de sus dientes, cual colmillo de elefante; aquel mentón partido y sobre todo la expresión que se extendía por todo su rostro con una mezcla de maldad, de sorpresa y de tristeza. Imaginad, si sois capaces, semejante conjunto.
La aclamación fue unánime. Todo el mundo se dirigió hacia la capilla y sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos y fue entonces cuando la sorpresa y la admiración llegaron al colmo, al ver que la mueca no era tal; era su propio rostro.
Más bien toda su persona era una pura mueca. Una enorme cabeza erizada de pelos rojizos y una gran joroba entre los hombros que se proyectaba incluso hasta el pecho.
Tenía una combinación de muslos y de piernas tan extravagante que sólo se tocaban en las rodillas y, además, mirándolas de frente, parecían dos hojas de hoz que se juntaran en los mangos; unos pies enormes y unas manos monstruosas y, por si no bastaran todas esas deformidades, tenía también un aspecto de vigor y de agilidad casi terribles; era, en fin, algo así como una excepción a la regla general, que supone que, canto la belleza como la fuerza, deben ser el resultado de la armonía. Ése era el papa de los locos que acababan de elegir; algo así como un gigante roto y mal recompuesto.
Cuando esta especie de cíclope apareció en la capilla, inmóvil, macizo, casi tan ancho como alto, cuadrado en su base, como dijera un gran hombre, el populacho lo reconoció inmediatamente por su gabán rojo y violeta cuajado de campanillas de plata y sobre todo por la perfección de su fealdad, y comenzó a gritar como una sola voz:
-¡Es Quasimodo, el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nuestra Señora! ¡Quasimodo, el tuerto! ¡Quasimodo, el patizambo! ¡Viva! ¡Viva!
Fíjense si el pobre diablo tenía motes en donde escoger:
-¡Que tengan cuidado las mujeres preñadas! -gritaban los estudiantes.
-¡O las que tengan ganas de estarlo! -añadió Joannes.
Las mujeres se tapaban la cara.
-¡Vaya cara de mono! -decía una.
-Y seguramente tan malvado como feo -añadió otra.
-Es como el mismo demonio -porfiaba una tercera.
-Tengo la desgracia de vivir junto a la catedral y todas las noches le oigo rondar por los canalones.
-¡Como los gatos!
-Es cierto; siempre anda por los tejados.
-Nos echa maleficios por las chimeneas.
-La otra noche vino a hacerme muecas por la claraboya y me asustó tanto que creí que era un hombre.
-Estoy segura de que se reúne con las brujas; la otra noche me dejó una escoba en el canalón.
-¡Uf! ¡Qué cara tan horrorosa tiene ese jorobado!
-Pues, ¡cómo será su alma!
Los hombres, por el contrario, aplaudían encantados.Quasimodo, objeto de aquel tumulto, permanecía de pie a la puerta de la capilla, triste y serio, dejándose admirar.
Un estudiante, Robin Poussepain creo que era, se le acercó burlón, chanceándose un poco de él y Quasimodo no hizo sino cogerle por la cintura y lanzarle a diez pasos por encima de la gente sin inmutarse y sin decir una palabra.
Entonces maese Coppenole, maravillado, se acercó a él.
-¡Por los clavos de Cristo! ¡Válgame San Pedro! Nunca he visto nadie tan feo como tú y creo que eres digno de ser papa aquí y en Roma. Al mismo tiempo, y un canto festivamente, le pasaba la mano por la espalda. Como Quasimodo no se movía, Coppenole prosiguió:
-Eres un tipo con quien me gustaría darme una comilona, aunque me costase una moneda nueva de doce tornesas. ¿Te hace?
Quasimodo no contestaba.
-¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero eres sordo o qué?
Y en efecto, Quasimodo era sordo.
Sin embargo, estaba empezando a impacientarse por los modales de Coppenole y de pronto se volvió hacia él, con un rechinar de dientes tan terrible, que el gigante flamenco retrocedió como un buldog ante un gato. Se hizo entonces a su alrededor un círculo de miedo y de respeto de, por lo menos, unos quince pasos de radio. Una vieja aclaró entonces a maese Coppenole que Quasimodo era sordo.
-¡Sordo! -dijo el calcetero con una enorme carcajada flamenca-. ¡Por los clavos de Cristo! Es un papa perfecto.
-Yo le conozco -dijo Jehan, que había bajado por fin de su capitel para ver a Quasimodo de más cerca-; es el campanero de mi hermano el archidiácono.
-¡Hola, Quasimodo!
-¡Demonio de hombre! -dijo Robin Poussepain, un tanto contusionado aún por su caída-: Aparece aquí y resulta que es jorobado; se echa a andar y es patizambo; te mira y es tuerto; hablas y es sordo. ¿Pues cuándo habla este Polifemo?
-Cuando quiere -respondió la vieja-; es sordo de tanto tocar las campanas, pero no es mudo.
-Menos mal -observó Jehan.
-¡Ah! y tiene un ojo de más -añadió Pierre Poussepaia,
-No -dijo juiciosamente Jehan-. Un tuerto es mucho más incompleto que un ciego, pues sabe lo que le falta.
Mientras tanto todos los mendigos los lacayos, los ladrones i junto con los estudiantes habían ido a buscar en el armario de la curia la tiara de cartón y la toga burlesca del papa de los locos.
Quasimodo se dejó vestir sin pestañear con una especie de docilidad orgullosa.
Después le sentaron en unas andas pintarrajeadas, y doce oficiales de la cofradía de los locos se lo echaron a hombros. Una especie de alegría amarga y desdeñosa iluminó entonces la cara triste del cíclope, al ver bajo sus pies deformes aquellas cabezas de hombres altos y bien parecidos.
Después se puso en marcha aquella vociferante procesión de andrajosos para siguiendo la costumbre dar la vuelta por el interior de las galerías del palacio, antes de hacerlo por las plazas y calles de la Villa.

martes, 31 de marzo de 2009

Oscar Wilde (Irlanda; Dublin 16/10/1854 - Francia; París 30/11/1900)

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde nacido en Dublin el 16 de Octubre de 1854 y fallecido en París el 30 de Noviembre de 1900, Oscar Wilde es considerado uno de los dramaturgos más destacados de la Inglaterra Victoriana. Tuvo una vida aparentemente normal, puesto que cinco años antes de su muerte, Wilde fue acusado de sodomía (homosexual), declarándose culpable (cosa rara, porque tenia dos hijos con Constance Lloyd). Wilde había mantenido una relación secreta con Alfred Douglas (otro escritor francés), del cual el padre lo acuso por creer que wilde era una mala influencia. Wilde no supo como explicar los hechos ocurridos a su esposa y a sus hijos (del cual se cree que a partir del segundo se volvió homosexual). Después de dos años de trabajos forzados, Wilde se divorcio de su esposa (a la que le negó el derecho de darles dinero, a menos que guarde relación con Alfred Douglas).

Durante su vida, Wilde estuvo relacionado con cosas de su época, como: el atractivo físico, la mujer, La moda, la moral, los valores, etc.

Sus obras mas importantes son: El Retrato de Dorian Gray (su única novela), El Príncipe Feliz, El Ruiseñor y la Rosa, El Gigante Egoísta, El Cohete Extraordinario, El De Profundis y La Balada de Reading Gaol (de los cuales los dos últimos cuentan sus experiencias en la prisión)
Cuando publico su única novela ("El retrato de Dorian Gray"), causo un escandalo al que Wilde respondió con la siguiente frase:"Más vale ser bello que ser bueno, pero mas vale ser bueno que ser feo", con lo cual pudo calmar un poco a la sociedad que lo abucheaba.

Después de ir a prisión por su escandalo con Alfred Douglas, Wilde se muda a Francia donde se cambia el nombre al de "Sebastian Melmoth", alli un sacerdote ingles la ayuda y wilde se vuelve católico para morir con esa religión de forma natural.